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Faluya: Continúa la tragedia

Los refugiados de los campamentos de Ahmad bin Hashim y Rahaliya

Imán Ahmad Jamás

Bagdad, 26 de enero de 2005
IraqSolidaridad (www.nodo50.org/iraq), 8 de marzo de 2005
Traducción para IraqSolidaridad de Sinfo Fernández

"Comprendía muy bien sus sentimientos; en muchas ocasiones yo sentía la amarga humillación de estas personas. No necesitan ayuda sino una solución a su problema. No son mendigos. Tenían sus casas, sus empleos, su vida y un poco de todo. Quizá no eran ricos, pero tenían una vida digna. Todos decían que querían regresar a Faluya. Su situación supone una grave violación de derechos humanos que debe ser investigada, por la que se deben buscar responsabilidades y pagar compensaciones."

Se suponía que teníamos que salir para Kerbala a las siete de la mañana y desde allí intentar llegar a dos campamentos de refugiados de Faluya, situados en la profundidad oeste del desierto, pero Ahmad [1], que había insistido en acompañarnos para darnos protección, no apareció hasta las nueve. Yo ya estaba impaciente.

- "Tuve que quedarme un rato con mi familia; había francotiradores estadounidenses en mi tejado", explicó al llegar

- ¡¿Qué?!

Me contó lo sucedido. Su mujer había subido a la azotea a las cuatro y media de la madrugada para revisar el depósito del agua. Durante los últimos tres días no había habido agua en Bagdad. Por ello, las familias llenan sus depósitos durante la noche cuando dan el agua de vez en cuando. Estaba todavía oscuro. Ya en la azotea, subió por otra escalera para llegar a la parte más alta del tejado y en ese momento escuchó un sonido "shshshsh..". Desconcertada, miró hacia el lugar de donde venía el sonido, pero no pudo apreciar bien lo que había; entonces se dio cuenta de que era un hombre, un soldado estadounidense, armado hasta los dientes, apuntándole con su arma. Otra voz, cuchicheando, llegó desde el otro lado del tejado: se trataba ahora de un soldado [estadounidense] de color. Dijo algo en inglés y el primer soldado bajó su arma. Le hizo señas a mi mujer de que bajara en silencio. Ella lo hizo, pero no supo qué hacer después. Decidió esperar un rato. Media hora después subió de nuevo; se habían ido. Cuando despertó a su marido todavía temblaba. Ahmad tardó dos horas en poder tranquilizarla.

¿'Eid'?

Es el segundo día del Eid Aladha ("Fiesta del Sacrificio" [2]). En las calles de Bagdad no había ninguna de las manifestaciones normales del Eid, ningún niño con ropas nuevas llenas de color, ni atascos de tráfico ni familias jubilosas celebrándolo, visitando a sus familiares y amigos, yendo a los parques. Las calles estaban casi vacías, excepto unos cuantos coches que circulaban velozmente, furgonetas de la Guardia Nacional (GN) iraquí, atestados de jóvenes con pasamontañas negros apuntando con sus armas en todas las direcciones, coches de la policía y una larga hilera de grandes camiones estadounidenses cargados de tanques y muchos humvees [3] y vehículos blindados dirigiéndose hacia el norte de la ciudad.

Las calles no parecían pertenecer al Bagdad que todos conocemos. Barreras con sacos de arena, bloques de cemento, edificios calcinados y destruidos, con muchos carteles sobre las elecciones pegados por doquier. La Dra. Intimar, mi amiga, la farmacéutica con la que trabajo para llevar medicinas y ayuda a los refugiados de Faluya, lloraba como siempre silenciosamente. Recordé que las celebraciones de Navidad y Año Nuevo también se habían cancelado. Es el momento de las elecciones y este hecho diferencia mucho a Iraq de cualquier otro lugar; es también una época de extrema inseguridad.

Por el camino, a través del ahora denominado "Triángulo de la Muerte" al sur de Bagdad, la situación era peor. Larguísimas colas en los puntos de control, colas aún más largas en las gasolineras, muchas furgonetas de la GN detenidas a los lados de la carretera con hombres enmascarados saltando rápidamente y corriendo en diferentes direcciones, obviamente inmersos en una misión peligrosa. Algunos de ellos estaban en los puntos de control entregando pasquines acerca de las elecciones. Muchos coches quemados o destruidos; muros cubiertos de impactos de bala. Uno de los edificios en Haswa estaba completamente arrasado; un edificio nuevo a su lado estaba rodeado por barricadas con sacos de arena de dos metros de alto. "Esta es la nueva comisaría", dijo Abu Hussein, nuestro conductor, "a la otra que había le explotaron las tuberías del gas". Él es de Nayaf y trabaja en este trayecto desde hace mucho tiempo, el necesario para ser bien conocido en los puntos de control. En algunas ocasiones nos quedábamos retenidos por algún control de las tropas estadounidenses.

