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La violencia sectaria en Iraq y la nueva guerra en Oriente Medio "Si finalmente la violencia sectaria en Iraq adquiere la forma de una 'guerra civil' (como máximos responsables británicos y mandos militares de EEUU ya vaticinan que pueda ocurrir) ésta habrá sido el resultado, en primer lugar, de la propia lógica impuesta por los ocupantes y del amparo dado por éstos a la guerra sucia de los paramilitares; en segundo lugar, de la dinámica dentro del propio campo colaboracionista que, asociado a los intereses de terceros países (en el caso de las formaciones kurdas a Israel, y en el de las del confesionalismo shií a Irán), desea fracturar Iraq para gestionar autónomamente los recursos petrolíferos del norte y sur del país." ![]()
La violencia sectaria en Iraq es un hecho incuestionable. No lo es que sea la expresión de un enfrentamiento civil o religioso entre comunidades que han convivido y se ha mezclado durante siglos. No es una guerra que enfrente a sunníes contra shiíes, o a árabes con kurdos, sino a corrientes sectarias y regresivas alentadas por los ocupantes e interesadas en la desaparición de Iraq. En primera instancia, la violencia sectaria en Iraq tiene por objetivo la erradicación del campo anti-ocupación, de los sectores laicos y seculares de su sociedad, la eliminación física de sus intelectuales y profesionales, la pérdida de derechos civiles y de la mujer, la expulsión de las comunidades minoritarias, ajenas en cualquier caso a la espiral de violencia. La violencia sectaria en Iraq tiene como objetivo final el desmantelamiento del Estado iraquí y la fractura de su sociedad, anticipo de la desmembración territorial del país y de la gestión oligárquica de sus recursos energéticos. Ésta es su faceta estratégica. La supuesta "guerra civil" en Iraq expresa el conflicto entre el proyecto emancipatorio de la resistencia -la reconstrucción de un Estado plenamente soberano, de gestión pública y social de los recursos, integrador y democrático [1]- y el modelo opuesto de división sectaria del país en entidades territoriales gestionadas por fuerzas regresivas y sometidas a intereses foráneos. La responsabilidad de lo que ocurre en Iraq corresponde, en primer lugar, a los ocupantes quienes introdujeron el germen del confesionalismo en las nuevas instituciones por ellos establecidas y abrieron el país a la red Al-Qaeda, cuando no a las tramas de servicios secretos propios o de terceros países que se ocultan tras este nombre. En segundo lugar, la responsabilidad de lo que ocurre en Iraq corresponde a las fuerzas que han abierto el país al confesionalismo reaccionario y a la fractura sectaria. Ciertamente, la aparición de Al-Qaeda en Iraq y sus ataques indiscriminados han favorecido esta lógica ya explícita de limpieza étnica y de homogenización confesional o étnica, pero nunca pueden justificarla. La mayoría de los atentados atribuidos a Al-Qaeda [2] son obra de tramas opacas -de los propios ocupantes, de las nuevas autoridades, o de servicios secretos de terceros países- o de un pequeño contingente de militantes, en su mayoría extranjeros, instalados en Iraq gracias a la ocupación y que cuentan con el expreso rechazo de la población y de su resistencia armada. Si finalmente la violencia sectaria en Iraq adquiere la forma de una "guerra civil" (como máximos responsables británicos y mandos militares de EEUU ya vaticinan que pueda ocurrir) ésta habrá sido el resultado, en primer lugar, de la propia lógica impuesta por los ocupantes y del amparo dado por éstos a la guerra sucia de los paramilitares; en segundo lugar, de la dinámica dentro del propio campo colaboracionista que, asociado a los intereses de terceros países (en el caso de las formaciones kurdas a Israel, y en el de las del confesionalismo shií a Irán), desea fracturar Iraq para gestionar autónomamente los recursos petrolíferos del norte y sur del país. Éste, sin duda, no era
el proyecto inicial de los ocupantes, que esperaban poder controlar
fácilmente el país por medio de un gobierno central
liberal y formalmente democrático. Su responsabilidad
no es por ello menor. Sí lo es abiertamente el de sus
principales socios internos colaboracionistas: el de la nueva
oligarquía kurda y el del confesionalismo político
shií. EEUU y el Reino Unido ensayan ahora no perderlo
todo: acomodarse a esta realidad -la división efectiva
de Iraq en tres entidades- o intentar revertirla parcialmente.
