Index | Documentos 2004-2005

Enlaces relacionados


Crónicas de Iraq

Detenciones arbitrarias, cárceles clandestinas y torturas a cargo de los nuevos cuerpos de seguridad iraquíes

En el nuevo Iraq, paradigma de democracia

Sabah Ali*

Bagdad, 2 de junio, 2005
IraqSolidaridad (www.nodo50.org/iraq), 14 de junio, 2005
Traducción del inglés para IraqSolidaridad de Sinfo Fernández

"Um Dhia tiene 56 años. El 31 de diciembre de 2004, su hijo Dhia, que comercia con ovejas, fue a Nayaf, que está a unos 200 kilómetros al suroeste de Bagdad, para ultimar un negocio. Nunca volvió. Cinco días más tarde, su madre, su padre, su tío y otros dos allegados suyos de Nayaf fueron a preguntar por él por las comisarías de esta ciudad. Ninguno de ellos regresó, a excepción de los dos familiares más lejanos. Una semana más tarde el resto de la familia estuvo preguntando por los garajes si había habido algún accidente en la autopista o cualquier explosión en Nayaf. Lograron averiguar que todos ellos habían sido arrestados."

Abu Amr es padre de varios niños [1]. Una noche asaltaron su casa tras destrozar la puerta y decenas de guardias nacionales iraquíes ocuparon la casa.

"-¿Tú eres (...)?
"-No, mi nombre es (...)
"-Estás mintiendo, sois todos unos mentirosos"

Empezaron a golpearle y a insultarle delante de toda la familia. Le ataron las manos, le pusieron un saco en la cabeza y aprovecharon para llevarse muchas de sus pertenencias: un arma personal para la que tenía licencia, pequeños electrodomésticos de cocina, como un exprimidor, y hasta un plato con dulces, entre otras muchas cosas. Fue conducido a un primer centro de investigación [2]. Pensó que le liberarían a más tardar en dos días. La habitación donde le metieron tenía unos 15 metros cuadrados. Había allí de 35 a 40 detenidos.

"Hacía frío, pero estábamos tan hacinados que nos dábamos por contentos con una brizna de aire. Algunas personas yacían en el suelo cubiertas de sangre; uno tenía un brazo roto, etc. Otros muchos estaban de pie."

Un convicto de terrorismo, liberado

Abu Amr no podía dormir; encontró una rendija entre los ladrillos y se mantenía de pie junto a ella para poder respirar algo de aire fresco. A la tarde siguiente le llamaron para interrogarle. Le taparon los ojos y le ataron las manos. Cuando preguntó dónde podía sentarse le golpearon. Le exigieron que diera nombres, pero no sabía nada. Le dijeron que habían encontrado nombres en su cuaderno de notas. Cuando lo negó, le golpearon de nuevo. Uno de los policías preguntó al oficial que quería para cenar: "¿Quozi, biriani o masguf?" [nombres de platos típicos iraquíes]. "Quozi", dijo el oficial. Resultó que los nombres representaban diferentes tipos de torturas. El "quozi" supone atar las manos a los pies, insertando entonces una barra de hierro entre ellos para colgar de ese palo al prisionero boca abajo.

"Era tan doloroso; me pegaban tanto con cables eléctricos como con palos de madera. Mis manos y piernas estaban hinchadas. Dos horas más tarde me devolvieron a la celda, arrojándome al suelo.
"-'¿Has firmado?', me preguntaron los prisioneros.
"-'¿Firmar qué?', pregunté. Intercambiaron miradas.

"A la tarde siguiente, me interrogaron sobre los coches-bomba. Me colgaron de nuevo a la manera quozi, apagando esta vez sus cigarrillos en mis piernas. Me dieron descargas eléctricas. Yo les suplicaba que me soltaran. Me decían que era sunní. Yo les contesté que qué importaba, que no éramos enemigos. Deseaba que me dispararan y me mataran. Al día siguiente les dije que estaba dispuesto a admitir lo que fuera, pero que no me colgaran más, que estaba dispuesto a reconocer que había matado, robado, herido a gente, cualquier cosa Dijo la palabra explosivos. Le contesté que no sabía nada de ese tema. Me pegó en la cara, me tiró al suelo. Un policía que había detrás de mí me golpeó en la espalda con una barra de hierro, y así siguieron hasta que me desmayé.

