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Faluya (II): Una ciudad arrasada que comienza a revivir

Amplias áreas de la ciudad fueron totalmente destruidas durante el asalto de noviembre

Delegación de la CEOSI en Iraq, 26 de abril, 2005
IraqSolidaridad (www.nodo50.org/iraq), 10 de mayo, 2005

"Ya fuera de los coches somos rápidamente rodeados por personas que, sorprendidas por la presencia de un grupo de extranjeros, comienzan a expresar su agradecimiento por haber llegado a Faluya, donde, desde noviembre, ni medios de comunicación ni organizaciones internacionales han entrado."

Imágenes de la ciudad de Faluya tomadas desde el espacio orbital de la Tierra por el satélite Ikonos. Izquierda: 15 de septiembre de 2002; derecha: 14 de noviembre de 2004, durante el asalto estadounidense.

La mejor manera de apreciar globalmente la destrucción ocasionada por las fuerzas de ocupación estadounidenses y británicas en Faluya en el asalto a la ciudad del pasado mes de noviembre, es prestar atención a la visión que se nos ofrece de ella desde la autovía Amán-Bagdad. Tras haber dejado atrás el desierto, al penetrar en el valle del Éufrates, superada Ramadi, la capital de la provincia de Anbar, situada a 100 kilómetros al oeste de Bagdad, la autovía se eleva siguiendo el terreno circundante y permite ver Faluya abajo a la derecha, ya a menos de 50 kilómetros de la capital iraquí. La vista puede recorrer entonces las sucesivas hileras de casas de todo el flanco norte de la ciudad totalmente destruidas, una tras otra. La visión es estremecedora, particularmente si se contrasta con el alivio que suponía, tras centenares de kilómetros de desierto jordano e iraquí, rebasar Ramadi y llegar a Faluya, y recorrer con la vista su paisaje de ocupación humana, verdor y palmerales.

La delegación de la CEOSI entrará en Faluya el domingo, 24 de abril, a primera hora de la mañana, en cuatro coches en los que viaja junto con sus compañeros y acompañantes iraquíes, y en los que transportamos una primera partida de ayuda sanitaria para el Hospital General [1]. La visita a Faluya ha sido coordinada por Mohammad Tareq al-Deraji, director del Centro de Estudios sobre Derechos Humanos y Democracia, la organización con sedes en Bagdad y la propia Faluya que ha presentado en estos meses varios informes relativos a la violación del derecho humanitario durante el asalto a la ciudad y la situación de su población y del colectivo de refugiados tras su toma [2].

Entrevista con el Comité de Reconstrucción

A fin de intentar traspasar los controles estadounidenses de acceso a Faluya, la delegación establece un contacto preliminar con el Comité de Reconstrucción de la ciudad, una entidad que incluye miembros de las instituciones locales y de varios ministerios iraquíes, y con cuyo presidente, el ingeniero Basel Mahmoud Hamid, nos entrevistaremos antes de intentar en entrar en Faluya en la fabrica de cementos de la ciudad, de la que es director. La cementera, situada a pocos kilómetros de Faluya, no conserva ya, como es norma en el país, ningún retrato del anterior presidente, pero sí sobre la entrada una placa de inauguración con el discurso socialista y nacionalista de entonces. En el despacho donde nos entrevistamos con el presidente del Comité de Reconstrucción pueden verse asimismo un cuadro enmarcada y realizado a mano que muestra el remonte de la producción de la fábrica en los últimos tres años previos a la invasión, pese a la prolongación hasta entonces de las sanciones económicas internacionales; de los dos transcurridos desde entonces, no hay datos visibles.

El Comité de Reconstrucción de Faluya ha establecido los destinatarios y las cuantías de las indemnizaciones por los daños causados en noviembre por las fuerzas asaltantes, tanto materiales ­viviendas familiares, comercios e industrias- como personales, nos informa Basel Mahmoud Hamid. El presidente del Comité señala que sin embargo solo se pagará el 20% de los daños estimados y que el proyecto de reconstrucción de la ciudad, que habrá de prolongarse durante años, cuenta con un presupuesto de 100 millones de dólares del denominado Programa de Reconstrucción de Iraq, gestionados por los ministerios de Industria, Vivienda, Sanidad y Educación, además del de Refugiados, más otros 90 millones aportados por las denominadas Fuerzas de la Coalición, los países ocupantes. Si, como nos ha informado la Asociación de Ulemas Musulmanes durante la entrevista mantenida con la delegación de la CEOSI días atrás [3], el gobierno interino iraquí viene gastando al mes ocho mil millones de dólares en seguridad, y que el Pentágono destina otros cinco mil millones mensuales a la actividad contrainsurgente, la cantidad global prevista para la recuperación de una ciudad arrasada, como a continuación comprobaremos, es realmente exigua. Está prevista la construcción de un tercer puente sobre el Éufrates.