Por su parte, la resistencia civil y militar iraquí combate
ya en ambos frentes: contra la ocupación y contra el sectarismo.
La escalada de la violencia sectaria Según datos oficiales iraquíes, más de 180.000 personas (30.000 familias) se han convertido en refugiadas desde la voladura de la cúpula de la mezquita de Samarra el 22 de febrero -una acción de autoría aún desconocida-, una cifra sin duda menor de la real al incluir solamente a las familias que se han registrado como tales [3]. Casi 30.000 de estos refugiados han huido de sus hogares en Bagdad en los últimos cinco meses. Su pertenencia comunitaria está muy equilibrada entre sunníes y shiíes. Esta ya por todos llamada "guerra civil" se nutre, por una parte, de los atentados indiscriminados con coches-bomba perpetrados por organizaciones supuestamente vinculadas a la red Al-Qaeda en Iraq (es decir, corrientes radicales sunníes takfiristas) y, por la otra, de los asesinatos de sunníes y de personas vinculadas al campo anti-ocupación llevados a cabo por paramilitares shiíes insertos en los aparatos de seguridad, en concreto las Brigadas (ahora Organización) Badr, del Congreso Supremo de la Revolución Islámica en Iraq (CSRII), y la milicia del clérigo as-Sáder, el Ejército del Mahdi. El salto cualitativo ocurrido en el pasado mes de julio es la aparición de grandes operativos (asaltos a barrios, falsos controles de carretera, secuestros masivos) llevados a cabo por grupos de ambas corrientes sectarias, con el subsiguiente asesinato de decenas de personas según su filiación comunitaria, a menudo establecida exclusivamente por el nombre de pila que aparece en su carné de identidad que, en Iraq, no incluye la adscripción étnica o religiosa. Muy significativamente estos operativos se están llevando a cabo a plena luz del día y durante horas, con la participación de grandes grupos de hombres armados, quienes se desplazan en vehículos con armamento pesado, sin que las tropas de ocupación o de los nuevos cuerpos de seguridad iraquíes intervengan o persigan después a los agresores, pese a que muy a menudo las matanzas se llevan a cabo cerca de destacamentos que necesariamente han de escuchar las detonaciones. Tales actuaciones pueden ser ya consideradas de abierta limpieza étnica (confesional, más estrictamente) y comportan en Bagdad el establecimiento de áreas confesionales puras que conectan con zonas periféricas del centro y oeste del país de mayoría sunní o chií, claro anticipo de una fractura territorial de hecho del país. Lograr la hegemonía sectaria en la capital (o en sectores de ella) es esencial en el futuro diseño de las entidades territoriales de un Iraq divido según criterios comunitarios. Igualmente, en Basora ya han sido prácticamente expulsadas sus comunidades cristiana [4] y sunní, y físicamente eliminados sus sectores seculares (sistemático ha sido el asesinato de maestros, por ejemplo) y shiíes moderados por los paramilitares de distintas organizaciones confesionales shiíes, a su vez enfrentados entre sí por el control de las exportaciones y del mercado negro del petróleo [5]. En las últimas semanas, paramilitares shiíes se han desplazado asimismo hasta Kirkuk, donde la violencia ejercida por los pehsmergas kurdos (a su vez integrados en las nuevas fuerzas de seguridad y militares) contra otras comunidades ya anticipa la batalla por el control de una zona estratégica en el aspecto energético [6]. Es evidente que, aunque las
fuerzas de seguridad policiales y militares iraquíes hayan
crecido desde los 169.000 efectivos hace un año hasta
los actuales 264.000 [7], el deterioro de la situación
interna en materia de seguridad es galopante. Es más:
el incremento de la violencia y la compartimentación sectaria
efectiva de la capital y de otras zonas del país se debe
precisamente a la proliferación de servicios y fuerzas
de seguridad que, estén formalmente adscritas al nuevo
gobierno o sean privadas, han sido formadas según criterios
sectarios o han sido infiltrados por milicias confesionales.
