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Ediciones del Oriente y del Mediterráneo edita ‘Iraq bajo ocupación: Destrucción de la identidad y la memoria’

La llamada ‘estabilización’ del país se sustenta en cinco millones de refugiados y un millón de muertos

Muerte y éxodo: la ocupación y la violencia sectaria en Iraq **

Carlos Varea

 Ediciones del Oriente y del Mediterráneo (www.orienteymediterraneo.com), febrero de 2009
IraqSolidaridad (
www.iraqsolidaridad.org), 6 de febrero de 2009

“Las causas del desplazamiento interno de la población iraquí (como las del éxodo hacia exterior) han ido sucediéndose, entrelazándose y retroalimentándose: los operativos militares de los ocupantes y la destrucción sistemática de las infraestructuras; el deterioro de las condiciones básicas de vida de la población debido al colapso del Estado, la inseguridad, la rampante corrupción y el afianzamiento de mafias locales; y, finalmente, la violencia, genéricamente calificada como sectaria” pero que responde a claves políticas de control del territorio y que esencialmente ha sido desarrollada a partir de 2005 por servicios de seguridad, milicias y escuadrones de la muerte vinculados todos ellos a las formaciones que integran el gobierno iraquí y, por ende, en menor o mayor medida, a los ocupantes.”


Iraq es hoy en día el país con mayor número relativo y absoluto de refugiados y desplazados, casi cinco millones de personas en total. En la foto, refugiados iraquíes en Damasco.

 

La ocupación de Iraq ha generado la mayor y más rápida crisis mundial de refugiados de las últimas décadas. Según Naciones Unidas, el reciente incremento mundial registrado en número de personas refugiadas y desplazadas [en 2008] se debe a la crisis que asola Iraq [1]. Iraq es hoy en día el país con mayor número de personas que se han visto forzadas a abandonar su hogar, casi cinco millones en total, según las cifras más conservadoras [2]. Las más recientes —siempre aproximadas— elevan hasta 2,77 millones el número de desplazados internos iraquíes y a una cifra ligeramente inferior —2,2 millones— la de aquellas personas que han buscado refugio en el exterior de Iraq. Con una población de 26,8 millones de ciudadanos, Iraq es asimismo el país con mayor tasa de refugiados y desplazados del mundo: casi el 18 por 100 de sus habitantes han perdido su hogar. Comparativamente, las cifras no dejan lugar a dudas: en los tres países con mayor número de refugiados y desplazados tras Iraq, Afganistán, Colombia y la República Democrática del Congo, estas tasas son del 11,6, el 8,1 y el 4,4 por 100, respectivamente. En la región de Oriente Próximo, el éxodo provocado por la ocupación de Iraq ha superado numéricamente al que generó en 1948 la creación del Estado de Israel (entonces, 700.000 palestinos desplazados; en la actualidad, 4,6 millones de refugiados, según la agencia de Naciones Unidas para los refugiados palestinos, UNRWA); fuera de la región Iraq supera igualmente a la catástrofe humana más reciente generada por un conflicto local, la de la región de los Grandes Lagos de África (dos millones de ruandeses refugiados en países vecinos y otro millón y medio más de desplazados internos). De nuevo, según las estimaciones más recientes —y ponderadas— del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR), Iraq asume el 17,5 por 100 de todos los refugiados y desplazados del planeta, cifrados en 2008 por el organismo internacional en 27,4 millones de seres humanos [3].

 

[…] 

 

Naciones Unidas calcula que la crisis de Iraq ha provocado que, como media, 60.000 personas al mes (2.000 al día) se hayan visto forzadas a abandonar sus hogares, convirtiéndose en refugiadas en su propio país. La cifra global antes avanzada de 2,77 millones de desplazados internos es oficial y la más reciente en el momento de escribir estas líneas [enero de 2009], pero ha de considerase, en cualquier caso, aproximada dadas las dificultades de recopilación de información veraz e independiente en Iraq. 

