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Crónicas de Iraq

Al-Anbar: Área de asesinatos indiscriminados

De regreso a al-Qaim y Hadiza

Sabah Ali*

Bagdad, 7 de noviembre, 2005
IraqSolidaridad (www.nodo50.org/iraq), 15 de noviembre, 2005
Traducido del inglés para IraqSolidaridad por Paloma Valverde

"Hay muchos pueblos -Rumana, al-Beida, al-Ish, Dgheima, Baghuz, al-Rabot, etc.- en los que las familias [de al-Qaim] buscaban refugio de las bombas. Ahora esos pueblos han quedado aislados de cualquier ayuda. No hay un médico o una clínica en un área de 110 kilómetros a lo largo del río. Las personas heridas, desangrándose, tienen que ser trasladadas en botes o mueren bajo los escombros. Es imposible contabilizar los muertos; sus familias los entierran en el acto, sin ningún documento y, por su puesto, sin prensa. Civiles, familiares y vecinos ayudan evacuando a los que están enterrados bajo los escombros. Pero son los francotiradores quienes más daño hacen aún."

Tuvimos que posponer nuestro viaje a al-Qaim y Hadiza varias veces en dos semanas. Muchas veces la carretera estaba cerrada por operaciones militares. Decidimos ir primero al campo de refugiados, y estar preparados para trasladarnos desde allí en cuanto se despejase la carretera. Ahora había 8.100 familias refugiadas (la última vez, antes del 1 de octubre, había 7.450 [1]) distribuidas en las ciudades y pueblos cercanos, y en el desierto. Algunos de los campos estaban aislados para poder recibir cualquier tipo de ayuda, especialmente aquellos situados al otro lado del Éufrates, porque las tropas estadounidenses bombardearon todos los puentes, los tres de al-Qaim y los dos de Hadiza. Las necesidades ahora son de ropas de invierno, especialmente para los niños, mantas y medicinas corrientes, aparte de la comida. Las nuevas familias [refugiadas] son las que escaparon del último ataque contra al-Qaim (el 1 de octubre) y de Hadiza (el 5 de octubre), "La Puerta del Río", como se la conoce. Una de las principales organizaciones de ayuda humanitaria en Iraq admitía ahora que no pueden llegar a los pueblos del otro lado del río.

Llegamos al Hospital General de al-Qaim [2] el 25 de octubre por la tarde, después de haber estado perdidos en un desvío por el desierto durante más de dos horas. Y viniendo del campo de refugiados más cercano [a al-Qaim], donde pudimos escuchar varias cosas sobre el último ataque del 1 de octubre de 2005, estábamos preparados para escuchar a la multitud en la sala de urgencias. Un gran cartel negro anuncia que Mahmud Chiad, el conductor de la ambulancia, había sido disparado por las tropas estadounidenses mientras intentaba ayudar a algunas de las familias heridas.

El joven Jalaf yacía en una camilla cubierto de sangre. Un francotirador estadounidense le había disparado en los genitales mientras regresaba a su casa desde el mercado, situado justo enfrente. La bala le había herido el muslo derecho y los testículos, y le había salido por el muslo izquierdo.

"No pasaba nada, no había disparos, ni bombardeos, ni nada", nos indica un vecino que llevó a Jalaf al hospital: "Escuchamos el disparo y él estaba allí tumbado, sangrando. No podíamos acercarnos a él. Él se arrastró algunos minutos por la calle". El médico no sabe todavía la gravedad de la herida. Sigue sangrando.

En la sala otro joven, Salah Hamed, también había sido disparado debajo de la cintura. Iba conduciendo su taxi a las diez de la mañana del lunes 17 de octubre por la plaza del mercado, cuando francotiradores estadounidenses le dispararon. Salah estaba tan furioso que gritó usando palabras obscenas (inconcebibles en esas zonas). Su coche estaba totalmente destrozado. El médico nos explicó que habría que extirparle una gran parte del intestino.