Diferentes clases de refugiados

Mohammad al-Kinany, director de la organización Observatorio de los Derechos Humanos de Iraq, junto con algunos de sus miembros, vinieron de forma voluntaria para ayudarnos una vez más. Le dijimos que queríamos ver los campos de refugiados de Faluya y también los del sur del país. Nos explicó la historia de los refugiados que venían de la zona sur y su situación de necesidad extrema. La población de Kerbala, que en situación de normalidad es de unos 790.000 habitantes, tiene ahora 1.050.000. Desde 1990 han estado llegando alrededor de 200.000 refugiados de Basora, Nasiriya, las Marismas, Amara y Samawa, mientras que unos 70.000 han aparecido tras la ocupación de 2003. "Es un problema muy grave del que nadie se ocupa". Estas comunidades de refugiados se han convertido en caldo de cultivo para el delito. Decidimos pasar el día siguiente en esos lugares.

En el camino al pueblo de Ahmad bin Hashim pasamos por el campo de Ein Tamor para felicitarles por el Eid y llevarles las medicinas que nos habían pedido la última vez que les visitamos hacía dos semanas [4]. Ahmad bin Hashim es el nombre de un nieto del imán Mosa al-Kadhim o del imán al-Hassan (ambos forman parte de los 12 imanes que en el Islam descienden de la familia del profeta Mohammad). Es un lugar sagrado que la gente visita, en una especie de peregrinaje, para obtener bendiciones. Es un pueblo muy bello y muy tranquilo al oeste del lago Razzaza. Los naturales del lugar construyeron hileras de habitaciones grandes para los peregrinos que venían de sitios lejanos. Esas habitaciones son ahora los campamentos de los refugiados de Faluya.

Cerca de Ahmad bin Hashim hay también un lugar histórico sin excavar que se remonta a unos 4.000 años. Fue protegido por la policía iraquí y por el Instituto Estatal de Turismo antes de la ocupación. Mohammad nos dijo que ese lugar, de gran riqueza cultural, fue saqueado tras la invasión y que Observatorio de Derechos Humanos de Kerbala tiene todo documentado en cintas grabadas. Nos contó cómo los saqueadores atacaron el lugar, excavaron las tumbas y robaron todas las joyas históricas, abalorios y bienes domésticos que había enterrados allí. El lugar está ahora de nuevo cubierto con toneladas de arena de protección. Podíamos ver una gran área de tierra fresca al pie de un gran castillo llamado de Berthaweel, en medio del desierto.

Los refugiados de Ahmad bin Hashim

Hay unas 18 familias de Faluya viviendo en las habitaciones para peregrinos de Ahmad bin Hashim. La mayoría de ellos vienen del distrito de Julan en Faluya, que fue duramente bombardeado en octubre pasado. Como nos temíamos, no hay electricidad ni agua corriente en los baños de las habitaciones para peregrinos. Mohammad, que es dueño de un hotel en Kerbala, ofreció gratis su instalación a esas familias, pero prefirieron quedarse cerca del santuario. Los dueños de diez hoteles más de Kerbala hicieron lo mismo. Ese grupo de gente relativamente acomodada formaron un grupo denominado el Grupo de Kerbala, con objeto de recoger y donar ayuda a los refugiados de Faluya aquí y en otros lugares. Es otro ejemplo de la unidad entre shi'íes y sunníes en el pueblo iraquí.

Las habitaciones eran muy primitivas, tan sólo muros techados. Las mujeres de Faluya las mantenían muy limpias y ordenadas, aunque las habitaciones estuvieran usándose para dormir, cocinar, lavar y vivir. Lo que más necesitan es atención médica. Los enfermos y los ancianos son los que más sufren y por supuesto las mujeres, ya que ellas se tienen que encargar de todo en este medio tan lleno de dificultades.

Por ejemplo, Abdulrahman Jalaf sufre esquizofrenia crónica, que se remonta a los años que pasó en los campos de prisioneros iraníes en los ochenta. Está casado, tiene seis niños y es muy amistoso. Su único transtorno es repetir lo mismo muchas veces.

-"Es un honor, es un honor, es un honor, es un honor", repitió al menos ocho veces, para contestar a Sami del Observatorio de Derechos Humanos iraquí cuando le dijo "Es un honor saludarle".

Estuvo repitiendo la cifra de 50 decenas de veces. Yo me sentí avergonzada de mí misma porque pensé que estaba pidiendo 50 dólares, pero sus familiares explicaron que él necesita inyecciones Modicate/50 mgr., y que eso era lo que él me estaba pidiendo. Me mostraron su tarjeta de enfermo crónico; él solía conseguir sus medicamentos gratis en el hospital de Faluya, como hacían en el pasado todos los iraquíes con enfermedades crónicas. Ya no pueden. Le prometí traerle la medicina tan pronto como la pudiera conseguir en Bagdad.