"Cuando volví en sí escuché una voz nueva diciéndoles que me dieran algo de agua y me ofrecía un cigarrillo. No podía ni sostenerlo. Me dijo 'sabemos que no interviniste en esos actos, estás aquí como testigo. Sólo tienes que firmar estos documentos y te irás'. Ese fue el momento más feliz de mi vida. Me hizo poner las huellas dactilares en los seis documentos. No podía leer porque mis ojos estaban todavía velados. Cuando volví los prisioneros me felicitaron. Supe que había otro prisionero que había sido torturado de la misma forma que yo, pero además le habían metido una barra de hierro por el ano. Sangraba todo el tiempo sin parar."

Abu Amr estuvo esperando junto al resto de detenidos, más de 45 personas hacinadas en la misma celda. Uno de ellos, era un anciano con de 63 años y había otro con problemas de corazón. Pocos días después, le llamaron de nuevo. Le quitaron la venda de los ojos y dijeron: "tu eres una buena persona":

"Me presentaron un hombre que me dijo que se ocupaba de los derechos humanos. Me indicaron que repitiera mi testimonio frente a él, que le hablara sobre los sheijs que, supuestamente, eran terroristas y que me dejarían irme a casa. Lo hice. Él estaba sentado ante un ordenador. Me pidió que le mirara y que le hablara. Los otros estaban de pie tras de él, enfrente de mí, ayudándome a recordar lo que querían que dijera. Después me di cuenta de que estaban entrevistándome para que yo dijera ante la televisión [3] lo que ellos querían que dijera.

"Estaba regresando a la celda cuando tuvo lugar una explosión cerca de la prisión, uno de los policías trajo la pierna de una víctima y dijo que era el fin de los terroristas y de los que, como yo, les ayudaban y me dio un golpe en el costado derecho. Sentí su bota dentro de mi cuerpo y me desmayé. Una hora más tarde mi pecho estaba azul, se había hinchado y no podía respirar. Tres días después me trasladaron a otra prisión que era del servicio de Inteligencia del ministerio del Interior."

El oficial de investigación dijo a Abu Amr que había confesado haber fabricado equipo para los coches-bomba.

"Le dije que no sabía nada de lo que había hecho, que había sido torturado y que había firmado aquellos documentos. Uno de los policías me golpeó fuerte en el pecho, me desmayé. Había 150 prisioneros, tres eran doctores. Uno de ellos me examinó y me dijo que tenía dos costillas rotas. Utilizó una sábana para vendarme. Me habló sobre el séptimo piso, que solía ser el despacho del ministro del Interior durante el régimen de Sadam; ahora es la planta donde se interroga: donde se tortura. Allí, los prisioneros mueren bajo la tortura; uno tenía la pelvis destrozada, muchos fueron violados, golpeados con barras de hierro Ante uno de ellos, Rasul, habían violado a su mujer. A un doctor le arrancaron los dedos con unas tenazas. Un adolescente se volvió loco. Decía que tenía el mapamundi en su espalda. Estaba cubierto con las cicatrices de los latigazos de hacía nueve meses. Otro tenía una herida profunda en el brazo; estuvo atado durante semanas hasta que el brazo se le pudrió y le salieron gusanos. Una semana antes yo fui enviado allí, la séptima planta había sido vaciada de hombres, sólo habían dejado mujeres. Dijeron que había unas 20. Las utilizaban para presionar a sus maridos. Una de ella tenía un niño de cuatro años junto a ella. [...]

"Empecé a oler muy mal. Me di cuenta de que la axila me sangraba. La carne estaba podrida y abierta. Me sacaron y me estuvieron golpeando durante la noche. Al día siguiente fui llamado a juicio. Llevaba grilletes en las manos y piernas. El juez me preguntó qué había hecho. Yo dije: '¿Lo sabe usted? Yo no'. Le conté la verdad. Las torturas, los golpes, las confesiones, las huellas dactilares, todo. Le mostré las señales en el cuerpo. Un oficial estadounidense entró en la sala y escuchaba."