En realidad, la denominada "tarea de reconstrucción" de Faluya apenas se ha concretado en la retirada de escombros. Hamid nos informa que se ha recuperado razonablemente el servicio de alcantarillado, pero "solo parcialmente" los de suministro de agua potable y luz; nada se ha hecho aún para restablecer las líneas telefónicas dañadas. Ciertamente, como luego veremos, por buena parte de los barrios de la ciudad se encuentran distribuidos grandes bidones de plástico rojo y gris para el aprovisionamiento de agua. En las conversaciones mantenidas posteriormente con el director del Hospital General de Faluya y entidades ciudadanas surgirá la preocupación por la aparición de brotes epidémicos a medida que vayan aumentando las temperaturas, ya notoriamente altas durante nuestra visita a la ciudad. Bajo las ruinas de los edificios destruidos se prevé aún encontrar cadáveres.

En el aspecto sanitario, el Hospital General está de nuevo abierto a la atención pública, así como tres centros de atención primaria del interior de la ciudad [4]. Un reciente incendio (ocurrido el jueves anterior a nuestra visita) ha dejado fuera de servicio el hospital de campaña jordano establecido antes del asalto de noviembre -también inicialmente atacado por los estadounidenses-, que ha permitido aliviar parcialmente la crisis sanitaria que ha vivido Faluya durante estos meses, señala Hamid.

El presidente del Comité comenta que la situación de "militarización" que aún perdura en Faluya dificulta las tareas de reconstrucción. El Cuerpo de Marines ­luego lo comprobaremos- patrulla en convoyes por el interior de Faluya; a pie lo hacen destacamentos de la Guardia Nacional iraquí, cuyos miembros ­se insiste en ello: antiguos peshmergas kurdos y milicianos de Badr (la rama militar del Congreso Supremo de la Revolución Islámica en Iraq)-, siempre enmascarados y con gafas de sol, resultan cuando menos tan inquietantes como los propios marines.

"Desde el acuerdo de abril de 2004, la relación entre las fuerzas de ocupación y las autoridades locales se fue paulatinamente deteriorando", comenta el presidente del Comité de Reconstrucción. El ingeniero Hamid no duda en calificar de exagerada la estimación de combatientes que pudiera haber en Faluya antes del asalto estadounidense y británico de noviembre, así como de desproporcionado el potencial militar empleado entonces contra al ciudad, en la que se estima vivían 350.000 personas. "El asalto de noviembre fue una tremenda catástrofe. Los habitantes fueron desplazados o expulsados, y sus casas destruidas. La destrucción ha sido completa", añade.

La entrada a Faluya

Las tropas de ocupación han establecido un largo corredor de entrada a Faluya delimitado por bloques de cemento y sacos de arenisca reforzados con alambre alineados, corredores por los que se mueven lentamente, en varias filas, los vehículos que quieren entrar en la ciudad; el carril de la izquierda ha sido habilitado para las fuerzas y personal de EEUU, como indica un cartel.

Cinco meses después de la reocupación de Faluya, el acceso a la ciudad sigue siendo extremadamente difícil y prolongado, restringido exclusivamente a los habitantes debidamente acreditados, para lo cual los vecinos han de obtener un pase de entrada expedido por las fuerzas de ocupación. A la izquierda del corredor se ha establecido una instalación rodeada por un muro bajo y alambradas, flanqueada por torres de vigilancia, que, ya bajo un sol inclemente, recuerda un campo de concentración. Nuestros acompañantes iraquíes nos corrigen: en este perímetro, como si de prisioneros se tratara, los ciudadanos de Faluya, siempre vigilados por soldados del Cuerpo de Marines y guardias nacionales iraquíes, se mueven en filas y hacen cola para obtener el permiso de acceso a la ciudad, no necesariamente siempre con éxito. Como luego nos comentará en el interior de la ciudad uno de sus vecinos: "Vivimos en una pequeña cárcel, dentro de una gran cárcel. La pequeña es nuestra propia casa ­donde hemos de permanecer durante el toque de queda [en la actualidad vigente a partir de las 21 horas, pocas semanas antes y desde noviembre desde las 17]; la grande, toda la ciudad".