Soluciones mejor que ayuda

Aalaa Hussein, de seis años, sufre hemiplejia. Tiene buen aspecto excepto por su pierna izquierda, que es más corta e inerte que la otra. Naufa Hamza, una mujer de setenta y tantos años, sufre dolores articulares. Tilba Ali, otra anciana que no sabe su edad _60 ó 70 años_, padece diabetes. Sahira Ali, de 35 años, sufre diarrea crónica "a causa del agua", explicó. La Dra. Intisar los vio a todos y prometió enviarles las medicinas. Ahmad estaba muy ocupado dando a los niños algunos de los juguetes donados por la delegación de las Familias Estadounidenses por la Paz, pero un joven alto entró precipitadamente y amenazó con golpear a una de las muchachas que se habían unido a los otros niños para hacerse una foto.

-"¿Qué clase de ayuda es ésta: fotos para los medios de comunicación? ¡Muy amables!", me dijo.

-"¡Comprendo tus sentimientos muy bien!", le contesté y no tomé la foto. "Por favor, no le pegues, aquí está mi cámara, no he hecho la foto". Salió de forma silenciosa, mirándome con enfado.

Otro hombre se disculpó por él y nos invitó a comer.

Comprendía muy bien sus sentimientos; en muchas ocasiones yo sentía la amarga humillación de estas personas. No necesitan ayuda sino una solución a su problema. No son mendigos. Tenían sus casas, sus empleos, su vida y un poco de todo. Quizá no eran ricos, pero tenían una vida digna. Todos decían que querían regresar a Faluya. Su situación supone una grave violación de derechos humanos que debe ser investigada, por la que se deben buscar responsabilidades y pagar compensaciones. Las organizaciones internacionales, especialmente Naciones Unidas, deberían dar a este problema una prioridad absoluta. La ocupación es la responsable de su miseria. Silencio, justificaciones, excusas, todo eso es absolutamente inaceptable. Todas las organizaciones del mundo entero de derechos humanos, políticos, sanitarios, legales, de periodistas, profesores no deberían quedarse callados ante estos crímenes.

Los campos de refugiados de Rahaliya

Rahaliya es un pueblo situado en los límites de [la provincia de] al-Anbar [5]. Mohammad nos dijo que había allí por lo menos 150 familias. Me di cuenta de que estaba metida en un gran problema. Apenas podía cubrir unas 30 familias, y por cubrir quiero decir darles un regalo por el Eid al-Adha. Decidimos visitar tres campamentos donde hay muchas familias. Los campamentos se han establecido en dos colegios y una clínica, y de nuevo nos prometimos a nosotros mismos y a los demás intentar volver. En el primero de los colegios, al-Waha al-Jadra ("El Oasis Verde"), que es un instituto para chicos, viven 15 familias, cada una (o más de una) en cada clase, también en los despachos de los profesores y del director. La historia del director es interesante. Cuando los refugiados llegaron allí el pasado verano decidió dejarles el colegio excepto su habitación, donde guardaba archivos, libros y documentos. En el último minuto llegó una mujer con su hija, no tenía donde quedarse y él le dio la habitación. Todavía cuelga en la estufa el horario de clases y los libros están apilados bajo el colchón. Los pupitres se amontonaron en el patio sin pavimentar, en el que ahora están colgadas y puestas a secar las ropas de los niños.

- "¿Qué pasa con los estudiantes?", fue mi pregunta.

-"Este año no hay colegio en ninguna de las ciudades de la provincia de al-Anbar; los estudiantes hicieron formalmente aquí su examen de mitad de curso, los niños en el patio y las niñas en una clase".

-"¿Qué pasa en los otros colegios?", insistí.

-"Ocurre lo mismo en la mayoría de los colegios de al-Anbar".

Los niños se reunieron cerca de los pupitres intentando ser muy amables para conseguir los juguetes de Ahmad. Sus traviesos ojos lo decían todo. Sami, la Dra. Intisar y Ahmad estaban muy contentos con ellos, pidiéndoles una foto tras otra.

Beida'a, Iqbal, Amal, Sayida, Hala, Montaha, Aziza, Um Sofian, Sundos y otras, todas eran muchachas y madres organizando el campamento. Eran sencillamente heroínas, haciendo un trabajo extraordinariamente admirable, haciendo que la vida siguiera lo más suavemente posible. Limpiar, cocinar, encender el fuego, lavar, cocer el pan y cuidar de los niños. Pero Sami se sentía desgraciado. Preguntó a Sundos, que es profesora, "¿Por qué no abres una clase con estos niños?". Se mostró desconcertada: "Es una buena idea", contestó, "pensaré en ello".