Todas las provincias de la geografía iraquí han generado refugiados y desplazados y acogen desplazados internos, pero es la provincia de Bagdad la que ocupa el primer lugar en los movimientos forzados de población, sobre todo en los últimos años, incluido 2008. Las causas del desplazamiento interno de la población iraquí (como las del éxodo hacia exterior) han ido sucediéndose, entrelazándose y retroalimentándose: los operativos militares de los ocupantes y la destrucción sistemática de las infraestructuras; el deterioro de las condiciones básicas de vida de la población debido al colapso del Estado, la inseguridad, la rampante corrupción y el afianzamiento de mafias locales; y, finalmente, la violencia, genéricamente calificada como sectaria” pero que responde a claves políticas de control del territorio y que esencialmente ha sido desarrollada a partir de 2005 por servicios de seguridad, milicias y escuadrones de la muerte vinculados todos ellos a las formaciones que integran el gobierno iraquí y, por ende, en menor o mayor medida, a los ocupantes. 

 

[…]

 

[Se estima que menos de un 5 por ciento de los refugiados iraquíes ha retornado a su país en 2008. Los refugiados en el exterior no han podido votar en las elecciones locales de febrero de 2008, y la estimación del número de desplazados internos que han podido hacerlo es incierta, pero no sería superior a la mitad de los potenciales votantes.]

 

La violencia 

 

En estos años de ocupación, la imagen mediática dominante en la conciencia internacional de Iraq es la de la comunidad shií iraquí, marginada y reprimida históricamente por la sunní, víctima de los ataques con coche-bomba de Al-Qaeda y del revanchismo de los partidarios del depuesto régimen. Ciertamente, la comunidad shií ha sufrido los atentados masivos e indiscriminados, atribuidos a la red de Al-Qaeda en Iraq, y la violencia de grupos radicales sunníes en barrios de la capital y en ciudades de las provincias que rodean Bagdad. Se han producido desplazamientos de población shií desde áreas de mayoría sunní hacia el sur del país o dentro de los propios barrios bagdadíes en busca de seguridad pero también de una mayor estabilidad económica y mejores condiciones de vida, condiciones gravemente afectadas debido a la sostenida confrontación entre la resistencia iraquí y las tropas de ocupación. Y, al igual que en otras zonas del país, los operativos de las tropas de ocupación estadounidenses contra las ciudades de Nayaf y Kárbala en 2004 provocaron desplazamientos de sus habitantes, mayoritariamente shiíes. 

 

Asimismo, en las siete provincias meridionales de Iraq, en las que el predominio demográfico shií parecía preservar a esta comunidad de las agresiones, los recurrentes enfrentamientos habidos por el control del petróleo o por el control de las administraciones locales entre las milicias confesionales asociadas a grupos mafiosos y las fuerzas gubernamentales han provocado igualmente el desplazamiento de población shií y la destrucción infraestructural. Basora ha visto aumentada su población en al menos medio millón de desplazados rurales hasta alcanzar tres millones de habitantes, agravando aún más con ello la ya precaria situación de servicios e infraestructuras. Tras desalojar a otras comunidades, en Bagdad y en las provincias del centro y sur del país, las milicias shiíes —integradas por milicianos desheredados cada vez más jóvenes— han tornado su violencia contra sus propios correligionarios imponiéndose a un tiempo, mediante el terror, como guardianes de la ortodoxia religiosa (particularmente contra las mujeres [4]) y como mafias locales, lo que genera más desplazados.