En la sala de los médicos, las ventanas, las cortinas, las paredes estaban llenas de agujeros de bala. El ayudante del director del hospital describió lo mala y difícil que es la situación, los continuos bombardeos de casas y coches, los francotiradores que disparan indiscriminadamente a cualquier cosa que se mueva (hace dos días mataron a seis burros), la ciudad sitiada, la autopista cerrada. "No entiendo por qué cortan la autopista y permiten que las familias tengan que atravesar el desierto; registran todo y a todos. Ahora, encima de todo esto, las botellas de oxígeno están prohibidas en el hospital", nos comenta.

Francotiradores

El auxiliar administrativo nos explica la situación en las zonas bombardeadas al otro lado del río Éufrates, después de que los puentes fueran destruidos en el ataque:

"Hay muchos pueblos -Rumana, al-Beida, al-Ish, Dgheima, Baghuz, al-Rabot, etc.- en los que las familias [de al-Qaim] buscaban refugio de las bombas. Ahora esos pueblos han quedado aislados de cualquier ayuda. No hay un médico o una clínica en un área de 110 kilómetros a lo largo del río. Las personas heridas, desangrándose, tienen que ser trasladadas en botes o mueren bajo los escombros. Es imposible contabilizar los muertos; sus familias los entierran en el acto, sin ningún documento y, por su puesto, sin prensa. Civiles, familiares y vecinos ayudan evacuando a los que están enterrados bajo los escombros. Pero son los francotiradores quienes más daño nos hace aún. El 15 de octubre, día del referéndum, nadie se atrevía a salir. Yo ni siquiera me hubiera atrevido si me hubieran nombrado presidente [de mesa]."

El conductor de ambulancia Mahmud Chiad, de 35 años, iba a Kerbala para ayudar a algunas familias heridas durante el ataque. Le dispararon y asesinaron de un disparo en el lado izquierdo del pecho. Después una granada impactó contra la ambulancia, la partió en dos y ardió. Todavía está allí el vehículo, pero no podemos filmar en la "tierra de nadie", como ellos lo llaman. Mahmud dejó viuda y seis hijos, el mayor de ellos, Aimen, tiene 10 años. "La familia no ha recibido ninguna pensión o compensación", nos informa su compañero Munir Said: "era muy pobre; vivían en una casa exigua. Su familia necesitará apoyo".

A la mañana siguiente temprano, sobre las siete, escuchamos mucho jaleo y vimos a mucha gente en el hospital. Dos coches cubiertos de polvo y unos cuantos hombres estaban en la puerta de urgencias. Un hombre mayor, de unos 60 años, estaba sollozando y clamando al cielo, repitiendo histéricamente "Por favor ven y mira lo que me ha pasado"; otros hombres lloraban en silencio. En la sala de urgencias una niña de diez años yacía en una camilla y una mujer joven en otra. Aún estaban conscientes. La niña, Yosr Jasim Mohamad al-Tai, de 10 años (estaba en quinto curso, nos decía orgullosa), fue herida en el pie, en la espalda y en el oído derecho, por lo que estaba cubierta de sangre. No sabía aún que era la única superviviente de una familia de ocho miembros. Su padre, su madre, Ibtisam Thiyab Othman, y sus cinco hermanos murieron bajo los escombros cuando los aviones estadounidenses bombardearon el pueblo de al-Ish a las dos de la mañana de ese día 26 de octubre de 2005.

La mujer, Sadiya, de 35 años, fue herida en el muslo. Fue violada sobre una colcha convertida en cenizas. Sadiya estaba alojada en la vivienda de sus tíos después de que su casa hubiera sido explosionada por las tropas estadounidenses el día anterior: "Sacaron a las mujeres y a los niños fuera y volaron la casa. No sé si detuvieron a los hombres o volaron la casa con ellos dentro. Vinimos a casa de mis tíos ayer, hoy a las dos de la mañana nos bombardearon otra vez", nos contó. Sadiya estaba completamente conmocionada:

"No sé a cuánta gente han matado. Estábamos más de 30 personas en casa. Mis tres tíos, sus mujeres e hijos, mi tía, y cinco invitados que estaban en el diwan (la habitación de invitados) han sido asesinados. No sé si hay supervivientes, yo quedé enterrada bajo la pared. Vi a mi tío Idan y a dos de los niños, Faruq, que tenía ocho años, y a Ahmed, de siete, estaban muertos".