Dos meses después, Abu Amr fue trasladado a una nueva prisión, la famosa "Sección Quinta" en Kadimiya, [barrio de Bagdad]. Era una prisión bien conocida durante el depuesto régimen, donde se llevaba a los prisioneros políticos. Ahora se llama "Sección Quinta" y se supone que está controlada por fuerzas especiales de la policía iraquí; pero según Abu Amr está controlada por los estadounidenses. Le metieron en una celda de dos por dos metros, con otros dos prisioneros. La celda no tenía ventana, ni inodoro, ni agua. Tenían que orinar en una botella y poner los deshechos defecados en un saco. Los golpes y las humillaciones constituían una rutina. Fumigaban la celda con pimienta, con lo cual tuvieron los ojos irritados durante tres días. Algunos prisioneros eran mantenidos allí durante 15 meses. Sin abogados, sin visitas, sin contacto con nadie. Dos meses más tarde, Abu Amr fue llamado de nuevo por el juez, quien le dijo que no se había encontrado ninguna evidencia que probara que era culpable.

"No me sentí precisamente contento. Me preguntaba: ¿qué había pasado con mis derechos?, ¿qué le esta ocurriendo a la gente contra la que había confesado? Me di cuenta de que a los sheijs de las mezquitas les estaba torturando con otros métodos, concentrándose en torturas sexuales, además de corporales. Tuve que pagar un millón de dinares iraquíes para que me liberaran."

Una vez liberado, Abu Amr huyó: le horroriza pensar que le vuelvan a detener si regresa a su hogar. Su casa fue asaltada otra vez más por las tropas estadounidenses. Le dejaron un mensaje, que decía en árabe y en inglés: "Sentimos los daños ocasionados a tu casa. Recibimos un chivatazo equivocado. Puedes recuperar tus propiedades y pedir el pago de indemnización en [la base] Falcon (Scania). Por favor, ve a la 'Puerta de la India' para recoger tus propiedades y el dinero". La carta estaba firmada por el teniente Follinsbee. Abu Amr cree que esconde una trampa.

El secreto

Abu Amr no sabía que ya habíamos interrogado al sheij contra el que había confesado: el sheij N., de unos 60 años, que está huido desde hace meses. Él mismo nos contó su historia:

"Tras la ocupación y la desesperación que sentí cuando resultó obvio que no había liberación en absoluto, comprendí que mi deber como imán es decir la verdad, aunque a los ocupantes no les gustara. Se pusieron en contacto conmigo; un oficial llamado Williams vino a verme con otros cuatro oficiales y me preguntó qué es lo que quería. Me ofrecieron un trabajo en el consejo local y algunos contratos. Les dije que ese no era mi trabajo, y que lo que yo quería era precisamente que pararan de humillar a los iraquíes, que no pusieran sacos en las cabezas de las gentes durante los arrestos, que no les pusieran las botas sobre las cabezas o les tiraran al suelo. Se mostraron de acuerdo y preguntaron: 'Si hacemos eso, ¿vas a parar de criticarnos en tus sermones?'. Yo les dije: 'No, mi deber es decir la verdad y la verdad es amarga'.

"Empecé a recibir cartas, las mezquitas fueron asaltadas muchas veces. En la última carta me ofrecían un trabajo como dirigente en el área Kart. Me di cuenta de que era una trampa. Los asaltos se incrementaron, dos al día. Durante el rezo del viernes los tanques rodeaban la mezquita; lo mismo hicieron durante el Ramadán. Los soldados decían a las personas que iban a orar que iban a matarme. Recibí también muchas amenazas de iraquíes. Solía leerlas en la mezquita y enseñárselas a la gente y contestarlas.