Cuando Sayida habló, la Dra. Intisar no pudo contener las lágrimas. Sayida es una joven muy bella de unos 20 años. Padece algún tipo de daño en el cerebro que le dificulta hablar con normalidad. Vive en una habitación con su madre, que vende chucherías en la calle. Su habitación fue destruida. Sayida hace un gran esfuerzo para contarnos como sus platos, sus copas y otras pequeñas pertenencias resultaron hechas pedazos.

Le pregunté por la situación a Ghazi Mnachid, un ayudante de doctor en la clínica de Rahaliya. "Muy mala", contestó, "necesitamos medicinas", y me dio una larga lista con las medicinas más necesarias. La mayoría eran para los niños: resfriados, fiebre, antibióticos, problemas de piel, lombrices intestinales etc. Lo más peligroso es que no hay vacunas en la clínica. Este pueblo se arriesga a una catástrofe sanitaria si este problema no se resuelve pronto.

Todas las mujeres estuvieron de acuerdo en que la cuestión de los sanitarios es el problema más complicado. Los baños están a más de 50 metros de la clase más cercana, las madres tienen que llevar a los niños toda esa distancia en el frío de la noche. Sin electricidad, ni agua, ni fuel, es casi milagroso que las mujeres puedan arreglárselas para cuidar de los niños y tener tan limpias y ordenadas las habitaciones. "Deberías ver el pozo que hemos cavado detrás del colegio, no te lo creerías", dijo Iqbal Abdulla, de 29 años, madre de cinco niños. Algunas veces las mujeres van a un arroyo lejos del pueblo para hacer la colada con agua más limpia.

La noche en el campamento

-"Son casi las cinco", dijo Mohammad, "debemos regresar a Kerbala ahora, si no será muy peligroso".

-"Me quedo aquí. Necesito escuchar a estas mujeres, necesito ver como están viviendo", dije.

La Dra. Intisar, Ahmad y Samir intercambiaron miradas. La Dra. Intisar me cogió del brazo y me llevó aparte: "Estas gentes apenas pueden conseguir comida y suministros; estás poniéndoles en un aprieto". La gente de Faluya es bien conocida por su gran hospitalidad; harían cualquier cosa para lograr que un huésped se sienta a gusto. Actualmente se hacen muchas bromas sobre esa hospitalidad casi fuera de toda lógica. Teníamos alguna comida, pero sabemos que para ellos es casi un crimen mostrar que llevas tu comida mientras estás en una casa de Faluya. Yo sabía que la Dra. Intisar tenía razón.

-"Puedo poner la cabeza en el brazo y dormir, no necesito nada, podéis iros si queréis", insistí de nuevo. Sami fue el primero en aprobarlo y apoyarme.

-"No te voy a dejar aquí sola", dijo la Dra. Intisar. Ahmad y el conductor no tuvieron nada más que decir.

Decidimos ir primero a la clínica y después visitar las casas de los refugiados. Teníamos todo el tiempo del mundo para hablar.

-"La cena será aquí", dijo Mohammad Abdulla, un taxista que está ahora desempleado.

-"No, la cena será en mi casa", objetó Ghazi, refiriéndose a la clínica del campamento.

-"Escuchad, estamos aquí para trabajar, dejadnos terminar el trabajo y entonces veremos qué podemos hacer con las invitaciones para cenar", dije.

Muchos hombres se reunieron para hablarnos en el diwan, la habitación de invitados para los hombres. Se habían colocado por el suelo bonitas colchonetas y almohadas para que nos sentáramos.

-"¿Por qué no pedís a las mujeres que se nos unan?", pregunté, aunque sé que en Faluya a las mujeres no les gusta reunirse con los hombres.

-"Quizá puedes hablarles más tarde", replicó Ghazi.

Empezaron a contar sus historias. Las casas que habían sido bombardeadas, quemadas, asaltadas y ocupadas.

-"¿Qué quieres decir con lo de ocupadas", pregunté al que hablaba.

-"Nuestra casa está ocupada ahora por tropas estadounidenses, ahora es el cuartel de un batallón".

-"¿De cuál?"

-"No lo sé. Pero los iraquíes están en el piso de abajo y los estadounidenses están en el segundo piso. Y ahora han cogido también la casa vecina y han abierto la pared que había entre las dos casas. Ya no es una casa. Está rodeada de alambre de espino, con antenas en el tejado; ni siquiera puedo acercarme".

-"¿Qué hiciste?".

-"Fui hasta ellos; les pedí que me devolvieran mi casa y un capitán iraquí dijo que eso era imposible, les pregunté que qué iba a hacer entonces y me contestó: 'Vete donde quieras ir'. Mi madre no quiere perder la esperanza. Va allí cada día; se sienta enfrente de la casa hasta la tarde, y no hace otra cosa más que mirar hacia su casa".

Otro hombre que estaba sentado en la habitación se rió y dijo: "Prepárate, mañana te van a arrestar".