Un cartel en inglés y árabe advierte: "Se le ordenará pararse. Si no obedece, se disparará contra usted". Como ya es norma, el primer control es de la Guardia Nacional iraquí, verdaderos "escudos humanos" de los estadounidenses, por lo demás sin competencia alguna sobre el terreno excepto la de poder matar impunemente a sus conciudadanos si cometen un error o reaccionan tarde. Uno de ellos se asoma al interior de nuestro coche y pregunta: "¿Hay árabes?" ­nada más.

Raro es el check point estadounidense donde no haya presencia de soldados de origen latino o que hablen castellano, también en éste de entrada a Faluya. Nuestros coches pueden rebasar las largas colas de vehículos iraquíes que llevan desde el levantamiento del toque de queda horas apenas avanzando. Las hábiles gestiones de nuestros compañeros y compañeras iraquíes, la carta de presentación de la propia delegación y el listado de medicamentos y aparatos comprados para el Hospital General, permiten obtener la autorización de cruce de un capitán de marines consultado por teléfono por un soldado del control principal, tras una revisión no exhaustiva de los maleteros de nuestros coches, donde hemos metido lo que hemos podido encajar del material comprado por la doctora Intisar M, Araibi, directora farmacéutica del Hospital Universitario al-Yarmuk de Bagdad, que también nos acompaña.

Tras rebasar el primer control, un segundo check point estadounidense da paso a un circuito laberíntico de carriles separados de nuevo por alineamientos de sacos de cemento y gravilla de un metro de altura. La entrada está protegida a su izquierda por una torre cubierta cerrada por sacos terreros, de la que asoma una ametralladora pesada. Un ­como todos ellos- jovencísimo marine, esta vez de origen anglosajón, balbuciente y con aire de aturdimiento, apenas logra hacernos entender cuál de entre todos ellos es el camino correcto que debemos seguir para acceder ya a Faluya: podemos muy bien imaginarnos en estos momentos la absoluta indefensión de los iraquíes cuando conservar la vida propia y la de sus familiares depende de entender correctamente las indicaciones de unos soldados de ocupación que, cuando no están agresivos y disparan al azar, se muestran notoriamente indiferentes ante los requerimientos informativos de los civiles.

Una ciudad arrasada

Repentinamente, tras abandonar el corredor de entrada, antes de lo esperado, accedemos a la avenida principal de Faluya, aquélla que separa a la izquierda la denominada Zona Industrial de los barrios interiores de la ciudad.

Podemos asegurar que no es una afirmación exagerada la que se ha hecho al estimar que las dos terceras partes de Faluya fueron destruidas en el asalto de noviembre. Pocos son los edificios (viviendas de una o dos plantas, con pequeños jardincillos delanteros, o inmuebles de varias alturas con oficinas y comercios en su planta baja) que a uno y otro lado de esta calle de dos direcciones no estén total o parcialmente destruidos, cuando menos acribillados por los impactos de proyectiles de diverso calibre, incluidos los de carros de combate. Donde había antes muros, puertas, ventanas o terrazas, grandes boquetes permiten ver negros interiores con la habitual confusión de enseres y muebles revueltos por la explosión y calcinados. Sobre la fachada exterior de un edificio de tres o cuatro plantas de esta avenida de entrada a la ciudad, carcomido igualmente por el impacto de los proyectiles, una pintada reza: "Faluya seguirá siendo el símbolo del orgullo árabe".

Una tras otra casi todas las mezquitas que vemos desde las ventanillas de los coches muestran asimismo signos evidentes de haber sido atacadas: minaretes limpiamente perforados o truncados, cúpulas de ladrillo vidriado abiertas al cielo; incluso la mezquita en cuyo interior un cámara empotrado grabó como un marine remataba a heridos iraquíes quedó posteriormente destruida y apenas son hoy visibles sus dos puntiagudas cúpulas verdes emergiendo entre los escombros. Desde tiempos históricos, Faluya ha sido conocida como "La ciudad de la mil mezquitas".