"El día de las elecciones [el 30 de enero de 2005], asaltaron de nuevo la mezquita: el muecín, el guardia y algunas personas estaban allí. No había armas en la mezquita, sólo tres fusiles para los que teníamos licencia. Pidieron al muecín que les acompañara al minarete para registrarlo. Cuando bajaron, resulta que habían aparecido en la mezquita dos misiles. Yo juré, en el nombre de Dios, por todos sus nombres sagrados, por el Libro Santo, que la mezquita estaba limpia de cualquier tipo de armas. Había habido una intriga orquestada en secreto. Arrestaron al muecín, al guardia y a uno de los fieles y dejaron luego un mensaje diciendo que yo tenía que encontrarme con ellos en el cuartel estadounidense, que tenía que ir allí para que ellos fueran liberados. Mi casa fue lo siguiente que asaltaron, dos aeroplanos, cuatro vehículos blindados, seis a siete coches de guardias nacionales iraquíes, bombas de iluminación, soldados saltando las verjas, puertas rotas, balas disparadas, gritos, apuntando contra mujeres y niños dormidos, incluso mataron a mi perro. Mi hija pequeña, Sara, todavía sufre el impacto [de lo sucedido]: se pone histérica cuando los ve o escucha.

"Toda la familia abandonó la casa, que ahora está desierta. Vinieron a por mí de forma tan violenta, interrogaron a todos mis amigos y familiares, cortaron mi pensión tras haber trabajado para la mezquita durante 13 años como voluntario. Tanto daño sólo por una acusación falsa e injusta. Cogieron a mi segundo hijo como rehén."

En la cárcel el hijo de N. se encontró con Abu Amr, al que habían torturado ya de forma terrible y tenía las costillas rotas. Abu Amr le dijo al hijo de N. que no podía soportar la tortura y envió al sheij un mensaje pidiéndole perdón si le veía hablando mal de él en el canal de televisión al-Iraqiya [4]. Le dijo al hijo de N. que su testimonio fue lo que hizo que acusaran al sheij de ser un terrorista.

El sheij N. es bien conocido en su comunidad, que es de mayoría chií, por ser un imán muy razonable. Él es sunní, pero predica mejor que cualquier religioso chií sobre la revolución islamista de Husein, [el yerno del Profeta,] de hace más de mil años y sobre los doce imanes chiíes. Los vecinos confirmaron que el sheij se manifestaba siempre contra cualquier conflicto sectario. Fue acusado de terrorismo: "Yo creo que una gota de sangre musulmana es más importante que la Gran Cava. ¿Cómo podría ser yo un terrorista?". Los periódicos escribieron tremebundas historias sobre el sheij, acusándole de historias inmorales y de terrorismo.

El hijo mayor del sheij está en la cárcel desde el 27 de septiembre de 2004. Pero esa es otra historia. Este hijo, que trabaja en la universidad, regresaba a casa con algunos amigos cuando fue atacado un convoy estadounidense en el distrito de al-Jihad. Todos los hombres que había en los alrededores fueron arrestados, unos 25 en total. Pasó cinco meses en la cárcel, hasta que el juez iraquí encontró que no era culpable y ordenó liberarle. Pero todavía y hasta este momento sigue en la cárcel. La acusación que han presentado contra él es la de haber pasado delante del convoy estadounidense. El sheij no está enfadado, sino muy triste: "Hay una conspiración contra el islam, tenemos que enfrentarnos a ella. La única solución para Iraq es que los iraquíes estemos unidos contra el enemigo".

La mujer del sheij estuvo llorando todo el tiempo durante la entrevista. No puede olvidar el asalto, el ruido, las luces, los registros, el robo de las joyas, del dinero, de los documentos y de los libros. Un oficial llamó a su superior diciendo que la casa estaba limpia, que el sheij no estaba allí, que sólo estaba su hijo. Le contestaron que se llevaran al hijo. Su niña Sara estaba tan aterrada que no podía ni abrir los ojos. "No puedo volver y vivir en la casa de nuevo mientras mi marido y mi hijo no están allí", dice. Su nuera tuvo un aborto debido al susto.