Según un alto mando militar estadounidense en Iraq, de
los 26 batallones de la Policía "[...] cinco o seis
[de ellos] tienen jefes que los utilizan de manera criminal o
sectaria, cuando no de ambas formas" [8]. Como señalan
Cordesman y Sullivan, "hacia comienzos de 2006 las milicias
han llegado a ser una seria amenaza prácticamente en todas
las provincias, ciudades y áreas donde la resistencia
tiene una presencia limitada" [9]. Otra formulación
de esta misma aseveración es que los ocupantes han perdido
el control del territorio, bien a favor de la resistencia, bien
a favor de las milicias sectarias de las formaciones confesionales
shiíes, que son, junto con las formaciones kurdas de Talabani
y Barzani, sus principales aliados internos y hegemónicas
en las nuevas instituciones. Este verano, el Pentágono ha decidido reocupar Bagdad enviando a la capital hasta 5.000 soldados adicionales con carros de combate y vehículos acorazados a fin de frenar -así se afirma- la violencia sectaria que asola la ciudad. Los primeros 3.700 efectivos comenzaban a patrullar la capital el pasado sábado, 4 de agosto [10]. A ellos se sumarán otros 4.000 soldados iraquíes. Asimismo, las tropas británicas llevan ya varias semanas intentando recuperar el control perdido de amplias áreas de Basora y Amara, ciudades del sur de Iraq [11]. El Pentágono ha tenido que recurrir a tropas desplegadas en la zona norte del país (dos batallones de la Brigada 172 Stryker del Ejército y hasta cinco compañías de la Policía Militar), aunque también llegará a Bagdad un batallón de artillería desde Kuwait. A estos primeros efectivos enviados a la capital se les ha aplicado la impopular medida de prolongar cuatro meses más su período de servicio en Iraq, que es de un año [12]. Según el teniente general del Ejército Peter W. Chiarelli, comandante de Operaciones en Iraq, estas tropas adicionales funcionarán como "[...] fuerzas de reacción rápida para responder ante enfrentamientos sectarios" [13]. Con el envío del contingente desde Kuwait y la prolongación del servicio de otras unidades, EEUU habrá superado nuevamente los 130.000 soldados en Iraq. Este nuevo incremento de tropas estadounidenses pone de manifiesto dos cosas: en primer lugar, la dudosa consistencia del calendario de reducción de tropas a lo largo de 2006 anunciado por el general Casey hace escasamente un mes y, en segundo lugar, la insolvencia y debilidad extremas del nuevo gobierno de al-Maliki. Tras ello, el reto que aún tienen EEUU y Reino Unido de garantizar un control mínimo de Iraq. En año electoral la Administración Bush pretendía mostrar avances efectivos en Iraq, particularmente la reducción de la implicación militar directa estadounidense; es decir, menor número de tropas y menor número de bajas. Así, desde el otoño de 2005 el Pentágono está procurando reducir sus bajas en combate cediendo -o perdiendo- el control territorial a fuerzas iraquíes o recurriendo abusivamente a su poder aéreo y naval en las zonas bajo hegemonía de la resistencia [14]. Pese a ello, a lo largo de 2006 se ha mantenido el número oficial de soldados de EEUU muertos en combate en una media de dos al día, algo menor en julio (cuando se produjeron 30 bajas mortales) pero de nuevo recuperada en agosto [15]). Es más, sin un incremento sustancial de efectivos totales estadounidenses, el traslado de tropas de las áreas bajo control total o parcial de la resistencia a zonas de violencia sectaria (además de a la capital, al menos a cuatro provincias de las 18 en que está divido Iraq) supone debilitar la lucha contraguerrillera, cuando no verse en trance de asumir más bajas propias. Altos mandos militares en activo o en la reserva, además de analistas, reiteran estos días que el actual despliegue de tropas en Iraq es insuficiente para controlar el país [16]. El envío de más tropas de EEUU a Bagdad supone, además, el reconocimiento por parte de la Administración Bush del fracaso del plan de seguridad para la capital puesto en marcha en junio por el primer ministro al-Maliki, plan en el que las nuevas fuerzas de seguridad iraquíes, y no las tropas estadounidenses, deberían desempeñar el papel principal. El 31 de mayo, el plan de seguridad de Bagdad seguía a la declaración del estado de emergencia en Basora, la segunda ciudad del país. Pero pese a las medidas impuestas en la capital (toque de queda, controles y patrullas) y a las expectativas tras el asesinato de al-Zarqaui el 7 de junio en un ataque aéreo estadounidense, la espiral de violencia sectaria que vive el área metropolitana de Bagdad desde el inicio del año no solo no ha disminuido sino que ha aumentado espectacularmente. ![]()
