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Faluya: el 'terremoto' desencadenado por Estados Unidos

Imán Ahmad Jamás*

Bagdad, 6 de marzo de 2005
IraqSolidaridad (www.nodo50.org/iraq), 10 de marzo de 2005
Traducción para IraqSolidaridad de Sinfo Fernández

"Parece que el 'terremoto' estadounidense había herido Gebeil con mayor crueldad. Gran parte de las casas estaban destruidas en un ciento por cien. Había alrededor lagos de agua estancada, montañas de basura, carreteras llenas de polvo. Pocas familias permanecían allí. Colas de mujeres aguardaban en las proximidades de tres grandes tanques de agua, intentando conseguir agua para sus familias. El Dr. Thamir nos había explicado ya que ese agua no era buena para beber. Había tomado seis muestras, dos de ellas tenían bacterias y las otras cuatro no alcanzaban el mínimo de cloro necesario."

Al contemplar Faluya, comprendo por qué los estadounidenses denominaron Conmoción y Dolor a la operación desatada contra la ciudad. No es sólo que el terremoto estadounidense destrozara la ciudad, las casas, los colegios, los hospitales, los mercados, las tiendas, las calles, los vehículos, todo completamente deshecho; no son sólo las paredes quemadas, las montañas de basura; no es sólo la vida rota; es mucho más, son los sentimientos que se pueden leer en las caras de sus ciudadanos. No podría encontrar otra descripción más expresiva que conmoción y dolor. Es el silencio tras el que se esconde la rabia, el aturdimiento, la fatiga, el desamparo, la sospecha de todo y de todos Es la tristeza

-"¿Eres del Comité?", me preguntó al ver mi cámara un anciano que recogía materiales estropeados de entre los escombros.

-"¿Qué Comité?", le pregunté. Intercambió miradas con su joven hijo.

-"¡Si sabes algo que pueda sernos útil, dínoslo, si no, por favor, hermana, vete y esconde la cámara en tu bolsillo!"

-"¿Por qué?"

-"¡Mira por detrás de mí!"

Detrás de él aparecían las guaridas, como las llamaba un amigo estadounidense, de cuatro soldados [estadounidenses] que se parapetaban en las azoteas de las casas.

-"Si quieres moverte por los alrededores, di tan sólo que eres del Comité", me aconsejó.

Se refería al Comité para indemnizaciones que estaba visitando Faluya para estimar los daños y las compensaciones.

No dije nada sobre ello.

Al farmacéutico que se encontraba reparando la clínica pública situada en el distrito de Jolán, le conté que estaba buscando familias, especialmente niños y mujeres que estuvieran en situación muy precaria y necesitaran ayuda, para intentar socorrerles en todo lo que pudiera. Entonces pidió a uno de los albañiles que estaban con él que nos ayudara a hacer el recorrido.

En el Centro de Atención Sanitaria

El Dr. Najm, el director del centro sanitario de Jolán, nos contó que el centro recibe por lo menos 1.000 pacientes al día, debido a que el centro más cercano, en Hay al-Jomhuria, fue arrasado por los bombardeos. En su centro, que funciona 24 horas sobre 24, sólo hay ahora cuatro ó cinco doctores para atender todo el trabajo, ya que es demasiado complicado para las doctoras llegar desde Bagdad. Tienen insuficiencia de todo, incluso de estetoscopios y manómetros. El doctor Najm le dio a mi compañera, la Dra. Intisar, una larga lista con todas las medicinas que necesitaban. Incluyó todo tipo de medicinas básicas, como antibióticos y analgésicos. Hacía tan sólo una semana que habían conseguido generadores eléctricos, tres meses después del ataque de octubre sobre Faluya.

-"¿Tienen vacunas para los niños?", preguntó la Dra. Intisar.

-"No hay vacunas", fue la respuesta del Dr. Najm.