-"¿Hay extranjeros luchando [con la resistencia] en Faluya?".

-"Incluso si los hubiera, ¿cómo lo vamos a saber nosotros? No van a ir por todas partes diciendo "somos combatientes extranjeros". La mayoría son faluyanos defendiendo sus casas. Muchos de ellos fueron asesinados mientras vigilaban sus hogares. Aún hay cuerpos en algunos lugares como la mezquita Alqudus, mucha gente herida fue rematada con un tiro en la cabeza y unos cuantos heridos fueron abandonados. Faluya huele muy mal".

Otro de los hombres vive ahora en un establo de vacas. Hay un almacén en el establo donde duerme con su familia, su esposa y seis niños. La habitación era oscura, húmeda y olía mal. De nuevo, el problema más grande para la esposa era la higiene de los niños, especialmente por la noche. Este hombre fue a Faluya el día antes, se equivocó de camino y dispararon contra el coche pero no resultó herido. Un tanque se acercó y le golpeó el coche por detrás. Los soldados le dijeron que bajara; le ataron las manos, le pusieron un saco en la cabeza y le llevaron a través de una carretera en zigzag. Le interrogaron durante dos horas y luego le dejaron marchar.

- "¿Por qué no les pediste que repararan el coche?", pregunté.

-"Quería escapar tan pronto como fuera posible, me espantaba que me arrestaran de nuevo".

Abid Awad Sheilam, un conductor de unos 50 años, es padre de doce niños. Viven en la estructura de una casa sin terminar cuyo propietario les permite usarla. Pero Abid tuvo que poner un tejado en una de las habitaciones. Lo hizo utilizando troncos y hojas de palmera datilera y una tienda de campaña donada por el sheik de la mezquita de Rahaliya.

El olor de Iraq

"¡Oh, este olor!", dijo Sami, cogiendo una bocanada de aire, mientras entrábamos en la casa sin tejado. Era el olor típico de una granja iraquí: una mezcla de humo, pan fresco cociéndose en el horno, fuego, plantas verdes y polvo. Todavía no había oscurecido, en el cielo aún quedaban engarzadas unas cuantas vetas rojas, se escuchaba un perro ladrando en la distancia. La hija de Abid estaba preparando el tradicional lugar iraquí para el fuego, el manqala. Había dos barriles de agua vacíos.

-"¿Cómo puedes conseguir el agua?", pregunté.

-"El camión-cisterna del agua viene algunas veces y lleno los barriles, ahora el conductor dice que no tiene gasolina y tendremos que pagarle para que vuelva otra vez".

Shiha, la anciana madre de 98 años de Abid, estaba sorda y ciega. Besó repetidas veces a Ahmad, a la Dra. Intisar y a Sami, maldiciendo a Bush por impedirle regresar a Faluya. No había puerta, sólo una cortina de tela. Otra tela con bordados tradicionales [con la leyenda] "En nombre de Dios, el más generoso y el más misericordioso". La familia nos dijo que habían disparado contra su casa en Julan y cómo todos los muebles habían sido destruidos. Era algo extraño, todo el mundo que encontrábamos me contaba que la cristalería y la porcelana de su aparador habían sido destrozadas. Los soldados de EEUU debían haberse divertido destruyendo sus cosas.

Sami contó a la familia que había pasado veinte años en EEUU, y que sus amigos lloraban y le pedían que contara al pueblo iraquí que ellos no tenían nada que ver con la matanza de iraquíes y la ocupación de su país.

Sami preguntó a Lina, de 15 años, una de las hijas de Abid: "Si yo fuera un soldado estadounidense, ¿qué querrías decirme?"

-"Sal de mi país".

-"¿Y si yo fuera un civil estadounidense que llega como huésped?"

-"Te diría que eres bienvenido, que puedes quedarte".

-"¿Por cuánto tiempo?".

-"Todo el tiempo que necesites".

Abid dijo que nosotros le damos las gracias al pueblo estadounidense que rechaza la guerra. Isam, un vecino de unos 30 años, graduado en el instituto de electricidad, que ahora estudia para profesor, dijo que la resistencia es legal, mientras haya ocupación la gente resistirá: "No queremos ser humillados. No queremos que ellos [los estadounidenses] sean humillados. Pero ellos no han sufrido como nosotros".

Mohammad Kreidi, de 85 años, vive con sus cuatro hijos y sus familias en una casa. Apenas podía darse cuenta de lo que ocurría a su alrededor, estaba agonizando. Dawud Obeis tiene 73 años, sufre mucho por atrofia muscular y vive en otra casa con sus 15 hijos e hijas

Tuvimos que regresar al campamento del colegio. Las mujeres habían cocido pan fresco, cocinado la cena y nos esperaban.