Sadiya tampoco sabía entonces que uno de los invitados y ella misma son los únicos supervivientes de todas las familias del inmueble. Jalifa Moklos, el único superviviente entre los cuatro hombres que estaban en la habitación de invitados, nos comenta que otros cuatro fueron asesinados cuando dos misiles impactaron contra la casa. "Jasim M. Moklos, de 30 años, Idan Abdulà Mosa, de 52, Awad M. Mosa, de 45, y Moslem K. Husein, de 30: todos fueron asesinados".

Crímenes en el distrito de al-Risala

K, el teniente de Alcalde del distrito de al-Risala, él mismo inválido de la guerra irano-iraquí, nos contó muchas historias de casas demolidas y familias asesinadas. Le pedimos poder visitar a algunas de ellas. Dudaba, pero después sugirió que solo visitáramos aquellas que estaban en distritos relativamente seguros. Al-Qaim ahora parece diferente del al-Qaim que vimos hace 18 meses en el primer gran ataque estadounidense de abril de 2004 [3]. Entonces era una ciudad llena de vida, tiendas, oficinas, gente, policía, había movimiento en la calle. Ahora es una ciudad muerta. El miedo y la sospecha son los reyes de las calles.

La primera familia [que visitamos] fue la de Saggar Hamnda, conductor de un todoterreno que estaba llevando a su familia y a la de su cuñado al campo de refugiados de Okashat, a 200 kilómetros de distancia en el desierto, a las cuatro de la tarde del primer día del ataque. Su padre nos explica que "[] había 19 mujeres y niños en el coche cuando las tropas estadounidenses les dispararon y el coche ardió. Sagar, su mujer Jadiya y sus seis hijos (tres niños, Ala de 10 años, Adil y Omar, dos niñas, Sheima y Lamia y un bebé) y su nieto fueron asesinados. No permitieron que nadie se acercara al coche hasta que no quedaron más que cenizas. No fue hasta pasados cinco días cuando a un primo, Hashim Hamid, le permitieron recuperar los cadáveres. "Tuve que arriesgar mi vida, coger una bandera blanca y quedarme delante del convoy estadounidense", cuenta Hashim: "Les dije que quería los cuerpos de mi primo y su familia. El comandante estadounidense dijo: 'Lo siento, ha sido una equivocación, no sabíamos que era una familia', y me dio una bolsa de plástico llena de cuerpos carbonizados".

La segunda familia que visitamos fue la de Mohamed Jabir, un niño de nueve años a quien un francotirador estadounidense disparó en la puerta de su casa en La Calle de la Muerte el jueves 20 de octubre de 2005. "Iba a casa de sus tíos, enfrente, a las casas de ferroviarios", nos cuenta su padre, intentando apenas contener las lágrimas:

"Mis cuatro hijos iban a visitar a la familia de su tío. Les dispararon inmediatamente. Volvieron. Mohamed llevaba la mano en el pecho, 'estoy herido', dijo, y entonces cayó al suelo. Estaba sangrando. Intentamos salvarle, pero no dejaban pasar ni ambulancias ni coches. A su tío no le importaban los disparos; cogió el coche y nos llevó al hospital. Por entonces, Mohamed estaba muerto".

La madre estaba totalmente cubierta de sangre: "Cuando intentamos llevarle al hospital los soldados nos dispararon. Yo gritaba pero nadie se atrevía a acercarse. Nos sentamos en el suelo esperando a que dejaran de disparar hasta que su tío vino con el coche". Mohamed es el decimotercero niño asesinado por un francotirador en las casas de ferroviarios: "[Los chicos] la llaman La Calle de la Muerte; uno de los niños que fue asesinado solo tenía año y medio, otro tres. Os puedo acompañar a visitar a sus familias. El 23 de octubre de 2005, a las dos de la tarde, un avión estadounidense estaba dando pasadas por la calle disparando todo el tiempo". Jabir dejó su casa y ahora está viviendo en una gran casa de otra zona con cinco familias más.