El Dr. Thamir, director de los hospitales del área de Faluya, se quejó de que el ministerio de Sanidad desconoce los problemas que él tiene que enfrentar en su zona. La carencia de medicinas en general, de abastecimientos, de medicinas específicas para enfermedades crónicas, de electricidad, no son los únicos problemas. Supone hasta un problema poder llegar al hospital cada día:

"Algunas veces tienes que esperar durante horas en la cola que se forma en los controles. Ese es nuestro problema principal. Una carretera por la que tardas en llegar normalmente unos diez minutos, te puede llevar ahora una hora y media o más. No nos importan ni los registros ni las humillaciones, pero necesitamos poder pasar sin problemas. Las ambulancias son atacadas. La última vez habíamos conseguido medicinas pero no nos dejaron traerlas, tuvimos que colocarlas en paquetes más pequeños y hacerlas llegar poco a poco. Ahora la carretera a Ramadi [capital de la provincia de al-Anbar] está cortada. Ramadi lleva bajo estado de sitio varios días."

A la familia del Dr. Najm no le permiten venir.

-"Pero es aún más complicado llegar hasta el hospital central de Faluya".

-"Necesitamos ir hasta allí; ¿cree que podremos ir ahora?", pregunté.

-"Pueden intentarlo". Llamó al Dr. Ayad, el director del hospital central de Faluya, quien prometió que nos esperaría sin importar cuánto tiempo tardásemos.

El Hospital Central

Cuando llegamos al Hospital Central, pudimos entender mejor la situación. Está situado al otro lado del Puente Viejo [sobre el Eúfrates], fuera de la ciudad. Las tropas estadounidenses utilizan el río como una barrera natural para entrar en Faluya. El puente está cerrado. Los enfermos tienen que atravesar tres controles para llegar hasta el puente. Tienen que ir a pie. Tuvimos que dejar el coche junto al destruido mercado (zoco al-Shuhada), que estaba lejos del primer control iraquí y empezar a caminar. Los soldados iraquíes no creían que siendo mujeres pudiéramos pasar, pero nos permitieron intentarlo y llegar hasta el control estadounidense.

"No, señora, las enfermas tienen que ir por el otro puente", me confirmó el soldado estadounidense, que tenía rasgos asiáticos, en el siguiente control, señalando por detrás de él hacia otro puente que quedaba lejos. El otro puente está a más de dos kilómetros de distancia. Tuvimos que caminar hasta allí, cruzar el Puente Nuevo y llegar hasta el hospital haciendo el camino de nuevo por el otro lado del río, y por supuestos tuvimos que hacer el mismo camino al regresar.

-"Pero, ¿por qué las mujeres?", pregunté.

-"No lo sé, señora".

-"Pero no somos pacientes", dijo la Dra. Intisar, "queremos reunirnos con el Dr. Ayad durante media hora, eso es todo, nos está esperando".

El soldado llamó a su oficial, que se nos acercó. Le explicamos el problema de nuevo y nos permitió acercarnos al hospital si permanecíamos allí sólo durante treinta minutos.

Tuvimos que correr por el puente. "¿Por qué no permiten a las mujeres llegar a través de este puente? ¿Qué ocurre si una mujer tiene que trabajar o está sangrando?", fue la primera pregunta que le hice al Dr. Ayad.

"No tienen mujeres-soldado para registrar a las mujeres, esto es todo. Es un gran problema para todos nuestros pacientes, no sólo para las mujeres. Los inválidos, los ancianos, las urgencias, imaginen que todas esas personas tienen que caminar todo el camino hasta llegar al hospital, especialmente en medio de la noche. Las mujeres tienen normalmente tareas que hacer por la noche, lo que lo hace más difícil y peligroso". No hay excepciones ni prioridades, explicó el Dr. Ayad, ni para las ambulancias, ni para las urgencias ni para los doctores

-"¿Por qué sencillamente no ponen el control detrás del hospital, para que los pacientes no tengan que superar todas esas dificultades?", pregunté de nuevo.

-"Hemos estado negociando ese tema desde hace meses con los oficiales estadounidenses, algunos de los cuales son mujeres. Lo entendieron y estuvieron de acuerdo en abrir el puente, pero aún no lo han hecho".

El Dr. Ayad se sentía muy agradecido de que hubiéramos intentado llegar hasta él para preguntarle qué necesitaba. Una vez más, le dio a la Dra. Intisar un larga lista con las medicinas y abastecimientos necesarios.