De vuelta al colegio

El colegio estaba muy oscuro; las lámparas de aceite apenas alumbraban las grandes clases, ni los rescoldos casi apagados o los calentadores de keroseno, de los que emanaba un humo sofocante. Cada vez hacía más frío; era obvio que iba a llover. La cena era una gran comida, con carne, judías, arroz, ensalada, patatas, té típico de Faluya, negro, dulce y caliente, e incluso galletas del Eid. Las mujeres nos ayudaron a lavarnos con agua caliente.

Estaba contándoles lo muy impresionada que estaba de ver el maravilloso trabajo que están haciendo en el campamento. Sundos dijo que veinticinco años de guerra les habían enseñado muchas cosas. Su padre fue el primer hombre que entró en Faluya diez días después de que el bombardeo de octubre acabara. "El olor de los cuerpos descompuestos fue lo más horrible", dijo. Mucha gente se había quedado en Faluya porque no imaginaban que iba ser tan espantoso, y porque no tenían dónde ir. Algunos están todavía bajo los escombros. Muchas casas y tiendas fueron saqueadas incluso después de parar el bombardeo. Sundos y su madre trataron de volver a Faluya; se encontraron con una cola de coches de 20 kilómetros. Los soldados estadounidenses decían palabras obscenas. Si alguien protestaba, le golpeaban y arrestaban. Un soldado que había cerca del puente nuevo repetía: "Muuu, Beee", para significar que para él la gente eran como vacas y ovejas.

Cuando fuimos al baño comprendimos lo que las mujeres habían dicho. Estaba ya lloviendo, tuvimos que cruzar el patio sin pavimentar hasta el baño que estaba oscuro, bloqueado y no tenía agua. El sumidero estaba abierto, oliendo muy mal. La Dra. Intisar estaba furiosa; dedicó a los hombres palabras duras por dejar el sumidero abierto, arriesgando las vidas de los niños y la salud de todo el mundo.

La noche estuvo amenizada con el aullido de zorros y lobos. Tuvimos que salir pronto por la mañana. Hacía más frío y todavía llovía con fuerza. Teníamos otra clase de campamentos de refugiados que visitar y sobre los que escribir. Sami había asistido a un curso de entrenamiento para mediador en la oficina del Observatorio de Derechos Humanos de Iraq. Es un curso preparado por el equipo de Trabajadores Cristianos por la Paz, una organización que lleva más de dos años trabajando en Iraq. Este curso de entrenamiento era para crear un equipo islámico por la paz.

Se supone que tengo que escribir ahora sobre los campamentos de refugiados de Kerbala, sobre los 200.000 refugiados en las afueras de la ciudad. Pero esta historia es ya demasiado larga, la nueva es diferente y la batería de mi ordenador se agotará en pocos minutos.

Notas de la autora y de IraqSolidaridad:

1. Algunos de los nombres referidos son figurados. Las personas, no.
2. La celebración de Aladha Eid está relacionado con el peregrinaje a La Meca. Dios ordenó al profeta Abraham en la Meca que sacrificara a su hijo, y cuando estaba a punto de hacerlo, Dios le envió un carnero para que lo sacrificara en lugar de su hijo. En el Eid, los musulmanes sacrifican corderos y alimentan a los pobres y celebran el peregrinaje a la Meca.
3. Vehículos blindados multirruedas.
4. Crónica publicada en IraqSolidaridad:
Campamento de refugiados de Ein Tamor: tristes historias de la continua tragedia de Faluya - Extraños sucesos en Faluya
5. La provincia de al-Anbar tiene por capital Ramada y alberga Faluya. Situada al oste de Bagdad, hace frontera con Jordania y Siria.


Faluya: Por fin, la verdad

Dr. Salam Ismael*

Socialist Worker, www.socialistworker.co.uk, 19 de febrero de 2005
IraqSolidaridad (www.nodo50.org/iraq), 8 de marzo de 2005
Traducción para IraqSolidaridad de Paloma Valverde

"Lo primero que me impactó fue el olor, un olor que es difícil de describir y un olor que me acompañará de por vida: era el olor de la muerte. [...] Una ola de odio ha asolado dos tercios de la ciudad destruyendo casas y mezquitas, colegios y hospitales. Este era el terrible y pavoroso poder del asalto militar estadounidense. Lo que escuché durante los pocos días que siguieron vivirá conmigo para siempre. Podéis pensar que sabéis lo que ocurrió en Faluya, pero la verdad es peor de lo que nadie pueda haber imaginado."

Lo primero que me impactó fue el olor, un olor que es difícil de describir y un olor que me acompañará de por vida: era el olor de la muerte. Cientos de cadáveres en descomposición en las casas, en los jardines, en las calles de Faluya. Cuerpos pudriéndose en el mismo lugar donde habían caído -cuerpos de hombres, mujeres y niños, muchos de ellos medio comidos por los perros salvajes.