Al-Qaeda y los paramilitares shiíes El fracaso del plan de seguridad de al-Maliki para Bagdad cabe achacárselo a facciones dentro del propio gobierno iraquí, que están detrás de la escalada de limpieza étnica de los últimos meses contra la comunidad sunní, en la capital y su corona metropolitana. La espiral de violencia sectaria pone de manifiesto el enfrentamiento dentro del propio campo confesional shií colaboracionista y el definitivo desenganche de los intereses de EEUU y de Reino Unido de las corrientes más abiertamente pro-iraníes del gobierno iraquí. Como era de prever tras la muerte de al-Zarqaui [17], y tal y como señalan documentos recientes de la propia organización [18], la red de Al-Qaeda en Iraq ha radicalizado su campaña explícita de terror contra la comunidad shií en la capital y su periferia sur [19], recurriendo a coches-bomba en barrios de mayoría shií y, más recientemente, a asaltos en áreas mixtas, como el llevado a cabo en Mahmudiya, al sur de la capital, el pasado 17 de julio [20]. Sin embargo, mandos militares estadounidenses reconocen que la violencia sectaria desarrollada por paramilitares de filiación confesional shií está causando nueve veces más víctimas que los atentados con coches-bomba atribuidos a Al-Qaeda o grupos afines [21]. En los primeros cinco meses de 2006, los paramilitares shiíes han asesinado, tras su secuestro, a 6.000 personas tan solo en la capital [22]. En junio, la morgue central de Bagdad recibió 1.595 cuerpos, una cifra aún mayor que la de los meses precedentes. Está institución recibe de 35 a 50 cadáveres al día, la mayoría de ellos con signos de haber sido torturados (la firma de los escuadrones de la muerte son las marcas del uso de taladros y las cuencas de los ojos vacías) [23]. Para el conjunto del país, los datos oficiales iraquíes arrojan una cifra nacional de 14.338 iraquíes asesinados entre enero y junio de 2006. La violencia sectaria perpetrada por las formaciones paramilitares shiíes está teniendo un impacto tan brutal debido a dos factores. El primero, a que ha contado -al menos hasta la designación de al-Maliki, como ahora veremos- con la tolerancia, cuando no con la directa implicación en su creación y actuación, de las fuerzas de ocupación, que han visto en la actuación de los escuadrones de la muerte parapoliciales la más eficaz fórmula de aniquilación del campo civil secular y anti-ocupación, y de sometimiento por el terror de la comunidad sunní, considerada la cantera principal de la resistencia. Es la llamada "Opción El Salvador" [24] que sin duda ha beneficiado a los ocupantes al provocar el éxodo al exterior de millares de profesionales, profesores, intelectuales, mujeres y activistas, con el consiguiente desbaratamiento interno de la poderosa red de organizaciones políticas, sindicales y sociales creadas en los primeros meses de ocupación. El segundo factor -claramente asociado al anterior- se debe a que los paramilitares shiíes se han amparado para su actuación en los nuevos cuerpos de seguridad iraquíes, sobre todo en la Policía y sus cuerpos especiales, pero también en la Guardia Nacional y en los ejércitos privados del llamado Servicio de Seguridad de Suministros e Instalaciones (SPS, Facilities Protection Service [25]). Así, la formación militar del Congreso Supremo de la Revolución Islámica en Iraq, la principal organización de la coalición gubernamental shií Alianza Unida Iraquí, dirigida por Abdul Aziz al-Hakim, la Organización Badr, fundada en Irán en los primeros años de la década de los 80 como un cuerpo de la Guardia de la Revolución con 20.000 miembros [26], se ha valido de los cuerpos especiales de seguridad del Ministerio del Interior para dar cobertura a sus escuadrones de la muerte, como denuncia Naciones Unidas y reconocen los propios ocupantes [27]. Por su parte, los escuadrones de la muerte de la milicia del clérigo as-Sáder, el Ejército del Mahdi, con unos 10.000 efectivos, operan uniformados como cuerpos privados de seguridad de los ministerios que controlan (cinco en el nuevo gobierno de al-Maliki) e igualmente desde dentro de la Policía, aunque llevan acabo