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Campamento de refugiados de Ein Tamor

Tristes historias de la continua tragedia de Faluya

Imán Ahmed Jamás*

Bagdad, 13 de enero de 2005
IraqSolidaridad (www.nodo50.org/iraq), 25 de enero de 2005
Traducción para IraqSolidaridad de Paloma Valverde

"Alahin Jalil, una joven y bella madre de cuatro hijos, decidió regresar a su casa en Faluya sin importarle el cómo. Estaba demasiado cansada de las dificultades en el campamento de refugiados. 'Tengo que ir a Karbala a por medicamentos, aquí no hay agua, ni dinero'. Cuando fue a Faluya se encontró que su casa, situada en el barrio de Nazal (una de las zonas de Faluya más castigadas durante la toma), había sido completamente destruida. Decidió regresar al campamento de refugiados, pero esa tampoco ha sido la mejor solución. 'Para toda la familia pude conseguir media caja de ampicilina', nos indicó."

Ein Tamor ([en árabe], "El manantial de los dátiles") es un pequeño y pintoresco lugar en el desierto iraquí, 90 kilómetros al oeste de la ciudad sagrada de Karbala. Forma parte de un oasis mayor que incluye el lago de Razzazah, muchas ciudades pequeñas, palmeras datileras y un tupido huerto de frutales rodeando el lago, además de una importantísima fortaleza histórica llamada el castillo al-Ejeider. En los años setenta esta zona se desarrolló como un lugar de vacaciones y en Ein Tamor se construyó un complejo turístico.

El complejo estaba formado por cincuenta bungaloes rodeando el lago y sus coloridas fuentes naturales. Después de la guerra de 1991, durante las sanciones económicas impuestas por [el Consejo de Seguridad de] Naciones Unidas (NNUU) contra Iraq, durante la década de los noventa y hasta 2003, esta zona turística fue abandonada, como muchos otros lugares similares en todo Iraq. Durante esta época, cuando el turismo no era una prioridad en Iraq, el complejo era visitado sobre todo por parejas que pasaban allí su luna de miel. En abril de 2003, tras la ocupación de Iraq, el complejo fue asaltado y destruido: no quedó nada salvo las vallas.

Ahora es un campamento de refugiados para más de 50 familias de Faluya, que huyeron de los bombardeos y de los asesinatos de noviembre pasado. Es como Habbaniya, situado a 40 kilómetros al norte -cerca del lago Habbaniya-, otro campamento de refugiados que antaño fuera un complejo turístico.

Evidentemente, los faluyanos huyeron hacia esas zonas porque allí había paredes y techos que daban mejor cobijo en invierno que las tiendas de campaña. Ein Tamor, en una época una de las zonas más bellas de Iraq donde se hacían comidas campestres, especialmente en invierno, es ahora uno de los lugares más tristes. Para llegar allí hay que atravesar el [denominado] "Triángulo de la muerte" del sur de Bagdad, donde diariamente se producen muchos ataques contra las tropas de ocupación.

Normalmente se tarda una hora en ir a Karbala. Tardamos tres horas por los controles militares, la explosión de un coche bomba -aún incendiado [a nuestro paso]-, las caravanas por las colas kilométricas en las gasolineras... Las carreteras ya no son las mismas. Yo solía ir allí a ver a mi abuela, pero ya no son las carreteras por las que yo pasaba: no queda ni una recta, todo son curvas serpenteantes en el polvoriento desierto. Paradójicamente, el camino desde Karbala a Ein Tamor estaba más tranquilo, es mejor y más fácil para circular, a pesar de que los miembros de la Organización de Derechos Humanos de Iraq (ODH) que nos acompañaban al campamento de refugiados nos advirtieron de los salteadores.

Lugar de tristeza

El campamento de refugiados era un lugar de tristeza. Cada uno tenía una historia, incluso los niños. "Nadie nos visita, salvo esa gente", dice Sabiha Hashim señalando a los miembros de la ODH que nos acompañaban. Sabiha es una viuda lisiada de unos cincuenta años, madre de dos jóvenes varones. Se quemó hace dos años, y desde entonces está inválida. Tapada con una manta, estaba sentada en medio de sus míseras pertenencias. Unos pocos platos sucios, una negruzca lámpara de petróleo rota que jamás se había limpiado, una cocina pequeña y vieja... Había un radiador eléctrico nuevo donado por algún generoso benefactor, pero no había luz. Sabiha estaba callada.