Una ola de odio ha asolado dos tercios de la ciudad destruyendo casas y mezquitas, colegios y hospitales. Este era el terrible y pavoroso poder del asalto militar estadounidense. Lo que escuché durante los pocos días que siguieron vivirá conmigo para siempre. Podéis pensar que sabéis lo que ocurrió en Faluya, pero la verdad es peor de lo que nadie pueda haber imaginado.

Hudda y su familia

En Saqlawiya, uno de los campos de refugiados provisionales cerca de Faluya, encontramos a una joven de 17 años: "Me llamo Hudda Fawzi Salam Issawi y soy del barrio de Jolán, en Faluya", me dijo. "Cinco de nosotros, incluyendo un vecino de 55 años, nos quedamos atrapados juntos en nuestra casa de Faluya cuando comenzó el asalto". Hudda relata:

"El 9 de noviembre, los marines estadounidenses vinieron a nuestra casa. Mi padre y el vecino fueron a la puerta. No éramos combatientes. Pensamos que no teníamos nada que temer. Corrí a la cocina a ponerme el velo, ya que si iban a entrar hombres en la casa no estaría bien que me vieran con el pelo al descubierto. Esto salvó mi vida. Mientras mi padre y mi vecino se acercaban a la puerta, los [soldados] estadounidenses abrieron fuego contra ellos. Murieron al instante.

"Mi hermano de 13 años y yo nos escondimos en la cocina, detrás de la nevera. Los soldados entraron en casa y cogieron a mi hermana mayor. La golpearon. Después la dispararon. Pero a mí no me vieron. Se marcharon enseguida pero no antes de haber destrozado los muebles y haber robado el dinero de la cartera de mi padre".

Hudda me contó cómo consoló a su hermana en su agonía leyéndole versículos del Corán. Tras cuatro horas, su hermana murió. Durante tres días, Hudda y su hermano convivieron con sus familiares muertos. Pero estaban sedientos y solo tenían unos dátiles para comer. Temían que las tropas volvieran y decidieron intentar huir de la ciudad. Pero fueron disparados por un francotirador estadounidense. A ella le alcanzaron en la pierna; su hermano salió corriendo y le dispararon en la espalda, muriendo al instante. "Me preparé para morir", me dijo [Hudda], "Pero me encontró una mujer soldado estadounidense y me llevó al hospital". Al final [Hudda] pudo encontrar a los miembros supervivientes de su familia.

Los 'marines' en Jolán

También encontré supervivientes de otra familia del distrito de Jolán. Me contaron que al final de la segunda semana del asedio, las tropas de EEUU dieron una batida por todo el barrio. La Guardia Nacional iraquí usaba altavoces para hacer que la gente saliera de sus casas con banderas blancas. Les ordenaban que se reunieran en la calle, cerca de la mezquita de Jamah al-Furkan, en el centro de la ciudad.

El 12 de noviembre, Eyad Naji Latif y ocho miembros de su familia (uno de ellos [un bebé] de seis meses) reunieron sus pertenencias y empezaron a andar en fila de a uno en dirección a la mezquita, como se les había ordenado. Cuando llegaron a la calle principal de la mezquita escucharon un grito, pero no pudieron entender lo que estaban diciendo. Eyad me dijo que podría haber sido ahora en inglés. Entonces comenzaron los disparos. Soldados estadounidenses aparecieron en los tejados de las casas de los alrededores y abrieron fuego. Al padre de Eyad le dispararon en el corazón y a su madre en el pecho. Los dos murieron al instante. Dos de los hermanos de Eyad también fueron alcanzados, uno en el pecho y otro en el cuello. Dos de las mujeres [de la familia] también fueron alcanzadas, una en la mano y otra en la pierna.

Después los francotiradores asesinaron a la mujer de uno de los hermanos de Eyad. Cuando cayó, su hijo de cinco años echó a correr hacia ella y se tumbó encima de su madre. Le dispararon y murió. Los supervivientes hicieron llamamientos desesperados a las tropas para que dejaran de disparar. Pero Eyad me dijo que en cuanto intentaban levantar una bandera blanca les disparaban. Tras varias horas, intentó levantar un brazo con una bandera. Pero le dispararon en el brazo. Al final intentó levantar una mano. Le dispararon en la mano.
Los seis supervivientes, incluido el bebé de seis meses, estuvieron tumbados en la calle durante siete horas. Después, cuatro de ellos (con el bebé) reptaron hasta la casa más cercana para buscar cobijo.

A la mañana siguiente, el hermano al que habían disparado en el cuello también se las arregló para arrastrarse y salvar la vida. Todos estuvieron en la casa durante ocho días, sobreviviendo con raíces [que comían] y una taza de agua que dejaron para el bebé.