 

En una imagen especular, en las provincias de al-Anbar y Diyala (al oeste y nordeste de Bagdad, respectivamente) y en algunos barrios de la capital ha emergido un nuevo factor de violencia en el seno de la comunidad sunní: el que enfrenta militarmente a los takfiristas (anatermizadores) wahabíes —muchos de ellos combatientes extranjeros— con la población, que mayoritariamente rechaza tanto las agresiones sectarias y los atentados indiscriminados como la imposición del rigorismo islámico en el “Estado Islámico de Iraq” declarado por Al-Qaeda. Así, ciudades emblemáticas como Faluya y todo el arco de provincias de fuerte implantación resistente en torno a la capital están sufriendo recurrentes atentados con coche-bomba atribuidos a Al-Qaeda en Iraq, un síntoma de su ya abierto enfrentamiento con la resistencia y la población iraquíes, y que Estados Unidos ha procurado utilizar a su favor creando los denominados Consejos del Despertar (Sahwa) sunníes.

 

Particularmente en Basora —antaño una ciudad cosmopolita— la presencia histórica de los cristianos ha sido prácticamente erradicada junto con la de los sectores secularizados de la sociedad. La milicia del clérigo Moqtada as-Sáder ha sido acusada de extorsionar y agredir a los cristianos en Basora y Bagdad, mientras que grupos confesionales sunníes vinculados a Al-Qaeda han hecho lo propio en la capital, en la provincia de Nínive y en el nordeste del país. […] 

 

El Kurdistán iraquí también ha generado desplazados: hasta 100.000 árabes habrían abandonado esta zona desde el inicio de la ocupación en una etapa muy temprana de limpieza étnica e intimidación con la que se procuró revertir la política de arabización de la región kurda desarrollada por parte del depuesto régimen durante las décadas de 1980 y 1990. Como si de ciudadanos de otro Estado se tratara, las autoridades autonómicas kurdas imponen restricciones de residencia y movimientos en las tres provincias del Kurdistán iraquí a los árabes, incluso a aquellos con cónyuges kurdos. Del mismo modo, en la provincia de at-Tamín las comunidades árabe y turcomana (cuyos miembros son mayoritariamente shiíes) sufren la violencia de los cuerpos de seguridad y de las milicias kurdas (peshmerga) en una guerra encubierta por el dominio de la riqueza petrolífera de la región en torno a la capital, Kirkuk. 

 

[…

 

Los objetivos: el dominio sobre Bagdad 

 

Bagdad ha sido el epicentro estratégico de la extrema violencia que sufre Iraq. El área metropolitana de Bagdad (administrativamente otra provincia) tiene un diámetro de 50 kilómetros y albergaba antes de la invasión al 20 por 100 de la población de Iraq, alrededor de seis millones de habitantes de todas las confesiones y grupos nacionales, que residían en barrios en su mayoría mixtos. La distribución poblacional de la capital estaba marcada más por la estructuración socioeconómica que por la comunitaria, si bien es cierto que los barrios más desfavorecidos eran predominantemente shiíes. La capital iraquí puede que haya visto reducida su población a casi la mitad en los últimos tres años. [Según los datos de Naciones Unidas] El perfil predominante entre los refugiados iraquíes en los países vecinos y entre los desplazados internos es el del árabe sunní proveniente de Bagdad. 

 

La violencia contra los sunníes se ha presentado como la respuesta defensiva de los shiíes frente a los recurrentes atentados indiscriminados de la red Al-Qaeda en Iraq, particularmente a partir de febrero de 2006 tras el atentado contra la mezquita shií de Samarra. Sin embargo, fuentes periodísticas occidentales y representantes internacionales e incluso responsables sanitarios iraquíes habían denunciado una espiral de terror llevada a cabo por milicias paragubernamentales y cuerpos de seguridad en la capital desde mediados de 2005, escalada de terror perpetrada con el beneplácito de los militares estadounidenses. De hecho, la batalla por Bagdad más que sectaria ha sido política y social, con perfiles que permiten intuir que la lógica de sus promotores respondía a la determinación de erradicar segmentos poblacionales independientemente de su adscripción comunitaria opuestos a la ocupación y a su proyecto de normalización política interna. Así, las víctimas no han sido sólo los miembros de determinadas comunidades religiosas, sino los sectores secularizados de la sociedad, sus intelectuales y profesionales, al igual que los dirigentes y activistas de las organizaciones civiles y políticas del campo anti-ocupación. […] La dimensión de la actuación de las milicias, grupos parapoliciales y escuadrones de la muerte vinculados al gobierno iraquí e indirectamente a las tropas de ocupación ha sido por tanto de gran calado estratégico y limita —quizás ya de manera irreversible— la capacidad interna de reconstrucción y normalización de Iraq en cualquiera de sus aspectos, algo que los 13 años de sanciones económicas no habían logrado.