-"¿Por qué no hablas con esa señora?, le pregunta Sami, un miembro de la ODH, señalándome. "Viene a verte desde Bagdad", añade.

-"Ella no me ha preguntado", contesta Sabiha.

-"¿Cómo ha llegado aquí?", pregunto por decir algo, tras ver la situación inhumana y completamente inaceptable en la que se encontraba.

-"Los vecinos me trajeron cuando empezaron los bombardeos".

-"Ella me prometió un dinar por cada chiste que le contara", dice Sami intentando alegrar un poco el triste ambiente. "Ahora es mi prometida".

-"Pobre Sami", contesto, "Así que tienes que buscar 1.000 chistes para conseguir 1.000 dinares" (1 dinar equivale a 0,7 dólares).

-"¿Qué necesita?", pregunto a Sabiha

-"Mis medicinas".

-"¿Cuáles son?".

-"No lo sé, no traje la receta del medico, no tuve tiempo de cogerla. No es justo".

Esto fue lo único que contó Sabiha sobre su propia tragedia.

Busqué a mi amiga la doctora Intisar, una farmacéutica que trabaja conmigo y con otros colegas iraquíes para ayudar a los refugiados de Faluya con medicamentos y provisiones, pero no la pude ver por ninguna parte. Pero lo que sí vi fue una multitud de mujeres y niños cerca de la puerta.

"Su amiga, la doctora Intisar, está viendo a los niños y repartiendo medicamentos", dijo Ismael Chali, un hombre de unos cincuenta años, que está ayudando a organizar el campamento. No llovía; Ein Tamor estaba seco y soleado. Los jardines ya no son más que espacios polvorientos con algunos árboles secos diseminados; los una vez preciosos bungaloes son ahora solo paredes con sábanas y ropas colgando haciendo de puertas y ventanas. Las mujeres de Faluya hacen un trabajo increíble manteniendo limpio el lugar.

"Quizás quieras ver a ese hombre", me dijo Sami señalando a un hombre sentado al sol, con dos muletas en las manos. Husein Abdul Nabi tuvo un accidente y se rompió los fémures. Es padre de 18 hijos, dos de los cuales aún son jóvenes sanos y apuestos.

-"¿Qué hacen ustedes aquí?", les pregunto en un tono un tanto crítico.

-"Esperando la misericordia de Dios", contesta uno de ellos. "Somos cardadores de algodón, nuestra tienda se quemó, tres máquinas de coser eléctricas, algodón y ropa por valor de dos millones de dinares y otras cosas, todo se ha perdido".

-"Pero estar aquí no ayuda, ¿no?", insisto.

-"Fuimos a Faluya hace una semana; estuvimos esperando todo el día pero no pudimos pasar los controles militares. Al día siguiente fuimos a las tres de la madrugada y conseguimos pasar el tercer control a las tres de la tarde. Nuestra casa estaba destruida, hay un agujero en el techo, la verja está completamente destruida y los muebles destrozados. Los soldados [estadounidenses] nos dijeron que no podíamos salir de la casa ni abrir la puerta después de las seis de la tarde. No podíamos hacer ningún ruido; no hay luz, ni agua, ni tiendas, ni hospitales, ni colegios. ¿Cómo se supone que pueden vivir nuestras familias? Allí no hay familias, solo hombres, los que no ya no quieren vivir más tiempo en tiendas de campaña".

Otros faluyanos nos dijeron que hasta hoy continúan quemando casas, los bombardeos y los asaltos.

Mustafá, un estudiante de 20 años, nos comentó que se encontró su casa, los muebles, la puerta y el coche completamente destrozados por el fuego. Pero los soldados estadounidenses le dijeron que no usara nada de allí, por ejemplo que no utilizara ni las sábanas, ni las mantas, que no bebiera agua y que si lo hacía era bajo su completa responsabilidad.