-"¿Cree que podrá proporcionarnos sillas de ruedas, especialmente para los niños?"

-"¿Cuántas?", pregunté.

-"Oh, todas las que pueda".

-"¿Diez?".

-"Cien, si pudiera conseguirlas".

Le expliqué que hay organizaciones internacionales humanitarias que están deseando ayudar a los niños heridos en el bombardeo. Prometió darme los informes médicos de esos niños.

Tuvimos que correr de nuevo al regresar, el Dr. Ayad fue registrado. "¿No le conocen ya?".

-"Desde luego que sí, pero son procedimientos normales. Estamos acostumbrados".

El enfadado 'sheik'

Algunos hombres que estaban en el lugar del mercado estaban muy contentos de ver que habíamos podido entrar en el hospital. "¿Quiere ver el cementerio? Hay al menos 2.500 tumbas nuevas". Uno de los hombres se ofreció con entusiasmo para llevarnos hasta allí.

-"Realmente no, estamos tratando de ayudar a los heridos".

-"¿Quieren ir a la casa de Fawzi?", dijo otro.

-"¿Qué le ocurre?", pregunté.

-"Sus tres hijas, que son estudiantes de la escuela de medicina, están muertas bajo los escombros".

-"Tenemos que abandonar Faluya antes de las 16:00 horas, de otra forma no podremos regresar a Bagdad", le contesté.

-"Pueden quedarse con mi familia", insistió.

-"Gracias, quizá la próxima vez", le dije con sinceridad. "¿Puede llevarnos hasta Gebeil y encontrar a alguien que pueda ayudarnos?". Le expliqué que intentábamos ayudar a los niños heridos.

Nos llevó ante un sheik, que recelaba en ayudarnos.

-"Mucha gente viene hasta aquí y nos piden los informes médicos de la gente que necesita ayuda, hacemos todo lo que podemos para proporcionárselos y entonces se van y nunca más oímos hablar de ellos y yo me veo en un aprieto porque no sé qué decirles a las familias", explicó el sheik.

Comprendí muy bien su situación. No insistí. Estaba muy enfadado por muchas cosas: las promesas de indemnizaciones que nunca llegan, la carencia de servicios, los engaños desplegados por algunos partidos políticos durante las elecciones, la quema de bibliotecas, su impotencia ante las familias que llegaban ante él para pedirle ayuda.

Nos llevó a ver dos familias vecinas. La primera era una viuda con dos niñas. La viuda, Wichriya Alwan, de 50 años, había perdido a su marido, de 51 años, y a un hijo de 18, en los bombardeos. Habían sido quemados vivos bajo los escombros. Su casa estaba totalmente destruida. Su hija Shelma, de 12 años, es discapacitada mental y paralítica. La familia vive de las donaciones de familiares.

-"¿Qué vas a hacer ahora?".

-"Esperar la misericordia de Dios y las indemnizaciones", contestó.

La segunda familia era la de Jalaf Abid Jalaf, el conductor de ambulancia que fue asesinado durante los combates cuando intentaba ayudar a los heridos. Deja una viuda y seis niños, el mayor de 12 años.

¡Colegios!

-"Sí, vayan a Gebeil, y entonces entenderán de lo que hablo", sugirió el sheik con amargura.

En el camino a Gebeil, hice que el conductor se detuviera frente a un colegio. Había dos colegios de niñas en el mismo edificio de acuerdo con la información de los carteles, Faloya y Sokeina. Parte del techo se había derrumbado sobre el suelo, un agujero de 10 metros aparecía en el patio, las ventanas y puertas estaban rotas. Tomé algunas fotos y me estaba marchando cuando una voz de mujer me llamó. "Por favor, venga, tome algunas fotos de las clases, vea en qué condiciones están estudiando las niñas".

-"¿Está diciendo que hay estudiantes aquí?".

-"Desde luego", dijo Ijlass, la ayudante del director, quien me había visto desde la ventana y vino a mi encuentro. "No imaginaba que pudiera haber gente dentro."

Las atestadas clases estaban heladas. Un viento muy frío entraba por los grandes agujeros y las ventanas rotas. El despacho del director, los baños, el patio, todo estaba destruido.