 

De igual manera que se ha considerado a la comunidad shií la principal víctima de la violencia sectaria, la percepción internacional ha eludido el hecho de que los nuevos cuerpos de seguridad iraquíes —la Guardia Nacional (el ejército) y la policía, con hasta 480.000 efectivos en 2008—, establecidos tras los edictos de desbaazificación y disolución de los cuerpos de seguridad promulgados por la Autoridad Provisional de la Coalición (APC), lo fueron a partir, esencialmente, de las milicias shiíes y kurdas de los partidos vinculados a los ocupantes, lo cual determinó desde un primer momento que su actuación fuera fundamentalmente sectaria y estuviera encaminada a lograr claros objetivos estratégicos. En concreto, la Organización Badr —brazo armado del poderoso Consejo Supremo Islámico de Iraq [con anterioridad a 2007, Consejo Supremo de la Revolución Islámica en Iraq] de Abdul Aziz al-Hakim, muy vinculado a Irán— utilizó los cuerpos especiales de la nueva policía para llevar adelante una temprana guerra sucia contra comunidades religiosas distintas de la shií y contra el campo asociativo civil anti-ocupación. Andrew Buncombe y Patrick Cockburn, periodistas británicos, relataban en el diario The Independent la actuación de los escuadrones de la muerte en 2005, antes de la voladura de la mezquita de Samarra:

 

“Cientos de iraquíes son torturados hasta la muerte o ejecutados sumariamente todos los meses en Bagdad sólo a manos de escuadrones de la muerte que trabajan para el Ministerio [iraquí] del Interior, según ha revelado John Pace, el responsable saliente de Naciones Unidas para los Derechos Humanos. Pace, que abandonó Bagdad hace dos semanas, manifestó el domingo [26 de febrero de 2006] que más de las tres cuartas partes de los cadáveres amontonados en la morgue de la ciudad tienen lesiones por disparos en la cabeza, heridas causadas por objetos contundentes o quemaduras de cigarrillos.” [5] 

 

A partir de febrero de 2006, en los meses inmediatamente posteriores a la voladura de la cúpula de la mezquita de Samarra, esta escalada de terror paragubernamental fue de tal magnitud que sólo cabe comprenderla si se tiene en cuenta que pudo llevarse a cabo gracias a la tolerancia, como mínimo, de las fuerzas de ocupación de Estados Unidos y al tupido entramado que forman las nuevas fuerzas de seguridad policiales y militares iraquíes con las milicias armadas de los partidos confesionales shiíes (además de kurdos) integrantes del gobierno iraquí, como indicaban las fuentes citadas por The Independent. Las autoridades de ocupación y el gobierno de al-Maliki prohibieron por entonces que las autoridades médicas de los centros sanitarios proporcionaran datos sobre el número de cadáveres abandonados hallados en las calles de la ciudad o recuperados del río Tigris. Muchas fuentes coinciden en afirmar que la intensificación de la violencia perpetrada en la capital contra comunidades no shiíes (incluidos los palestinos), contra los sectores más secularizados y contra las mujeres se debió, a partir de ese momento, a la hegemonía lograda en los barrios shiíes de Bagdad por el Ejército del Mahdi —la milicia del clérigo Moqtada as-Sáder—, cuya corriente ostentaba seis carteras en el gobierno de al-Maliki hasta su salida del gabinete en 2007. Se estimaba entonces que la Organización Badr y el Ejército del Mahdi se repartían los 65.000 miembros de los distintos cuerpos de seguridad del Ministerio del Interior desplegados en Bagdad [6]. El Ejército del Mahdi recurrió además al denominado Servicio de Protección de Instalaciones (SPI, Facilities Protection Service), cuerpos privados de seguridad establecidos en 2003 por Paul Bremer, administrador civil de la ocupación, y que pueden contar con un mínimo de 150.000 miembros. El Ejército del Mahdi, con entre 60.000 y 100.000 efectivos armados, era entonces la principal formación sectaria de Iraq, aun cuando la centralidad de su mando sea discutible.