-"Eso ¿qué significa?", le pregunto.

-"Que en Faluya todo está contaminado" [1].

Ahmad Hashim, un guarda de la planta de tratamiento de aguas residuales de Faluya, padre de tres hijos, se encontró su casa -que no era más que una habitación debajo del depósito de agua- quemada. Si un niño se pone malo, simplemente se muere; es un suicidio regresar a Faluya ahora".

Alahin Jalil, una joven y bella madre de cuatro hijos, decidió regresar a su casa sin importarle el cómo. Estaba demasiado cansada de las dificultades en el campamento de refugiados. "Tengo que ir a Karbala a por medicamentos, aquí no hay agua, ni dinero". Cuando fue a Faluya se encontró que su casa, situada en el barrio de Nazal (una de las zonas de Faluya más castigadas durante la toma), había sido completamente destruida. Decidió regresar al campamento de refugiados, pero esa no era la mejor solución. "Para toda la familia pude conseguir media caja de ampicilina", nos indicó.

El dinero era uno de los mayores problemas en el campamento. Esas familias gastaban sus ahorros, si los tenían. La comida se reparte de acuerdo a las cartillas de racionamiento. La mayoría de las personas salieron de Faluya sin sus documentos. Así que estas familias no tienen comida.

-"¿Qué hay de los 150.000 dinares [unos 100 dólares] que he leído esta semana en el periódico que se dio a cada familia de Faluya?", pregunto.

-"Nosotros no sabemos nada", contestan todos. Dónde están NNUU, el gobierno iraquí, las organizaciones humanitarias, el Creciente Rojo, la Cruz Roja..., se preguntan.

Solidaridad intercomunitaria en Darawsha

Darawsha es un pequeño pueblo a unos 5 kilómetros al oeste de Ein Tamor. Miembros de la organización ODH en Karbala nos dijeron que sus habitantes comparten sus viviendas con los refugiados de Faluya. Cuando llegamos a Darawsha recordé lo que James Baker dijo antes del ataque estadounidense contra Iraq de 1991: "Devolveremos a Iraq a la Edad Media" [2]. Esto ni siquiera es la Edad Media. Las calles estrechas y polvorientas; las pequeñas chabolas de adobe oscuras y atestadas con familias numerosas. El humo de la quema de ramas húmedas, aparte de un espeso y sofocante humo, no daba calor a las viviendas húmedas.

Sheikh Farhan a-Duleimi, el alcalde, me comenta: "Me llamo Farhan (felicidad), pero estoy muy triste por lo que ocurrió en Faluya".

Pero Darawsha es al mismo tiempo un ejemplo perfecto de la unidad shi'i-sunní en Iraq. Las familias de Darawsha son todas ellas shi'íes, pero han acogido a las familias sunníes de Faluya como si fueran una única familia, a pesar del hecho de que son pobres y ya de por sí necesitadas de mucha ayuda.

Decidimos pararnos en el pueblo y repartir medicinas y dinero para ayudar a las familias, prometiéndoles y prometiéndonos regresar para escuchar sus historias. Ya eran alrededor de las cuatro de la tarde y teníamos que darnos prisa para regresar [a Bagdad], porque es muy peligroso viajar después del atardecer. Allí hay al menos otras 85 familias de Faluya refugiadas. La doctora Intisar abrió el maletero del coche y empezó a repartir medicamentos. Una tímida joven se acercó y dijo "¿Necesitan ayuda? Soy farmacéutica". Pedimos a los habitantes del pueblo que organizaran un comité, con al menos una mujer en él, para que recibieran el dinero y lo distribuyeran entre los refugiados de Faluya.

-"Tenéis que ir a los pueblos de Rahaliya y Ahmad bin Hashim", nos comenta Abbas, el miembro de la ODH que nos estuvo acompañando todo el tiempo. "La situación de esos campamentos de refugiados es mucho peor y apenas consiguen ayuda porque están muy lejos", añade.

-"Entonces tenemos que volver muy pronto", le contesto.

-"Sí, también tenéis que visitar a los refugiados de Basora, Amara y de los pantanos".

-"¿De qué estás hablando?".