asaltos contra barrios de Bagdad (por ejemplo, el de Adamiya) ataviados con los uniformes negros que les son propios [28]. Badr y el Ejército del Mahdi se reparten así los estimados 65.000 miembros de los distintos cuerpos de seguridad del ministerio del Interior desplegados en Bagdad [29]. Además, la adscripción sectaria de los batallones de la Guardia Nacional ha determinado que los grupos paramilitares shiíes cuenten habitualmente con el apoyo de soldados iraquíes en sus ataques, como ha ocurrido en los sucesivos intentos de penetración en el barrio de Adamiya desde abril, en los que según testigos presenciales también habrían participado tropas estadounidenses [30]. Hacia el federalismo sectario La violencia de los paramilitares shiíes se presenta habitualmente en los medios de comunicación como defensiva, es decir, como la legítima respuesta de esta comunidad ante los ataques masivos de Al-Qaeda, o ante el intento de la resistencia de revertir la situación interna creada tras la caída del régimen de Sadam Huseín. Esta es la consideración que permite argumentar que lo que ocurre en Iraq es el anticipo de una "guerra civil". Sin embargo, el crecimiento exponencial de la violencia por parte de los paramilitares shiíes en el transcurso de 2006 responde esencialmente a los enfrentamientos dentro del propio campo colaboracionista del confesionalismo shií, como ya hemos apuntado. EEUU impuso la elección de Nuri al-Maliki -un hombre irrelevante y anodino- como nuevo primer ministro del primer gobierno no interino de Iraq, vetando abiertamente al anterior, al-Yaafari, el candidato de Teherán, a quien Washington y Londres acusaban de estar dando cobertura, dentro de los nuevos aparatos de seguridad, a escuadrones de la muerte nutridos por las milicias de Badr y el Ejército del Mahdi. La designación de al-Maliki contó durante meses con la férrea oposición de los valedores de al-Yaafari, las formaciones políticas de ambas milicias: el CSRII y la corriente as-Sáder, respectivamente [31]. Con 30 de los 275 escaños del nuevo Parlamento, el visto bueno final de as-Sáder a la designación de al-Maliki le valió cinco ministerios en su gobierno y meses de tolerancia estadounidense para que sus escuadrones de la muerte operen con plena impunidad contra la comunidad sunní y los sectores laicos. La Administración Bush quiere de al-Maliki que favorezca el mantenimiento, dentro del denominado "proceso político", de formaciones políticas sunníes (básicamente, del Partido Islámico), a fin de dar al mismo la apariencia de unitario (pero, apréciese, siempre en clave confesional) y con ello, si es posible, favorecer el alto el fuego de sectores islamistas sunníes moderados de la resistencia. Es la lógica que subyace al ya olvidado proyecto de reconciliación presentado por al-Maliki el pasado 25 de junio [32]. Así, la pretensión de EEUU de estabilizar mínimamente la situación interna y el propio compromiso del gobierno de al-Maliki incluyen necesariamente poner coto a las actuaciones de los paramilitares shiíes y sus escuadrones de la muerte. La lógica es sencilla de entender, como explica al-Abdul Ilah al-Bayati:
En tal empeño, ni EEUU y Reino Unido ni al-Maliki cuentan con gran apoyo dentro del propio gobierno. Muy significativamente, en clara contraposición a la pretensiones de al-Maliki, el líder del CSRII y anteriormente jefe de las Brigadas Badr, Abdul Aziz al-Hakim, aprovechaba el tercer aniversario de la muerte en atentado de su hermano Baqir (24 de julio) para advertir en Nayaf a los ocupantes de que no interfieran en el esfuerzo de erradicación del "terrorismo", identificado por él con la resistencia baazista y Al-Qaeda. Al-Hakim, en lo que es un claro respaldo a unos cuerpos de seguridad acusados insistentemente de alentar la violencia sectaria y amparar a los escuadrones de la muerte, afirmó, en referencia a EEUU, que "el tema de la seguridad [en Iraq] debe recaer en los cuerpos de seguridad y nadie debería interferir en ello". Al-Hakim llamó asimismo a la formación de "comités de defensa" en los barrios, un aliento a multiplicar aún más las estructuras paramilitares [34]. De igual manera, no es casual que fuerzas de ocupación estadounidenses y británicas en Bagdad, Diwaniyah, Basora y otras ciudades meridionales hayan atacado sedes del Ejército del Mahdi de as-Sáder (acciones que incluyeron la muerte de 15 paramilitares en