Historia de la familia Miklif

La tercera familia era la de Atiya Miklif. La casa no era más que un montón de escombros. Fue bombardeada a las 6 de la mañana del 30 de agosto de 2005. No quedó ni una familia para contar lo que pasó. Los vecinos dudan en hablar. "El padre murió hace años", nos contó uno de los vecinos que finalmente se ofreció para hablar. [En la casa] vivían su viuda, Dala Hardan, de 55 años, sus tres hijos, Daham, de 35 años, Rashid, de 25, y Salman, de 18, además de sus dos nueras, Rafah y Jolud, ambas de 19 años. Rashid y Rafah, y Salman y Jolud eran recién casados. Todos fueron asesinados aquella mañana.

-"¿Por qué cree que bombardearon la casa?", le preguntamos.

-"Quien sabe, los estadounidenses dicen que había combatientes [de la resistencia] en la casa, pero eran familias, como usted ve. Y además, ¡no se bombardean casas para matar resistentes que supuestamente están dentro!"

La cuarta familia era la de Kawan Abu Mohamed. El 8 de septiembre la casa, situada en una zona agrícola denominada Seniaq, fue bombardeada resultados muertos 11 civiles, la mayoría de ellos niños: Kawan, un anciano de 70 años; su hijo Mohamed, de 50, profesor [en la Facultad] de Medicina; su nuera Hamdiya, de 40 años; la mujer de Mohamed y sus cuatro hijos, Doha y Roa, dos chicas de 16 y diez años respectivamente, y los dos chicos, Obeida y Hozeifa, de 12 y cuatro años, respectivamente, todos resultaron muertos bajo los escombros. Jaled de 18 años, nieto de Kawan, a quien su tío Mohamed le ayudaba con sus estudios de Medicina; Amjad, un joven de 22 años; Zeinab, una adolescente de 17 años, y Saja una niña de ocho años, todos ellos nietos de Kawan que estaban visitando a su abuelo fueron asimismo asesinados en ese bombardeo. Dos miembros de la familia sobrevivieron: Mahmud Kawan, un joven de 25 años, quedó inválido y Nahida, de 16 años, la hermana de Amjad, fue herida.

K., miembro del Ayuntamiento, nos llevó después al distrito de al-Risala, donde ocho casas fueron bombardeadas el sábado 22 de octubre sobre las tres de la tarde junto con la mezquita principal, en la calle 23. Afortunadamente todas estaban vacías. "Los estadounidenses creen que los resistentes se esconden en esas casas vacías", nos explica K. Muchas familias regresaron de los campos de refugiados para encontrarse con sus casas destruidas.

En una de las casas del distrito de al-Salam, Alwan Abdul Karim se negó a permanecer con su familia en el campo de refugiados de Anaa [4]: le parecía insoportable vivir como un refugiado así que regresó solo a su casa cuatro días después. La casa fue bombardeada el mismo día de su regreso, el 22: fue acribillado por una lluvia de proyectiles donde estaba escondido comiendo su sohoor, la última comida previa a la reanudación del ayuno [de Ramadán]). Alwan tenía 58 años, era jardinero y portero de una escuela. Encontramos a su familia en el campo de refugiados de Anaa, su esposa Shokriya, de 40 años, y sus ocho hijos.

En el campo de refugiados de Anaa, cinco familias (cada una con unos diez miembros) vivían en una única casa. No recibieron la cartilla de racionamiento durante tres meses. K, deseoso de enseñarnos los graves daños, no podía mantener la promesa de no acercarse a las zonas peligrosas. Cerca de la estación de tren, un hotel, ahora completamente destrozado, lo usaba el Ayuntamiento para albergar a familias muy pobres por un precio simbólico, al igual que la estación de tren.