Muchas de las personas con las que nos hemos entrevistado fuera y dentro de Faluya próximas a la resistencia coinciden en afirmar que nunca se debió asumir como inevitables el asalto y la destrucción de la ciudad, sobre todo después de la victoria política que supuso el acuerdo de abril de 2004, por el cual las tropas estadounidenses pusieron fin al primer asedio de esta ciudad. La toma militar de Faluya por EEUU fue forzada ­nos cuentan- por la decisión de los militantes salafistas radicales de hacer de Faluya un símbolo pírrico de la resistencia. Finalmente, iniciado el ataque, los combatientes extranjeros yihadistas presentes en Faluya ­pocos centenares- abandonarían la ciudad dejando a los propios habitantes una defensa ya imposible de mantener frente al poderío militar estadounidense y en un escenario de guerra convencional, siempre desfavorable a la resistencia. Las pérdidas en vidas de civiles y en efectivos combatientes (se estima que hasta el 80% de los que permanecieron en Faluya, varios miles, murieron luchando) han supuesto un precio elevadísimo que nunca se debió tener que pagar. La estrategia de los insurgentes, nos indican, no contempla repetir tan inútil sacrificio.

Recibimiento en la calle

Dejamos la avenida por la que hemos entrado en Faluya atravesando hacia la derecha el sector de calles interiores de la ciudad, hacia el centro de la ciudad. Llegamos así a la antigua avenida principal de Faluya, la arteria comercial de la vieja ciudad, que conduce recta, atravesando el distrito de Yolán, hasta el puente elevado de metal enverdecido sobre el Éufrates, que se hizo célebre por las imágenes de los mercenarios estadounidenses que, una vez muertos por insurgentes, fueron de él colgados, desencadenante del primer interno de EEUU de toma de la ciudad, en abril de 2004. Al otro lado de este puente, a su derecha, está el Hospital General, y a la izquierda un complejo juvenil completamente destruido por las bombas.

El recuerdo de esta imagen contrasta poderosamente con el recibimiento del que somos objeto a pocos metros del río. Bajamos de los coches para sacar las cajas de medicamentos y material sanitario, que inicialmente creemos que tendremos que transportar andando, dado que, si bien el puente ha sido recientemente reabierto por los estadounidenses, no está aún permitido el tránsito de vehículos por él. Ya fuera de los coches somos rápidamente rodeados por personas que, sorprendidas por la presencia de un grupo de extranjeros, comienzan a expresar su agradecimiento por haber llegado a Faluya, donde, desde noviembre, ni medios de comunicación ni organizaciones internacionales han entrado. Apresuradamente, de una pequeña tienda de ultramarinos abierta a la acera, nos sirven unas pepsis que, producidas en Iraq y embotelladas en vidrio, apenas ya se encuentran ante la avalancha de bebidas enlatadas que elaboradas en los países limítrofes invade el país.

Estamos conmovidos. Apenas tiene capacidad nuestro compañero Houmad de ir traduciendo el torrente de palabras de un orador improvisado, un hombre joven, de rostro ­como el de todos los demás arremolinados en torno nuestro- extremadamente serio pero nunca amenazador, que es capaz de combinar la vehemencia de su indignación con la amabilidad extrema hacia nosotros. No es necesario traducir: toda la rabia por lo sufrido, la dignidad y la voluntad de resistir de esta gente nos llega nítidamente, aun cuando no entendamos concretamente sus palabras. La narración de la violencia inimaginable a la que han sido sometidos colectivamente por los asaltantes (los ataques con armamento no convencional, la violación sistemática de mujeres y adolescentes, los heridos agonizando durante horas en las casas o sobre las aceras por no poder ser evacuados, los cadáveres en las calles durante semanas, devorados por los perros, no cuentan) da paso a la petición de que los estadounidenses sean juzgados como criminales de guerra por lo hecho en Faluya. Su confianza es absoluta en que nuestra presencia entre ellos, las palabras que grabamos, las imágenes y fotos que estamos tomando, les ha de devolver a un mundo exterior que les ha dado la espalda, que se ha olvidado de ellos.

La sirena de un coche-patrulla de la policía iraquí nos saca de nuestro ensimismamiento callejero. Otro gesto peculiar de agradecimiento: nuestro pequeño convoy de cuatro coches será escoltado por esta dotación al otro lado del Éufrates, un río extremadamente azul y hermoso esta mañana de primavera. Balbuceamos emocionados una respuesta de despedida: somos nosotros quienes queremos daros las gracias ­les decimos- por el ejemplo de ser capaces de sobreponerse con honorabilidad y sin prejuicios a la brutalidad y al desamparo.