-"Hay refugiados del sur [de Iraq] que huyen de las condiciones de seguridad cada vez peores", me responde.

El regreso a Bagdad era la parte más difícil del viaje. A las cinco y media de la tarde ya era noche cerrada. Sin luces en el camino, sin luna y mucho polvo. Los soldados ya habían abandonado algunos de los controles militares. En la autopista no había prácticamente nadie salvo nosotros. "Si fuerais hombres no me preocuparía", dijo Ahmad, nuestro conductor. Yo diría que estaba tenso, mirando las palabras del Corán [de las pegatinas de su coche] todo el tiempo y fumando demasiado. "Esos salteadores son los peores criminales", dijo.

La doctora Intisar estaba agotada pero muy tranquila. "Te quiero mucho", me dijo de repente.

Yo estaba demasiado cansada para preguntarle qué le había hecho decir eso. Sorprendentemente
no teníamos miedo de nada.

Notas de IraqSolidaridad:

1. Varias fuentes confirmarían que las tropas estadounidenses están realizando tareas de demolición y recogida de escombras, así como de removido de tierras en Faluya, posiblemente por la contaminación provocada por el uso de cierto tipo de armas o de munición revestida con uranio empobrecido. Véase por ejemplo el texto adjunto en la columna de la derecha: "Extraños sucesos en Faluya" (http://dahrjamailiraq.com).
2. Comentario espetado a Tareq Aziz en la reunión celebrada en Ginebra horas antes del inicio de la denominada Guerra del Golfo de enero-febrero de 1991.

Culmina con éxito la gira de la activista iraquí Iman Ahmad Jamás organizada por la CEOSI

English www.brusselstribunal.org

English Dahr Jamail Iraq Dispatches

* Este texto ha sido remitido por su autora para su publicación en IraqSolidaridad. Ha sido difundido en su versión en inglés en www.brusselstribunal.org

Extraños sucesos en Faluya

Dahr Jamail

Dahr Jamail Iraq Dispatches, 18 de enero de 2005.
IraqSolidaridad (www.nodo50.org/iraq),
25 de enero de 2005
Traducción para IraqSolidaridad de Sinfo Fernández

"Es difícil averiguar la verdad sobre qué tipo de armamento se utilizó en Faluya, ya que los militares mantienen un control estricto de todo el que entra en la ciudad. Mientras, la gente que vivía en distritos diferentes de Faluya continúa contando las mismas historias."

"Los soldados están haciendo cosas extrañas en Faluya", me contó uno de mis contactos en esa ciudad que acababa de regresar de allí. Había ido a Faluya para ver como había quedado su casa y acababa de volver esa tarde a Bagdad. Hablando bajo anonimato, continuó: "Se están llevando casas enteras que habían sido bombardeadas en el centro del barrio de Julan, sin embargo, la mayor parte de las que fueron bombardeadas se dejaron como estaban. ¿Por qué están haciendo eso?".

Según él, se había hecho también lo mismo en los distritos de Nazal, Mualmin, Jubail y Shuhada, y los militares empezaron esos trabajos después de la fecha de la fiesta del Eid, que se celebró el 20 de noviembre.

Me dijo que había observado cómo los militares utilizaban bulldozers para arrastrar la tierra y amontonarla y cargarla luego en camiones para llevársela. Esto se hizo en los barrios de Julan y Jimuriya, que son desde luego donde tuvieron lugar las luchas más encarnizadas durante el asedio a la ciudad y donde la resistencia fue más feroz.

"Por lo menos se han removido dos kilómetros de tierra", explicó. "Exactamente lo mismo que hicieron en el aeropuerto de Bagdad tras las duras batallas habidas allí durante la invasión y en las que los estadounidenses usaron armamento especial." Explicó que en ciertas áreas donde los militares utilizaron "munición especial", se estaba removiendo hasta 200 metros cuadrados de tierra alrededor de cada lugar en el que aparecían impactos.

En resumen, muchos de sus amigos le habían dicho que los militares recogieron los restos de explosivos de las calles en camiones-cisterna blindados, aunque él no lo había visto con sus propios ojos.