Shawkat A. Abod, que acababa de llegar de al-Qaim, nos habló del ataque contra Sida, un pueblo situado a unos 10 kilómetros al este. El 1 de octubre la plaza del mercado estaba cerrada a las 10 de la mañana, la ciudad sitiada en un perímetro de 10 kilómetros. Se cortó el suministro de luz y teléfono, las oficinas cerraron, y se previno a los coches de que no circularan. Abad nos cuenta:

"Cuando empezó el bombardero nos quedamos en casa. Los traductores en los vehículos militares advertían con megáfonos a la gente que permaneciera en sus casas, que sus vidas correrían peligro si salían fuera. Podíamos oír el bombardeo, pero no sabíamos dónde exactamente. El bombardeo continuó durante cuatro días. Los aviones sobrevolaban las 24 horas; el bombardeo intensivo se produjo por la noche. En el pueblo de Rumana, bombardearon cuatro casas. El primer día hubo 12 heridos. No sabemos exactamente el número de muertos, quizás entre 30 y 40".

- "Fue un ataque declarado, ¿por qué las familias no se marcharon?", le preguntamos.

-"Algunas familias no tenían ninguna alternativa, o eran demasiado pobres para marcharse, algunos montaron tiendas de campaña en las granjas de la zona de Senyaq. Y, a propósito, lo que dijeron fue que las tropas estadounidenses iban a entrar en al-Qaim con tropas iraquíes, hicieron un llamamiento para que los civiles cooperaran con las tropas para detener resistentes".

La madre de Shawat, de 55 años, llora escuchando a su hijo. Es diabética y tiene mucho miedo: "Cuando oí el bombardeo temblé, sentí un dolor en la espalda; sentí que el techo se me venía encima y me aplastaba".

En al-Qaim nos reunimos con A.M. un trabajador de la compañía eléctrica:

"Intentamos arreglar la luz tres veces. Los estadounidenses nos dispararon cada una de ellas. La tercera vez nos dijeron que teníamos 30 minutos para arreglarlo. Nos llevó dos horas, como ustedes saben, llegar a la central por la carretera del desierto. Pero nos las ingeniamos. A la otra central, que está cerca de la oficina del consumidor y ahora es una base militar, no pudimos llegar. La misma historia se repitió con el agua."

Sharif, un bombero y voluntario de los servicios de urgencias, estaba muy furioso:

"¡Dónde están las naciones del mundo, los musulmanes, los árabes millones de ellos rezan todos lo días: ¡no ven lo que nos está pasando a nosotros!"

"La Puerta del Río", ahora del Infierno

Normalmente se tarda menos de una hora desde al-Qaim -Husaiba, como la llaman los lugareños. Salimos a las nueve menos cuarto de la mañana para llegar primero al control de Hadiza a las cinco de la tarde. Tardamos una hora de más por la polvorienta carretera del desierto, en la que nos perdimos la última vez, para llegar al control militar de la fábrica de cemento, lo que normalmente supondrían diez minutos en una carretera asfaltada. Pero esta es la parte más sencilla de la historia. Antes de que llegáramos allí un convoy estadounidense nos detuvo. Tuvimos que salirnos de la carretera unos metros, dar la vuelta a los coches en dirección al desierto hasta que pasó el convoy y estuvo lejos. Apenas habíamos retomado la marcha cuando otro convoy vino desde la otra dirección. Tuvimos que dejar el asfalto y girar hacia el desierto otra vez. Cuando estuvieron lejos, ya dentro de la fábrica de cemento, nosotros empezamos a movernos.

Sin embargo, los soldados de la Guardia Nacional nos advirtieron amenazadores. "Den la vuelta", ordenaron apuntándonos con las pistolas. No hacía demasiado calor ese día de finales de octubre, pero el viento y el sol no ayudaban a la gente en ayunas: todavía estábamos en los últimos días de Ramadán [5]. Tuvimos que esperar cinco horas. La mayoría de la gente que estaba en la carretera eran familias volviendo con sus animales y sus muebles a Sida, después de que hubiera terminado el último ataque, o eso creían. Cientos de camionetas y coches pequeños esperaban sin esperanza en medio del desierto.

Una anciana sorda, de unos 80 años llora amargamente preguntándose por qué Dios en su sabiduría no se llevaba su alma ayudándola a salir de esa situación: "El frío me mata", apenas puede balbucir. Una joven madre de seis hijos, Ira Ziyab, cambia los pañales a su bebé. Había dejado su casa cuando el recién nacido sólo tenía un día. Ahora tiene dos meses. Una tercera mujer esta buscando agua potable para su bebé.