Refugiados

Tras la visita al Hospital General y antes de entrevistarnos en una casa particular con miembros de los Comités de Socorro populares, recorremos por espacio de varias horas, andando y en coche, los barrios de Askari, Shuhadá, Nazal, también Yolán, en algunos de los cuales aún hay combates ­la misma noche anterior a nuestra visita a la ciudad, nos cuenta. En todos ellos, edificios y viviendas calcinadas o perforadas durante los combates terrestres, o reducidos a escombros por los bombardeos previos de la aviación o la artillería, cuando no manzanas enteras reducidas a arenisca.

Buena parte de las casa de Faluya tienen pintadas en su muros exteriores letras y números que corresponden al expediente de evaluación de los daños. Todas ellas tienen también en un lateral de su entrada un aspa roja pintada con spray: es la marca ­nos explican- que hacían los soldados una vez registrada la casa tras la reocupación de la ciudad: "Limpia", limpiada de supuestos insurgentes.

Pero también se aprecia entre tanta destrucción y desolación la inimaginable capacidad de los iraquíes de afrontar la desventura, como hemos podido comprobar durante una década larga de sanciones y durante la guerra de 2003. Las calles de Faluya comienzan a mostrar de nuevo el trajín humano tan propio de las ciudades de este país, y ya se ven coches circulando. Aquí y allá, en un bloque de viviendas ennegrecido por el fuego y lleno de impactos, una familia ha vuelto a instalarse, como se aprecia por la ropa colgada y la vista de un interior parcialmente rehabilitado. Al pie de un edificio casi en ruinas, una tienda está de nuevo abierta, y sus dueños han pintado de un intenso azul marino el muro en torno a la puerta.

También aquí y allá, hasta un millar de tiendas de campaña ­informa Sahah Kasem Alí, funcionario del Ministerio iraquí de Refugiados-, donadas por la Agencia de Naciones Unidas UNHCR (ACNUR, en sus siglas en español), albergan, literalmente sobre los escombros de sus antiguos hogares, a los refugiados que van retornando poco a poco a Faluya, decenas de miles de habitantes que abandonaron la ciudad antes del inicio del asalto.

La familia de Abu Qaish, por ejemplo, ha retornado al barrio de Yubail, particularmente devastado por ser uno por los que penetraron las tropas asaltantes en noviembre. Su hija, una de las mujeres que nos recibe ante las tiendas, ha perdido de hecho a su marido en los combates. Entre sus piernas se enredan dos niños, uno de los cuales ­que lleva una camiseta con la bandera iraquí- agarra con fuerza lo que debe ser una pieza de un cargador de proyectiles estadounidense. Con extrema diligencia nos ofrecen lo único que pueden: agua de unos bidones cercanos, servida en una jarrita de plástico amarillo a la que han podido añadir, admirablemente, hielo. (Hace un extremo calor en Faluya y es la mejor muestra de hospitalidad imaginable.)

Se nos aproxima un vecino que carga en brazos a un niño de no más de tres años, herido durante el asalto de noviembre: una pieza ortopédica aprisiona el pie y la parte inferior de la pierna de su hijo, que nos mira sin decir nada. El padre nos cuenta lo ocurrido. Los habitantes de Faluya narran sus desventuras en voz baja, sin agresividad, sorprendidos de vernos deambular entre ellos.

Retorno al colegio

También la vida parece reanudarse para los niños y las niñas de Faluya, si bien igualmente con extrema precariedad. En el barrio de Shuhadá, una mezquita en construcción, un espacio rectangular aún sin techar de ladrillos claros, alberga bajo grandes toldos anclados a las paredes ya levantadas o bajo las escaleras inacabadas a los escolares de la zona que se han quedado sin colegios. En tres turnos diarios, 2.800 niños y niñas reciben clases en pupitres anclados en la arena del suelo, compartiendo hacinados ­en clases contiguas- la sombra anaranjada que otorgan los toldos, apenas un alivio con temperaturas que ya superan los 40 grados. Fuera del recinto han sido instalados varios bidones de agua para los niños y una pequeña tienda de campaña aloja una nevera portátil como enfermería.