-"¿No es peligroso para las niñas estar aquí?"

-"Sí, lo es, desde luego, ¿qué otra cosa podemos hacer?" dijo Ijlass. Me sugirió que visitara el instituto vecino para muchachos, al-Jahid. No había nadie en el colegio, excepto el vigilante y su familia. El instituto había sido mucho más dañado. Había un gran agujero en el laboratorio de biología con todo el techo de cemento y hierro caído en el suelo. Las clases, los despachos de la administración y de los profesores estaban calcinados.

-"¿Qué es lo que está vigilando aquí?", pregunté con sarcasmo.

-"¿Dónde puedo ir? Este es mi hogar", fue la respuesta del vigilante. Era tan amargo escuchar la misma frase en labios de todos los iraquíes

Gebeil fue lo peor

-"¿Están seguras de que quieren ir a Gebeil?", preguntó el conductor.

-"Sí, ¿por qué no?". Yo sentía una curiosidad pueril.

-"Bien, vayamos, sólo tiene que esconder su cámara", contestó.

Parece que el terremoto estadounidense había herido Gebeil con mayor crueldad. Gran parte de las casas estaban destruidas en un ciento por cien. Había alrededor lagos de agua estancada, montañas de basura, carreteras llenas de polvo. Pocas familias permanecían allí. Colas de mujeres aguardaban en las proximidades de tres grandes tanques de agua, intentando conseguir agua para sus familias. El Dr. Thamir nos había explicado ya que ese agua no era buena para beber. Había tomado seis muestras, dos de ellas tenían bacterias y las otras cuatro no alcanzaban el mínimo de cloro necesario.

-"¡Necesito tomar algunas fotos!", dije al conductor.

-"¡Ahora no!, fue su abrupta respuesta. Movió el coche unos metros hacia atrás y dijo "ahora, hazlas muy rápido".

No llegó a parar el coche. Tomé dos fotos de un colegio y una mezquita y él se alejó conduciendo rápidamente.

Había 4 ó 5 francotiradores estadounidenses por los alrededores, como explicó después. Había muchos vehículos estadounidenses circulando por una de las carreteras. El conductor decidió coger una carretera secundaria.

-"No tienes por qué ir por aquí", objeté. "No estamos haciendo nada malo". No contestó, sólo sonrió.

En la carretera secundaria, un viejo Toyota rojo nos detuvo. Cuatro hombres saltaron fuera del coche y se acercaron. "¿Quién eres? ¿Qué estás haciendo aquí? ¿Por qué esta hermana está tomando fotos?", etc.. fueron sus preguntas. Nos presentamos y explicamos lo que estábamos haciendo. Todavía se mostraban recelosos. Nosotras estábamos aún más.

-"Está haciéndose tarde, venid con nosotros ahora y permaneced con nuestras familias, o regresad mañana, podremos ayudaros en algo". Les dimos las gracias y les prometimos volver en unos días.

De regreso a Bagdad, nos detuvieron en tres controles de guardias nacionales iraquíes. Les sorprendía que fuéramos tan tarde por la autopista. Registraron el coche, examinaron los papeles, hicieron algunas bromas, soltaron alguna indirecta y nos dejaron ir".

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* Texto y fotos (relacionadas con el texto) remitidos por su autora a la CEOSI. Difundido asimismo en su versión en inglés por el Tribunal de Buselas. (Click para ampliar)

Un aula de un instituto tras el ataque estadounidense

Aula del colegio de niñas atacada por el ejército de EEUU

Edificio civil atacado

Una calle de Faluya

El barrio de Gebeil arrasado por los bombardeos estadounidenses

Colas de mujeres en las proximidades de tres grandes cisternas intentan conseguir agua para sus familias en el barrio de Gebeil. "El Dr. Thamir nos había explicado que ese agua no era buena para beber: tenía bacterias o no alcanzaba el mínimo de cloro necesario"

Vivienda familiar destruida en el barrio de Jolán

En fotos inferiores, estado de la clínica pública del barrio de Jolán, blanco de múltiples disparos, tras el asalto
estadounidense a Faluya:

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