Soraya, madre y abuela de una gran familia, tiene asma y en el campo de refugiados el médico no sabe cómo ayudarla. "¿No es peligroso regresar a casa ahora, mientras la situación no es segura todavía?", le pregunto [6]. "¿Qué más podemos hacer?", me replica Ida. "Hace cada vez más frío, especialmente por las noches en el campo; hemos estado viviendo aquí, en una tienda que hicimos con sacos de harina, durante dos meses".

Dándose cuenta de que no había posibilidad de que abrieran la carretera ese día, los conductores decidieron marcharse y probar a atravesar otro control militar. En el que nos encontrábamos estaba ya abierto, pero la cola de vehículos era tan larga que no se veía el final. El registro era tan minucioso que cada coche tardaba 10 minutos como mínimo en cada lado. Algunas familias intentaban hablar con los soldados estadounidenses para que facilitaran las cosas a los niños y a los ancianos. Uno de ellos fue amable y prometió ayudar, "pero cumplo órdenes", añadió. Se acercaba la hora del desayuno: todo el mundo estaba en ayunas.

Conducíamos a 150 kilómetros por hora. Teníamos que pasar por tres controles más para llegar al último, a la entrada de Hadiza. En éste, algunos [vehículos estadounidenses blindados] hummers nos rodeaban por tres lados. Algunos de los soldados bajaron de sus vehículos y se pusieron en posición de tiro, gritándonos en mal árabe: "Salgan del coche y dejen las puertas abiertas", lo cual hicimos inmediatamente. Nos dijeron que nos alejáramos de los coches. Lo hicimos. En uno de los coches una mujer se enfadó muchísimo; no obedeció y empezó a gritar a los soldados:

"Soy médico. Ahora debería estar en mi trabajo mientras pierdo el día aquí haciendo colas, ¿por qué no respetan nuestro tiempo, no ven que somos civiles? ¿Cuántas veces nos tienen que registrar?"

Otra mujer, que estaba muy preocupada por la doctora, intentó volver e intervenir, pero le ordenaron que no se moviera. "¿Qué es esto?, ¿Estamos detenidas?", se quejaba; pero no la contestaron. Hubo un momento de confusión, llamadas con los móviles entre soldados y oficiales. Al final se acercaron dos oficiales muy robustos y preguntaron quien era la mujer que les estaba enfadando. Ella no dejó de gritarles: "Estamos hartos". Curiosamente, el oficial le preguntó muy tranquilo si tenía alguna pregunta que formularle y que por qué estaba enfadada: "El retraso es por su culpa, y por la nuestra también, ciertamente", dijo el oficial. El coche en el que viajaba la doctora fue registrado escrupulosamente, tras lo cual la dejaron marchar.

Los soldados iraquíes, cuyo acento era claramente del sur [7], preguntaron por las bolsas. Como no éramos de Hadiza, un soldado nos dijo que teníamos que dar la vuelta. "La carretera se cierra dentro de 15 minutos", no advirtió. Decidimos dejar el coche, cruzar el control andando e intentar conseguir un coche al otro lado. Hadiza ahora no está a más de un cuarto de hora.

Hadiza, tomada

La situación era bien distinta que en al-Qaim. Los soldados estadounidenses e iraquíes estaban por todas partes en las calles. No hubo más registros de coches, solo comprobaron nuestros documentos. Por todas partes se podían ver los restos del último ataque: en los edificios, en las caras, en los ojos recelosos. Escuchamos lo mismo. El agua, la luz, los teléfonos, las calles, todo estaba cortado.

La ciudad estuvo sitiada antes de que empezara el bombardeo el 5 de octubre, que duró 18 días. Demolieron muchas casas; muchas familias huyeron a los campos de refugiados; detuvieron a mucha gente, incluido al secretario de la Asociación de Ulemas Musulmanes de Hadiza y a su hijo. El Hospital General fue ocupado durante diez días; el director del hospital y uno de los médicos fueron brutalmente apaleados y detenidos durante una semana dentro del hospital [8].