un enfrentamiento con tropas de EEUU al sur de la capital), desde finales de julio y a lo largo de agosto, recurriendo incluso a bombardeos aéreos contra el barrio bagdadí de Medina as-Sáder en la madrugada del 6 al 7 de agosto -ataques estos últimos que han costado la vida a 30 personas y han sido criticados por el primer ministro al-Maliki y el presidente Talabani [35]: no se trata de una intervención contra un grupo resistente, sino más bien contra un díscolo socio del gobierno colaboracionista que sigue su propio guión, el de medrar dentro del campo confesional shií radicalizando su discurso anti-ocupación y anti-israelí, ahora aún más con el telón de fondo de la agresión contra Líbano. No son ajenas a esta situación las claves internas y regionales. El parlamento iraquí deberá abordar en lo que queda de año cuestiones trascendentales ya incluidas en el texto de la Constitución aprobada en 2005, en concreto, el federalismo y -es lo relevante- la eliminación de un marco jurídico estatal único respecto a derechos civiles y económicos. De nuevo, al-Hakim (e igualmente el vicepresidente Abdel Abd al-Mahdi, también alto responsable del CSRII) ha señalado recientemente su intención de establecer una región autónoma shií que incluiría nueve de las 18 provincias que tiene el país, desde Babilonia (Babil) a Basora, siguiendo el ejemplo de la ya declarada en Kurdistán [36]. Iraq y la nueva agresión israelí contra Líbano La violencia sectaria justifica y favorece la limpieza étnica y permite homogeneizar territorios por medio del terror. Como ocurre en el Kurdistán, en el centro y sur del país (donde no actúa en absoluto Al-Qaeda) la violencia de los paramilitares de Badr o de as-Sáder está destinada a eliminar a los competidores en la gestión del mercado negro del petróleo, a expulsar a las comunidades minoritarias sunníes o cristianas, a erradicar sectores laicos y a impedir la expansión de la actividad resistente anti-ocupación. Es decir, a implantar un régimen autoritario islámico que proceda a gestionar de manera directa los hidrocarburos del sur del país. La experiencia de estos años de ocupación y las declaraciones explícitas de las fuerzas colaboracionistas permiten imaginar que tal gestión se realizará con altos niveles de corrupción y adoptando criterios capitalitas [37]. Y ello, más que en sintonía con los intereses estratégicos de EEUU o Reino Unido, con los de Irán, de igual manera que en el Kurdistán lo están con los de Israel. En esta coyuntura, crítica para el futuro de Iraq y para el conjunto de su población, la guerra de agresión que mantiene Israel contra Líbano y Palestina tiene al menos tres puntos de conexión con la evolución de la situación interna iraquí. En primer lugar, Israel ha actuado de manera autónoma respecto a EEUU, aprovechando la extrema debilidad que el conflicto de Iraq impone a nivel internacional y regional en la Administración Bush. El gobierno de EEUU se ha visto obligada por ello -y no al revés- a respaldar la aventura militar de Israel en Líbano, incluyendo ésta en el marco de su "Guerra global contar el terrorismo", pero teniendo que olvidarse por mucho tiempo de cualquier proyecto de estabilización política e integración económica de la zona de Oriente Medio, planes (el "Nuevo Gran Oriente Medio") rescatados tras las invasión y ocupación de Iraq en 2003. En segundo lugar, como resultado de la nueva guerra regional la Administración Bush ha podido desviar la atención internacional y doméstica de la atroz situación que vive Iraq, cuya población se hunde en la miseria, el caos y la violencia, y abandona por decenas de miles un país por cuyo futuro nadie apuesta ya. Y también desviar la atención del propio atolladero en el que se encuentra, tras meses de escándalos (los últimos, la violación y asesinato de una adolescente iraquí por tropas estadounidenses en Mahmudiya el 12 de marzo, la condena a una unidad de marines por la matanza de Hadiza y comprobación de desfalcos en las cuentas gestionadas por los ocupantes) y en un momento en el que aumenta y no disminuye -en contra de lo anunciado- su implicación militar directa, como confirma la reocupación de Bagdad. A la Administración Bush sólo le cabe presentar al pueblo estadounidense que la prolongación de su presencia en Iraq tiene como noble objetivo salvar al pueblo iraquí de sí mismo, de la "guerra civil", como ya narran los