 

Así, “a comienzos de 2006 las milicias han llegado a ser una grave amenaza prácticamente en todas las provincias, ciudades y zonas donde la resistencia tiene una presencia limitada” [7]. Ya antes del verano de ese mismo año, mandos militares estadounidenses en Iraq reconocían que la violencia sectaria y social desarrollada por los paramilitares de filiación confesional shií estaba causando nueve veces más víctimas que los atentados con coches-bomba atribuidos a la red de Al-Qaeda en Iraq [8]. […] Según el informe de la UNAMI para el período de 1 de julio a 31 de agosto de 2006, el número de muertes de civiles en todo el país había alcanzado la cifra récord de 100 diarias, un número sin duda muy inferior al real. De ellos, al menos 60 al día eran hallados en Bagdad, y en un 90 por 100 de los casos mostraban signos de haber sido torturados antes de ser ejecutados mediante disparos en la cabeza, por estrangulamiento o a golpes, con las manos atadas y los ojos arrancados, la dantesca marca de los escuadrones de la muerte [9]

 

[…]

 

Con tal panorama, al concluir 2006 los máximos mandos militares de Estados Unidos dieron por fin su visto bueno a un nuevo incremento de tropas en Iraq (entonces, 140.000 soldados), respaldando así, aunque a regañadientes, el plan del presidente Bush de relanzar la guerra en la capital y en su periferia oeste y norte. […] Oficialmente, el incremento de tropas en Iraq tenía como objetivo poner punto final a la violencia sectaria que había afectado esencialmente a la capital, una limpieza étnica y social que durante 2005 y 2006 habían desarrollado impunemente, ante las tropas estadounidenses, los escuadrones de la muerte asociados a las formaciones del gobierno de al-Maliki y sus nuevos cuerpos de seguridad, un hecho del dominio público. Pero desde los primeros combates desarrollados en Bagdad en enero quedó claro que las tropas de ocupación tenían como objetivo cercar y aislar los barrios que aún estaban fuera del dominio de las milicias paragubernamentales, es decir, culminar la fragmentación sectaria de la capital y el aislamiento de su periferia, de muy fuerte implantación resistente. El despliegue de los nuevos contingentes de tropas de Estados Unidos en Bagdad fue acompañado del anuncio del fin de las operaciones armadas en la capital por parte de la milicia de as-Sáder, el Ejército del Mahdi, el principal actor del terrible remonte de asesinatos sectarios y selectivos del anterior año y medio en la ciudad. […] Hasta la reanudación en abril de 2008 de los combates en Basora y en otras ciudades del centro y sur, y en la capital, la prolongación de la tregua de as-Sáder otorgó al primer ministro al-Maliki y a las tropas de ocupación un respiro en la escalada de violencia sectaria que permitió al Pentágono centrar su mortífera actuación en los barrios resistentes de la capital y al presidente Bush presentar su nueva estrategia de incremento de tropas como un éxito. 