Muchos colegios y oficinas todavía estaban ocupados. Asaltaron todas las casas, algunas dos veces en un mismo día. Confiscaron todas las armas, incluyendo las personales. No hay gobierno, ni oficinas, ni colegios, ni trabajo, ni mercados... nada. "Hadiza ha caído", repetían de forma sarcástica los militares.

El hospital se convirtió en centro de casi todo tras el ataque. Distribución de ayuda, reparación de la electricidad y cañerías del agua, gasóleo, etc. Su director, el doctor Walid tuvo que ocuparse de todas esas cosas y mandar a los trabajadores en la ambulancia. Un oficial le preguntó al Dr. Walid qué pensaba de los estadounidenses y él le respondió: "Sois tropas de ocupación. Desearía que fuerais amigos, pero las cosas no son así". "¿No es mejor que estemos aquí?", Insistió el oficial. "No", contestó el Dr. Walid, "Mírese usted, armado hasta los dientes, con su uniforme militar. Ustedes asustan a los niños, crean tensión".

Al Dr. Walid le ofrecieron 30 dólares como compensación por la paliza y la humillación. "No sabía qué hacer, no quería rechazarlos y crear más problemas; pero no los podía aceptar, así que se los di a los trabajadores de la limpieza". Uno de los soldados estadounidenses susurró al Dr. Walid que con la compensación que deberían pagar [los militares] si una agresión así ocurriera en EEUU podría comprarse la ciudad entera de Hadiza.

Notas de IraqSolidaridad:

1. Sobre el número y distribución de refugiados de al-Qaim, así como la ayuda destinada a los concentrados en la localidad de Anna, véase: La CEOSI destina 3.775 dólares en ayuda de emergencia para refugiados de al-Qaim - 'Marines' estadounidenses abren fuego contra colaboradores de la CEOSI en Hadiza
2. Véase en IraqSolidaridad:
Sabah Ali: 'Hospital de al-Qaim: Una tragedia casi imposible de describir' y Sabah Ali: 'Al-Qaim (y II): Otro Faluya'
3. Ver referencias en nota previa.
4. Ver referencias en nota 1.
5. El Ramadán había comenzado el 4 de octubre.
6. Finalmente, la nueva operación del Pentágono en la zona, Cortina de acero, empezó el 5 de noviembre, con la participación de 3.500 efectivos estadounidenses e iraquíes. Véase en IraqSolidaridad:
Ataques masivos y fuertes combates en al-Qaim, Husayba y Karabila. El Pentágono daba el 11 de noviembre un balance provisional de 37 insurgentes muertos y 185 detenidos. Al menos tres marines han muerto en combate en la zona.
7. Se reitera que los miembros de la nueva Guardia Nacional son milicianos de las formaciones paramilitares kurdas y, como sería el caso, confesionales chiíes, particularmente de al-Badr, la del Congreso Supremo de la Revolución Islámica en Iraq.
8. Véase en IraqSolidaridad:
El director y un cirujano del Hospital General de Hadiza detenidos y torturados por soldados estadounidenses - Bombardeos estadounidenses causan la muerte a 40 personas cerca de al-Qaim, la mayoría refugiadas

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* Texto y fotos enviados por el autor para IraqSolidaridad

Jalaf, herido por un francotirador, en el hospital de al-Qaim

Josr, de 10 años, herida

Sadiya, en el hospital de al-Qaim, tras haber sido violada

El padre de Saggar

El pequeño Mohamad Jabir, de nueve años, muerto de un disparo en el pecho

Jabir, padre de Mohamad

Miembros de la familia Kawan muertos: Obeida, Roa, Mohamad, Jaled

Alwan, sepultado bajo lo escombros

La casa de la familia Kawan

11 miembros de la familia Kawan murieron aquí

Cinco horas de espera para entrar en Hadiza

A la sombra del camión, esperando a entrar en Hadiza

Dando el pecho al bebé, a la espera de cruzar el control de Hadiza

Ida, cambiando los pañales a su bebé

Preguntándose sobre la voluntad de Dios

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