Para asistir a clase algunos escolares recorren hasta 15 kilómetros de terrenos llenos de montículos de escombros, zanjas y parapetos, donde abundan aún bombas sin explosionar. Pero ahí están los niños, disciplinados en sus pupitres pero sonrientes, entretenidos con nuestra visita, una novedad inesperada. Irónicamente, algunos de ellos guardan sus libros en carteras nuevas donadas por la agencia gubernamental estadounidense de ayuda al desarrollo, la USAID; otros en carteras de la organización humanitaria islámica Muslim Aid. Al marcharnos, los que han acabado sus clases se arremolinan dando saltos ante las cámaras digitales, en las que maravillados y divertidos pueden verse retratados al instante: otra novedad. Y levantan, de nuevo, como hacían antaño, los dos dedos en señal de victoria.

La dedicación de sus maestros, mayoritariamente mujeres, es asimismo admirable. Es el caso, por ejemplo, de la profesora de matemáticas, Widad Yaseen Ali, que cuando termina sus clases regresa a su vez a una tienda de campaña: su casa, nos cuenta, fue destruida también durante el asalto estadounidense. El absentismo escolar es muy alto pese a este empeño, se lamentan los profesores. "Si siguen aquí los americanos, seremos nuevamente un pueblo de analfabetos", comenta un funcionario de este improvisado centro escolar, que -nos resuelta enternecedor- tiene formalmente escrito a mano su nombre en uno de los pilares de acceso al recinto, abierto al cielo.

Bajo ocupación

Según datos oficiales iraquíes, 22 escuelas fueron completamente destruidas durante el asalto y toma de Faluya, 17 lo fueron parcialmente y otras siete han sido ocupadas por efectivos estadounidenses o de la Guardia Nacional iraquí, aquéllas no dañadas. Precisamente, al lado de la improvisa escuela que visitamos los profesores nos señalan un centro escolar sin dañar que está ocupado por efectivos iraquíes de la Guardia Nacional, uno de cuyos contingentes pasa muy cerca de donde nos encontramos sin prestarnos atención, dando tumbos sudorosos con sus chalecos antibalas y armamento estadounidenses.

Así es, circulando entre esta vida cotidiana que se reanima poco a poco, patrullas de soldados estadounidenses y de la Guardia Nacional iraquí: las de aquellos en convoyes de vehículos blindados que aquí son verdes pero que, como es habitual, se desplazan veloces e inseguros por las principales calles de Faluya; las de éstos, aborrecidos por la población tanto o más que los ocupantes, deambulando a pie como espectros embozados entre las ruinas de las casas y las montañas de basura y escombros de la ciudad.

La sensación predominante que tenemos es que el asalto a Faluya ha ocurrido hace mucho menos tiempo que los cinco meses que en realidad han transcurrido desde la reocupación de noviembre. Solo la algarabía de los niños parece contradecir esta imagen.

Notas:

1. Véase en IraqSolidaridad: Faluya (I): Visita al Hospital General
2. Véase en IraqSolidaridad:
Las organizaciones de Faluya remiten sendos informes sobre la violación de derechos humanos durante el asalto y ocupación de Faluya y la situación de los refugiados de esta ciudad. Mohammad Tareq al-Deraji participará como testigo en la Sesión de Barcelona del Tribunal Internacional sobre Iraq del 20 al 22 de mayo, tras visitar Asturias la semana anterior.
3. El encuentro de la delegación de la CEOSI con la AUM será narrado en una próxima crónica en IraqSolidaridad.
4. El director del Hospital General de Faluya, el doctor al-Alossy, informó a la delegación de la CEOSI de que tres de los cinco centros de salud de la ciudad fueron destruidos totalmente durante la toma de la ciudad, así como el hospital de campaña jordano y el centro benéfico del barrio de Nasah.

Faluya (I): Visita al Hospital General
English Fallujah (I): Visit to General Hospital

Nota informativa preliminar, enlaces a mensajes y crónicas de la Delegación de la CEOSI en Iraq (17-26 de abril) y otros documentos relacionados:

Mantener abierto Iraq a la solidaridad y el compromiso internacional: Una delegación de la Campaña Estatal contra la Ocupación y por la Soberanía de Iraq viaja a Iraq
English A delegation of the Spanish Campaign against the Occupation of Iraq and for the Iraqi Sovereignty travels to Iraq

Algunas fotos tomadas por los miembros de la Delegación durante la visita a Faluya (click para ampliar)

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