La historia de la familia de Um Dhia

Um Dhia tiene 56 años. El 31 de diciembre de 2004, su hijo Dhia, que comercia con ovejas, fue a Nayaf, que está a unos 200 kilómetros al suroeste de Bagdad, para ultimar un negocio. Nunca volvió. Cinco días más tarde, su madre, su padre, su tío y otros dos allegados suyos de Nayaf fueron a preguntar por él por las comisarías de esta ciudad. Ninguno de ellos regresó, a excepción de los dos familiares más lejanos. Una semana más tarde el resto de la familia estuvo preguntando por los garajes si había habido algún accidente en la autopista o cualquier explosión en Nayaf. Lograron averiguar que todos ellos habían sido arrestados.

La familia pidió a un abogado que les defendiera, aunque tenían miedo de que cualquiera que fuera a preguntar por ellos fuera a su vez arrestado. El abogado les dijo que dos días antes de que Dhia fuera a Nayaf había habido una explosión: según la Ley de estado de emergencia [5], cualquiera que fuera sospechoso era arrestado. Dhia fue arrestado en un control; iba desarmado. Cuando la familia fue a preguntar por él, el oficial de policía les recibió de forma hospitalaria y les dijo que no sabía nada de Dhia; pero cuando se marcharon les siguió una patrulla de policía y fueron arrestados.

En la comisaría de Nayf, la madre, el padre y el tío de Dhia fueron torturados. Los mantuvieron en oscuras y frías habitaciones separadas, con las manos atadas. Fueron golpeados y humillados. La madre pidió ver a su hijo: se lo pusieron enfrente lleno de señales de golpes y torturas. Le dio un colapso y tuvo que ser trasladada al hospital. Lo mismo hicieron con el padre y con el tío. Desde el hospital trasladaron a toda la familia en aeroplano al ministerio del Interior en Bagdad. El abogado dijo que no podía hacer nada por ellos porque estaban acusados de terrorismo.

Dhia es padre de cinco niños. Su familia, hasta el momento, no sabe nada de él. Pero pueden visitar a sus padres y a su tío. Sin embargo, la madre ha sido trasladada de nuevo a la prisión para crímenes graves de al-Amiriya, [barrio de Bagdad,] porque el centro de detención de mujeres del ministerio del Interior donde se encontraba estaba atestado. Se la mantiene en prisión con otras 20 mujeres, que estaban acusadas de diferentes crímenes. Una de ellas había sido torturada tan gravemente que se había vuelto loca: no paraba de preguntar por su hijo, se desgarraba la ropa y lloraba todo el tiempo, era mayor que Um Dhia. Los hombres permanecen en la misma prisión: 50 en una habitación.

Los cuatro hermanos de Dhia han quedado solos. Todos ellos son estudiantes, y están siendo cuidados por otros familiares. El chico más joven, Azir, lleva la tienda del padre. La familia, que nunca mostró interés por la política, está espantada y aterrada cuando hablan acerca de la prisión: "Uno de los hombres había muerto debido a las torturas, había sufrido también abusos sexuales; otro estaba paralizado", dice Aus, el segundo hijo. "En al-Amiriya, un prisionero fue sometido a descargas eléctricas; le hicieron admitir cosas que no había hecho, entre otras que había repartido octavillas", señala Azir, tratando de parecer mayor.

Dalfa, de 18 años, es estudiante de la escuela [universitaria] de Comercio: cree que su madre es una mujer fuerte. "Ha adelgazado desde que fue arrestada hace meses. Ahora parece débil y agotada. No habla de la prisión", comenta Dalfa. La hija pequeña, Ala, de 11 años, echa mucho de menos a su madre: "La necesito, pero no me dejan que vaya a visitarla a la prisión". Dalfa piensa que es mejor que la pequeña Ala no vea a su madre encarcelada.

Notas de IraqSolidaridad:

1. No se menciona ningún detalle relativo a nombres, fechas, profesiones y lugares. El testigo estaba deseoso de dar su testimonio pero temía que, si revelaba su identidad, podrían fabricar otra acusación contra él y arrestarle y torturarle de nuevo. [Nota del entrevistador.] Abu Amr significa "Padre de Amr". Los padres y madres en Iraq y otros países árabes adquieren como apodo el nombre de su hijo o hija primogénitos precedido de "padre de" (Abu) o "madre de" (Um).