"Iban alrededor de todas las casas y disparaban a los tanques de agua", continuó, "como si estuvieron intentando esconder las evidencias de la presencia de armas químicas en el agua, pero esto lo hacían sólo en algunas zonas, como Julan y también en el mercado". Vio hacer esto por primera vez después del 20 de diciembre.

Las historias de los refugiados

Esta información refleja de nuevo las historias escuchadas a los refugiados de Faluya.

Justo el pasado diciembre, un comerciante de 35 años de Faluya, Abu Hammad, me contó su experiencia mientras estuvo en la ciudad durante el asedio:

"¡Los aviones de combate estadounidenses venían continuamente durante la noche y bombardeaban por todas partes en Faluya! ¡No paraban ni un momento! Si las fuerzas de EEUU no encontraban un objetivo para bombardear, utilizaban bombas de sonido sólo para aterrorizar a la gente y a los niños. La ciudad vivía espantada; no puedo ni describir el pánico que tenía todo el mundo".

"Por las mañanas yo me encontraba con una Faluya vacía, como si nadie viviera en ella", dijo, "incluso han utilizado gases venenosos, han utilizado de todo, tanques, artillería, infantería, gas venenoso. Faluya ha sido bombardeada completamente. Nada ha escapado a los bombardeos.

En Amiriyat al-Faluya, un pueblo pequeño justo en las afueras de Faluya donde muchos doctores han estado ejerciendo al no poder hacerlo en el Hospital General de Faluya, se contaban historias similares.

"¿Por qué están haciendo ésto?", preguntaba Ahmed, "¿para embellecer Faluya? No: están tapando las huellas de los horribles bombardeos que llevaron a cabo contra mi ciudad".

También el pasado noviembre, otro refugiado de Faluya del distrito de Julan, Abu Sabah, me dijo:

"Ellos [los militares estadounidenses] utilizaban esas extrañas bombas que levantan humo con la forma de un champiñón, cayendo después trozos pequeños del aire con colas de humo tras ellos."

Explicó que los pedazos de estas bombas explotaban con grandes fuegos que quemaban la piel de la gente aunque el agua empapara sus cuerpos, que es un efecto propio de las armas fosforosas, como el napalm. "La gente sufría muchísimo, tanto los civiles como los insurgentes," dijo.

Mi amiga Suthir (nombre supuesto para proteger su identidad) era miembro de uno de los convoyes de ayuda de la Media Luna Roja Iraquí al que se le permitió entrar en Faluya a finales de noviembre.

"Estoy segura de que los estadounidenses han hecho allí cosas espantosas, pero ¿quién puede descubrirlo y decirlo?", dijo cuando habló de lo que había visto en la devastada ciudad. "No nos permitieron ir al distrito de Julan ni a ninguno de los otros donde tuvieron lugar las luchas más duras, y estoy segura que es donde ocurrieron los hechos más terribles", me comenta. "Los estadounidenses no nos permitieron entrar en los lugares donde todos decían que se había usado napalm", añadió, "a nadie le permitían ir a Julan ni a los lugares donde se dieron los combates más encarnizados."

El 30 de noviembre, los militares estadounidenses impidieron que un convoy de ayuda llegara a Faluya. Este convoy había sido enviado por el ministerio de Sanidad iraquí, pero al llegar a un punto de control los soldados les dijeron que volvieran en "ocho o nueve días", informó AP. El doctor Ibrahim al-Kubaisy [1], que estaba con el equipo de socorro, dijo a los reporteros en aquel momento: "Se están comiendo en Faluya crímenes horribles, y ellos [los estadounidenses] no quieren que nadie lo sepa".

Es difícil averiguar la verdad sobre qué tipo de armamento se utilizó en Faluya, ya que los militares mantienen un control estricto de todo el que entra en la ciudad. Mientras, la gente que vivía en distritos diferentes de Faluya continúa contando las mismas historias.

Nota de IraqSolidaridad:

1. Hermano del detenido dirigente de la Alianza Patriótica Iraquí, Yaber, ambos interlocutores de la CEOSI, el primero de ellos en relación a la campaña de ayuda sanitaria a Faluya.

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