El día octavo fueron descubiertos por miembros de la Guardia Nacional iraquí y les llevaron al hospital de Faluya. [Allí] se enteraron de que los estadounidenses estaban deteniendo a cualquiera que fuera joven, así que la familia huyó del hospital y al final pudieron recibir ayuda médica en una ciudad cercana.

No saben con detalle lo que le ocurrió a otras familias que habían ido a la mezquita, como se les había ordenado, pero me dijeron que la calle estaba inundada de sangre.

Entre las ruinas

Estuve en enero en Faluya como parte de un convoy de ayuda humanitaria que se hizo posible con dinero recogido en Reino Unido. Nuestro pequeño convoy de camiones y furgonetas llevó 15 toneladas de harina y arroz, ayuda médica y 900 piezas de ropa para los orfanatos. Sabíamos que miles de refugiados estaban acampados en unas terribles condiciones en cuatro campos a las afueras de la ciudad.

Escuchamos relatos de familias asesinadas en sus casas, de gente herida arrastrada a las calles y aplastada por tanques, de un contenedor con 481 cuerpos de civiles, de asesinatos premeditados, de pillaje y actos de vandalismo y de crueldad indescriptible. Esta es la razón por la que decidí regresar a Faluya e investigar.

Cuando entré en la ciudad casi no reconocí el lugar donde yo había trabajado como médico en abril de 2004, durante el primer asedio. Encontramos a gente vagabundeando como fantasmas entre las ruinas. Algunos buscaban los cadáveres de sus familiares. Otros intentaban rescatar algunas de las pertenencias de entre las ruinas de casas destruidas. Aquí y allá pequeños grupos de gente hacía cola para [comprar] gasolina o comida. En una cola algunos de los supervivientes se estaban peleando por una manta.

Recuerdo que una mujer mayor se me acercó con los ojos llenos de lágrimas. Se agarró a mi brazo y me contó cómo una bomba estadounidense había impactado en su casa durante un ataque aéreo. El techo se derrumbó sobre su hijo de 19 años cortándole ambas piernas. No pudo conseguir ayuda; no pudo salir a la calle porque los estadounidenses habían apostado francotiradores en los tejados y estaban matando a cualquiera que se aventurara a salir de noche. Intentó lo que pudo para que detener la hemorragia [de su hijo], pero no había manera. Estuvo con su hijo, su único hijo, hasta que murió. Su agonía duró cuatro horas.

El hospital principal de Faluya fue asaltado por las tropas estadounidenses durante los primeros días del asedio. La única clínica, la Hey Nazzal, fue alcanzada dos veces por misiles estadounidenses. Medicamentos y equipos médicos, todo quedó destruido. No había ambulancias; las dos ambulancias que fueron para ayudar al herido recibieron disparos y fueron destruidas por las tropas de EEUU.

Visitamos las casas del barrio de Jolán, una zona pobre de trabajadores al noroeste de la ciudad, que fue el centro de la resistencia durante el sitio de abril [de 2004]. Este barrio parecía haber sido elegido para el segundo asedio como un castigo. Fuimos casa por casa descubriendo familias enteras muertas en sus camas, o asesinadas en los cuartos de estar o en la cocina. Casa tras casa los muebles habían sido destrozados y los objetos de valor robados. En algunos sitios encontramos cuerpos de combatientes, vestidos de negro con munición en los cinturones. Pero en la mayoría de las casas los cuerpos eran de civiles. Muchos estaban en bata; muchas de las mujeres no llevaban velo, lo que significa que no había más hombres que los de la propia familia en la casa. No había armas, ni cartuchos disparados.

Estaba claro que estábamos siendo testigos del después de una masacre, la sangre ya fría de la carnicería de los civiles indefensos y sin ayuda. Nadie sabe cuántos murieron. Las fuerzas de ocupación están ahora aplastando con buldózeres los barrios vecinos para enterrar sus crímenes. Lo que ocurrió en Faluya fue un acto de barbarie. El mundo entero debe conocer la verdad.

* El doctor Salam Ismael viene prestando ayuda sanitaria a los habitantes de Faluya tras el asalto estadounidense. El doctor Ismael trabajaba en esta ciudad durante el primer asedio estadounidense, en abril de 2004.

Las organizaciones de Faluya remiten sendos informes sobre la violación de derechos humanos durante el asalto y ocupación de Faluya y la situación de los refugiados de esta ciudad

Campamento de refugiados de Ein Tamor: tristes historias de la continua tragedia de Faluya
- Extraños sucesos en Faluya

Imán A. Jamás visita de nuevo el Estado español

Culmina con éxito la gira de la activista iraquí Iman Ahmad Jamás organizada por la CEOSI

Iniciativa de apoyo material a la población iraquí - Campaña de emergencia de ayuda sanitaria a la población de Faluya

Las fotografías que acompañan esta crónica han sido realizadas por la autora (click para ampliar).

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