 

El balance de lo que al inicio de 2007 se denominó la “Nueva batalla por Bagdad” es ambiguo. Ciertamente, en 2007 y 2008 hubo una discreta reducción de los asesinatos sectarios en la capital respecto a 2006, si bien siguieron apareciendo cadáveres con signos de tortura, según testimonios de responsables hospitalarios de la capital. Sin embargo, la reducción del número de asesinatos en Bagdad se debió esencialmente a que ya a comienzos de 2007 Bagdad estaba segmentada en cantones que redistribuían a las comunidades sunníes y shiíes en uno y otro margen del río Tigris [10]. Bagdad estaba entonces ya en sus tres cuartas bajo control de fuerzas de filiación confesional shií, ya fueran paramilitares o fuerzas de seguridad asociadas a las tropas estadounidenses: “En algunos lugares de mayoría shií, como en el barrio de Hurriyah, situado al noroeste de la capital, la lucha ha cesado simplemente porque ya no hay, literalmente, más sunníes a los que asesinar” [11]

 

La mejora de la seguridad en la capital, que ocupantes y autoridades iraquíes pregonan, se ha logrado gracias al terror y al incremento en el número de desplazados a lo largo de 2007 y en los primeros meses de 2008. En agosto de 2007, el Creciente Rojo Iraquí señalaba que el aumento de tropas de Estados Unidos y la reactivación de la actividad militar en la capital (el Pentágono multiplicó por cinco los bombardeos aéreos en 2007) habían determinado que desde febrero de ese año y hasta ese mes el número de desplazados se hubiera duplicado, alcanzando una media de 100.000 al mes [12]. Avanzado el año, de nuevo el Creciente Rojo Iraquí informaba que tan solo en septiembre casi 370.000 iraquíes se habían visto forzados a abandonar sus hogares, y en octubre al menos otros 100.000, la mayoría de ellos, nuevamente, habitantes de Bagdad, convertida en una ciudad fantasma. En 2007 y 2008, como ya ocurriera al comienzo de la ocupación de Iraq, el desplazamiento masivo de población se debió esencialmente a la actuación de las fuerzas de ocupación y no a la denominada violencia sectaria, la cual, en una nítida secuencia, sirvió a los mandos militares de Estados Unidos para poder afianzar su dominio sobre la capital y lanzar su nueva ofensiva. 

 

[…]  

 

** De su contribución al libro “Muerte y éxodo: la ocupación y la violencia sectaria en Iraq (2003-2008)”

 

Notas:

 

1.        Declaraciones del Alto Comisionado de Naciones Unidas para los refugiados, António Gutierres, el 17 de junio de2008, nota informativa del ACNUR de ese mismo día.

2.        UNHCR, 2008. 2007 Global Trends: Refugees, Asylum-seekers, Returnees, Internally Displaced and Stateless Persons; y UNHCR, junio de 2008. Internally Displaces Persons in Iraq. Update (24 March 2008), IDP Working Group, Amán, 24 de marzo de 2008. 

3.        En abril de 2003, antes de la invasión de Iraq medio millón de iraquíes vivían fuera de su país. Tras el inicio de la ocupación y hasta 2005, en torno a 300.000 expatriados iraquíes regresaron a su país, principalmente desde Irán. Luego, el flujo se invirtió. 

4.       El ministerio iraquí de Derechos Humanos ha aportado por primera vez una estimación oficial de las mujeres asesinadas, 2.334 entre 2005 y 2007, la mayoría muertas por milicias confesionales (az-Zaman, 1 de julio de 2008). En 2007, al menos 133 mujeres fueron asesinadas en Basora por milicias confesionales shiíes, 79 de ellas por supuestas violaciones de la ley islámica y 47 por los denominados “asesinatos de honor”, según datos de Naciones Unidas recogidos en CNN, 8 de febrero de 2008, A. Damon, “Violations of 'Islamic Teachings' Take Deadly Toll on Iraqi Women”.

5.        A. Buncombe, P. Cockburn, P, «And Now Come the Death Squads», The Independent, 7 de febrero de 2006.

6.        A.H. Cordesman, Iraqi Force Development and the Challenge of the Civil War, CSIS, Washington, noviembre de 2006.

7.        Idem.

8.        Los Ángeles Times, 7 de mayo, 2006.

9.        Según declaraciones del doctor Abdul Razzaq al-Obeidi, subdirector de la morgue central de la capital, recogidas en al-Jazeera, 9 de agosto de 2006.