2. Durante las entrevistas mantenidas por la delegación de la CEOSI a Iraq con asociaciones de derechos humanos y abogados, fueron reiteradas las referencias a centros de detención e interrogatorio clandestinos en dependencias ministeriales de Bagdad, particularmente de los ministerios de Interior y de Defensa.

3. El canal de televisión al-Iraqiya, establecido por los estadounidenses tras la invasión, emite por las noches un programa en el que supuestos miembros de la resistencia arrepentidos, con claros rastros de haber sido torturados, se declaran ante la cámara culpables de graves crímenes. Ver más adelante.

4. Ver nota anterior.

5. Excepto en las provincias kurdas, los sucesivos gobiernos interinos iraquíes vienen prorrogando desde el 7 de noviembre de 2004 el estado de excepción y la Ley marcial en Iraq.

Crónicas de Iraq:

Testimonios de prisioneros iraquíes en las prisiones estadounidenses en Iraq - Detenidos en el país cautivo (II)

Testimonios de prisioneros iraquíes en las prisiones estadounidenses en Iraq - Detenidos en el país cautivo (I)

Los desaparecidos de Iraq

De regreso a Faluya: Tiendas de campaña sobre los escombros, a la búsqueda de los desaparecidos

Faluya: el 'terremoto' desencadenado por Estados Unidos

Los refugiados de los campamentos de Ahmad bin Hashim y Rahaliya

Campamento de refugiados de Ein Tamor: tristes historias de la continua tragedia de Faluya

* Texto y fotos (relacionadas con el texto) remitidos por su autor a la CEOSI.

Ala, la hija menor de Um Dhia

Azir en la tienda familiar

De izquierda a derecha, Azir, Ala, Dalfa y Aus, hermanos de Dhia

Rastros de tortura en el cuerpo de Abu Amr

La mujer y la hija pequeña (Sara) del sheij N.

Llamamiento de auxilio lanzado desde la Baladrus, Diyala, noreste de Bagdad

"En el nombre de Dios, el Clemente, el Misericordioso,

Ahl al-Sunna wal-Yamaa

En Baladrus y los pueblos de los alrededores están sufriendo una campaña de arrestos, supuestamente para identificar a sospechosos [de pertenecer a la resistencia], dirigida por el coronel de la policía Ali Ismael, conocido como Ali Cable, y su hermano, el policía federal comandante Walid Cable [1].

Estos arrestos han afectado incluso a los sheijs de las mezquitas, entre ellos el sheij Yunis de la mezquita Fajr al-Islam, el sheij Nafi' Ali Husein, de la mezquita Dajlakiya, y el sheij Hamdam de la mezquita de Somud. El viernes pasado, [27 de mayo,] el sheij Aqil Ali Jalil, de la mezquita al-Mustafa, fue encontrado muerto con dos balas en la cabeza tras diez días de secuestro.

Hay más de cien detenidos que fueron arrestados en el interior de las mezquitas. Los que fueron liberados más tarde cuentan haber sufrido prácticas de tortura. Algunos tenían los hombros llenos de golpes, otros los dedos cortados, algunos habían sido violados, otros estaban desaparecidos y uno de ellos, llamado Ozman, había muerto como consecuencia de las torturas. Varios de los detenidos fueron liberados tras haber tenido que pagar seis millones de dinares iraquíes a un agente de Ali Cable. Durante el tiempo que estuvieron bajo arresto, les robaron de sus casas todos los objetos de valor, joyas y dinero.

En el pueblo de al-Fatimiya fueron arrestados todos los hombres de una familia, robándoles el dinero y llevándose hasta las ovejas. Las mujeres tuvieron que marcharse al hogar de sus padres; las casas han quedado vacías y solitarias. Las mezquitas ya no albergan más a gentes rezando; ni siquiera los fieles de los viernes aparecen."

Nota:

1. Referencia al cable eléctrico, utilizado para azotar a los detenidos.

CEOSI | www.nodo50.org/iraq | 2005