periodistas empotrados de los grandes medios de comunicación del país. Pero -esta es la tercera conexión-, más allá de este alivio limitado, la guerra de devastación que desarrolla Israel contra Líbano y Palestina desde el 11 de julio debilitará el intento de EEUU y de Reino Unido de utilizar al primer ministro al-Maliki para recuperar algo del control perdido en Iraq. La capacidad militar y política de Hezbollah e Irán de afianzarse como referentes anti-imperialistas y anti-sionistas en la zona aprovechando esta nueva guerra regional alentará -ya lo está haciendo- a las corrientes del confesionalismo político shií en Iraq más cercanas a Irán a sacudirse ya definitivamente la tutela de los ocupantes, gracias a los cuáles han podido afianzarse en el país pero que ya son prescindibles. La agresión de Israel contra Líbano ha sido condenada por todos los miembros del gobierno colaboracionista iraquí, incluido el propio al-Maliki, quien tuvo la mala suerte de tener que hacerlo durante su visita a Londres y Washington. Igualmente, el máximo líder espiritual shií iraquí, el gran ayatolá Ali as-Sistani, condenaba a finales de julio la agresión israelí contra Líbano y -sin mencionar a EEUU- pedía al mundo islámico que no olvidará qué países están bloqueando un alto el fuego en beneficio de Israel [38]. Finalmente, as-Sáder convocaba el pasado viernes, 4 de agosto, en el barrio de Bagdad que lleva el nombre de su padre una marcha nacional en apoyo a Hezbollah, que contó con el apoyo manifiesto de varios ministros del gobierno de al-Maliki (entre ellos, el de Defensa) pertenecientes a otras organizaciones confesionales shiíes [39]. Una prueba del poder fáctico adquirido por as-Sáder desde sus revueltas de 2004 es que, como hemos indicado, el primer ministro al-Maliki haya condenado los ataques de las tropas estadounidenses contra este mismo barrio 48 horas después de la concentración de varias decenas de miles de sus seguidores. EEUU no puede arremeter abiertamente contra los paramilitares de as-Sáder sin debilitar la propia posición de al-Maliki. Como ha señalado estos días un oficial militar estadounidense, para eludir el embrollo: "Tenemos [los estadounidenses] que tener mucho cuidado en no demonizar a todo el movimiento de as-Sáder" [40].Con un Kurdistán ya de hecho independiente, atrapados entre la actividad de la resistencia en buena parte del país y la amenaza de una revuelta shií pro-iraní en el resto, los ocupantes lo tienen realmente complicado en Iraq. Mientras que el esfuerzo resistente de Hezbollah -una fuerza política democrática integrada en las instituciones libanesas- ante la agresión de Israel ha cosechado el respaldo incuestionable dentro de la sociedad libanesa, las organizaciones sectarias shiíes iraquíes aprovechan la nueva guerra en Oriente Medio para avanzar en su proyecto de fragmentación de Iraq en entidades confesionales, el modelo opuesto al que ensaya Líbano y que Israel procura una y otra vez hacer fracasar. Junto a las víctimas civiles de los bombardeos de Israel sobre Líbano y Palestina, el esfuerzo emancipatorio del pueblo iraquí contra la ocupación y el sectarismo podría acabar siendo así otro "daño colateral" de la nueva guerra de Oriente Medio.
Notas: 1. Véase
en IraqSolidaridad: Reunión
de la Delegación de la CEOSI con el Partido Baaz, la Unión
del Pueblo y la Alianza Patriótica Iraquí - Proyecto
de creación del Frente de Liberación Nacional y 'Por
un Iraq democrático e independiente' (Declaración
conjunta del Partido Baaz Árabe Socialista, la Alianza
Patriótica Iraquí y la Asociación de Intelectuales
contra la Ocupación) |
English Carlos Varea: Sectarian Violence in Iraq and the New War in the Middle East Pedro Rojo y Carlos Varea: ¿Está jugando Irán a la 'resistencia' en Basora? Carlos Varea: Abandonando el terreno El Cuerpo de Marines cerca Rutba con un muro de arena de 17 kilómetros Pedro Rojo: La ejecución sumaria de al-Zarqaui y su papel real en Iraq Pedro Rojo: Cruce de declaraciones entre al-Zarqaui, los ocupantes y la resistencia Mahan Abedin: Badr, Irán y los nuevos cuerpos de seguridad iraquíes Dan Murphi: La milicia de as-Sáder afianza su dominio sobre la Sanidad Carlos
Varea: Nuevo gobierno en Iraq: inestable reparto sectario
* Carlos Varea es coordinador de la Campaña Estatal contra la Ocupación y por la Soberanía de Iraq. |
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