10.     Las tropas estadounidenses llevaron a cabo la culminación de esta lógica sectaria a lo largo de 2007 erigiendo muros de tres a cuatro metros de altura en torno a los barrios aún fuera de su dominio, una práctica iniciada con el de Adamiya.

11.     L. Frayer, “2,3 Million Flee to Elsewhere in Iraq”, AP, 5 de noviembre de 2007.

12.     J. Glanz, S. Farrell, “More Iraqis Said to Flee Since Troop Increase”, The New York Times, 24 de agosto de 2007; 

 

*Los autores: Bahira Abdulatif es escritora y traductora, y con anterioridad fue profesora en el Departamento de Español de la Universidad de Bagdad; Santiago Alba es escritor y ensayista; Teresa Aranguren es periodista y escritora, y en la actualidad es miembro del Consejo de RTVE; Fernando Báez es investigador venezolano, doctor en Bibliotecología y autor de numerosos trabajos sobre patrimonio cultural; Hana al-Bayati es documentalista iraquí; Joaquín M. Córdoba Zoilo es profesor de Historia de Oriente Antiguo de la Universidad Autónoma de Madrid y dirige excavaciones arqueológicas en Oriente Próximo y Asia Central; Pedro Martínez Montávez es arabista y catedrático emérito de la Universidad Autónoma de Madrid; Rosa Regàs es escritora; y Carlos Varea es profesor de Antropología en la Universidad Autónoma de Madrid.  

 

Paloma Valverde y Esther Sanz, junto con Carlos Varea, han preparado la edición de este libro, editado con el apoyo de la Universidad Autónoma de Madrid y de la Campaña Estatal contra la Ocupación y por la Soberanía de Iraq.

 

El legado de la ocupación de Iraq es aterrador

Narrar la destrucción de un país

Carlos Varea, Paloma Valverde y Ester Sanz, editores

 

"Hay algo no ya frívolo sino inmoral en la sumisión occidental a la actualidad de la violencia"

Las reglas del caos  

Santiago Alba Rico

 

‘Iraq bajo ocupación: Destrucción de la identidad y la memoria’ 

Edición de Carlos Varea, Paloma Valverde y Ester Sanz 

Prólogo de Rosa Regàs
Traducciones de Paloma Valverde y Felisa Sastre
304 páginas
ISBN: 978-84-96327-52-8 

PVP: 18 euros 

Editado por Ediciones del Oriente y del Mediterráneo (colección Encuentros, n. 6) con la colaboración de la Universidad Autónoma de Madrid (UAM) y la Campaña Estatal contra la Ocupación y por la Soberanía de Iraq (CEOSI). 

A la venta la primera semana de febrero

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Actos de presentación   

Madrid, viernes, 27 de febrero

Debate en torno al libro con la participación de Santiago Alba Rico, uno de sus autores, acompañado de Manuel Talens, escritor, y de Inmaculada Jiménez, directora de Ediciones del Oriente y del Mediterráneo.
Cita: 19:30 h.
Lugar: Librería Traficantes de Sueños, c/Embajadores, 35 local 6

 

Madrid, martes, 10 de febrero
Participan Pedro A. Martínez Lillo, Vicerector de Relaciones Institucionales y Cooperación y profesor de Historia Contemporánea de la UAM, Teresa Aranguren, escritora y periodista, Joaquín M. Córdoba Zoilo, profesor de Historia de Oriente Antiguo y Pedro Martínez Montávez, arabista y catedrático emérito. Presenta Carlos Varea, coeditor del libro. [La mesa puede sufrir algún cambio de participantes.]
Lugar: Sala Vallé Inclán del Círculo de Bellas Artes de Madrid, c/Marqués de Casa Riera, 2.
Cita: 19:00 h.
Organizan: Ediciones del Oriente y del Mediterráneo, Universidad Autónoma de Madrid y CEOSI, con la colaboración del Círculo de Bellas Artes. 
 

 

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